Capítulo VIII: Un narrador es interrumpido

por Bauch

‘¿Y?’

‘¿Y qué?’

‘¿Eso es todo? ¿Así termina?’

‘Te estás adelantando.’

‘No creo que me esté adelantando, acabás de matar al personaje principal.’

‘Eso no tiene nada que ver con la continuidad de la historia.’

‘¿Osea que todavía falta?’

‘Estás muy ansioso. Voy a poner a hacer una tetera así te calmás.’

‘¿Té otra vez? ¿No tenés algo más fuerte?’

‘¿Ya? Son las cuatro de la tarde.’

‘Pero está muy oscuro afuera.’

‘Bueno supongo que tenés razón. Vamos a tomar un poco de whisky pero mientras lo hacemos te voy a contar otra historia.’

‘¿Otra historia? Antes podrías terminar la primera.’

‘¿Querés whisky o no?’ 

‘Ok. Pero tiene que ver con…’

‘Es la historia de cómo se conocieron mis padres. Empecemos por el principio. Fue hace unos cuarenta y cinco años, en ese entonces mi padre trabajaba en el puerto y estaba en proceso de solicitar su ciudadanía.’

‘No sabía que tu padre era inmigrante.’

‘Si, lo era, y te pido que no me interrumpas, sabés que no me gusta. En fin, mi padre había emigrado de Canadá hace tiempo y luego de un par de años aquí ya estaba listo para nacionalizarse formