Capítulo IX: Un pueblo prepara su fiesta

por Sophya Acosta

‘Retomemos la historia entonces, estábamos en Dumfries, ¿no? ’

«Notas de la señora Rosehold, secretaria del intendente Millier.

28 de marzo.

El señor intendente se encuentra reunido en asamblea con la cámara de comerciantes y ciudadanos de nuestro querido y amado Dumfries para decidir los colores principales para las decoraciones del Jubileo de nuestra amada ciudad. Como es bien sabido, debe tratarse de algo discreto pero alegre, sosegado pero apasionante y, ante todo, aclara nuestro querido dirigente, nunca visto. Es así que las propuestas principales son las de la señora Millier, hermana de nuestro estimado sr Millier y miembro fundador del Comité de Exportación de Ovejas Anglo-Francesas (asociación también conocida como CEOAF, pronunciado con acento francés), y las de la señora Morgan, respetada ciudadana de nuestra localidad y presidenta del Club de Amigos de Shostakovich (asociación para la formación en artes de los hijos de las clases trabajadoras).

Ambas propuestas son muy apropiadas y por lo tanto vuelven la tarea de elegir muy difícil. Por un lado, la señora Millier propone que se utilice amarillo y verde escocés, alegando que el amarillo es el color del amanecer y del futuro, y el verde escocés recuerda nuestros orígenes y nuestro pasado. La señora Morgan no solo no concuerda con ello, si no que además alega que ambos colores son muy poco favorecedores para las pieles de algunos de los habitantes de Dumfries, entre ellos nuestro amado sr Millier. Ofuscada por tal afirmación, la señora Millier se abalanza sobre la mesa blandiendo unas muestras de tela que trajo consigo. Por suerte el señor Carter, representante de la Oficina de Correos, pudo llegar a contenerla antes de que nadie se vea lastimado por tal improvisada pero contundente arma (todos recordamos la última vez que la señora Millier perdió sus estribos. El señor Thomsom, boticario de la calle principal, no ha vuelto a aparecer en nuestras reuniones. Aparentemente se encuentra todavía herido, aunque para mí se trata de su orgullo).

 Con gran carisma, el señor Millier logra calmar a su hermana y da pie a la presentación de la señora Morgan, quien propone utilizar azul mar congelado y rojo borgoña, de esta forma se verían representados en los colores nuestro mar y nuestra pasión por el buen vino. Es entonces que la señora Millier, aclara que el amarillo es el color del whisky, bebida mucho más popular en nuestros paramos y por lo tanto mucho más apropiada, pero que entiende que la señora Morgan no sepa este dato ya que nunca ha tenido la delicadeza de pasearse por un pub local. A lo que la señora Morgan indica que no tiene necesidad de pasearse por pubes locales porque el señor Wolder, dueño del pub, es también el somelier de sus cocinas, pero que la señora Millier no podría saber esto porque nunca ha asistido a una de sus reuniones mensuales, y porque no sabe lo que es un somelier.

Una vez más, el señor Millier logra desmantelar la trifurca entre ambas mujeres con una delicadeza que llena el alma. La señora Porter, quien se encontraba callada hasta el momento por miedo a ser atizada por sus colegas, levanta la mano y en un susurro (siempre le digo que tiene que acostumbrarse a hablar más fuerte y que debería practicar frente al espejo) dice que ella también preparó una propuesta. Inmediatamente todas las miradas se vuelven a ella, algunas con sorpresa ya que corría el rumor que era muda a causa de un accidente con su máquina de coser. Tímidamente, muy a mi pesar, logra alzar dos paños de tejido que dice haber recibido de Londres y que según ella y una revista de moda que ha traído, son los colores que marcan tendencia para actos públicos y que solo la familia real ha utilizado. Púrpura azulaceo y Dorado cobrizo. Pareciera ser lo mejor de las dos propuestas anteriores, pero en una versión más elegante y refinada. La cara del señor Millier se ha iluminado como se ilumina cada vez que le llevo su té de la tarde con alguna de las delicias que cocino a sabiendas de sus gustos. Parece que la propuesta ganadora es esa.

Sin embargo, nuestra reunión se ve interrumpida por la entrada del oficial Carter (hermano del señor Carter) y del comandante Filmore (hijo de la señora Millier), quienes alegan tener que hablar en privado con nuestro intendente. Como ha ocurrido siempre, en todas las reuniones privadas, los acompaño para tomar nota de lo más importante, la memoria del Sr Millier ya no es lo que alguna vez fue.

Entramos los cuatro al despacho principal. Ambos policías se ven muy ofuscados y entre distintas excusas, hacen saber que el asesino de Gilford Street se encuentra en nuestra ciudad. Debo admitir que tanto yo como el señor Millier dimos un pequeño salto en nuestras sillas. ¿Cómo podría haber llegado este hombre a nuestro alejado hogar? Es entonces que, prosiguiendo con su historia, relatan cómo la madrugada del día anterior recibieron una oveja mensajera desde la cabaña de la granjera Pier…ina. Primero pensaron que se trataba de su conocida enemistad con la granjera Smith, pero cuando llegaron allí pudieron comprobar que era el mismísimo asesino, sus ojos azules como témpanos de hielo en un mar de melancolía eran difíciles de olvidar. En el medio de la confusión, la cabaña se prendió fuego, y no pudieron encontrar al asesino.

El intendente estaba blanco, y yo no sentía mis piernas. El asesino, aquel despiadado y mortal hombre, merodeando por nuestras casas. Después de un segundo de silencio, siempre correcto como siempre, el señor Millier se repuso y dictaminó que todos debían volver a sus casas. Sería más difícil que el asesino entre a nuestras casas si todos estamos dentro vigilantes, y al no tener lugar para refugiarse, quedaría expuesto en las calles y podría ser detenido más fácilmente. Los policías se miraron preocupados entre sí y después tímidamente dijeron que esa medida haría que todo el pueblo se sienta nuevamente en período de guerra. Sin inmutarse y mirando para la ventana, nuestro gobernante dijo que entonces llamaríamos a esa medida “aislamiento social preventivo”. Jamás había escuchado ese término, debe ser la primera vez en el mundo que alguien oye de algo así. Sin perder mucho más tiempo, los oficiales abandonan la oficina y quedamos sólo yo y el señor Millier.«

Mientras tanto en otro lado del mismo pueblo algo muy diferente estaba ocurriendo.

Hacía pocas horas que habían limpiado el lugar donde el cuerpo había caído. Por suerte no había grandes manchas de sangre, o en realidad ninguna. Esto le resultó un poco extraño al Profesor Morgan, pero lo atribuyó a su buena suerte, dañar la alfombra persa con sangre no era algo que quisiera en su futuro cercano, o más bien en ningún futuro, la señora Morgan jamás se lo perdonaría.

-Bob, tráeme un coñac.

Morgan estaba seguro de que, con la libreta roja de Rebecca, él se podría muy contento y sobre todo orgulloso de su trabajo. Sólo pensar en eso, su corazón empezaba a palpitar de alegría. Pensar en el Señor le hacía sentir como una colegiala, se ruborizaba tontamente y le salía una risita nerviosa.

Bob trajo el coñac. Sentado mirando por la ventana de su despacho el Profesor se dispuso a relajarse y perder la mirada en el páramo que rodeaba su casa. ¡Oh! Que grandes planes tendría el Señor ahora para él, no podía contener en su pequeño transexual cuerpo tal emoción.

En el calmo silencio de la sala sonó el teléfono y el corazón le dio un salto. Con un pase de ballet, Morgan dejó la copa en la mesita de café y se dirigió canturreando al escritorio.

– ¿Hola? ¡Hola Señor! ¿Cómo está? Hay algo que quiero contarle, no sabe lo que pasó anoche.

Morgan no podía dejar de sonreír mientras jugaba con el cable del teléfono. De repente del otro lado algo no muy feliz fue dicho y el cuerpo del profesor se erizó por completo.

-No es posible Señor, yo mismo lo maté, en esta habitación en la que me encuentro ahora mismo. Bob y el doctor corroboraron que…

Algo no andaba bien.

-Si, pero yo tengo el cuaderno de Rebecca.

Espera. Una inesperada gota de sudor empezó a recorrer su nuca mientras su cara pasaba de la confusión al terror.

-¿Cómo? Que alguien lo vió corriendo a lo lejos, hace una hora. Que no lo pudieron alcanzar. ¿Vivo? No Señor, eso es imposible… Yo, sí. Sí señor, con mis propias manos.

De repente el corazón se le paró por un segundo.

-Jamás Señor. Jamás diría que usted miente. ¡No! Usted sabe que yo siento el más profundo de los respetos por usted, es mi mentor, mi ejemplo a seguir… Si Señor, me callo. Sí.

El silencio de la casa ya no era tranquilo, había pasado de expectante a tenebroso. Cuando de repente un grito interrumpió y traspasó las paredes.

-¡¡¡NO!!!¡¡¡ Con la ópera no!!!

 Su sueño se estaba volviendo realidad. Cómo podía ser esto. Él mismo había matado a Robert y lo había visto caer sobre su alfombra, su alfombra persa. Bob había desechado el cuerpo. Confiaba plenamente en Bob, siempre había desechado los cuerpos tomando buenos recaudos. Y ahora el Señor, el mismísimo Señor lo estaba amenazando, y con la ópera.

-No señor, ¡con la ópera no se meta! Por favor, con la ópera no…

La voz se le iba entrecortando. Destruir la ópera era el mayor castigo dentro del Opus 40, el peor de los exilios. Pero ¿cómo iban a poder destruir un género musical? Clásica pregunta de alguien poco conocedor. Claramente no se trataba de destruir “la ópera” sino de un destierro en vida y en muerte.

Morgan no quería eso. El exilio, sin poder escuchar a Shostakovich ni una vez más, y para colmo siendo recodado en la historia en el bando enemigo. ¡No! La máxima desgracia para las futuras generaciones de su familia, un desertor, un traidor, un chancho burgués.

-Por favor, déjeme arreglar este error. Robert Leithen no volverá a interponerse en nuestros planes. El Opus 40 es mi vida…

-Usted es mi vida Señor.

Pero nadie estaba ya del otro lado del teléfono para escuchar esa última parte

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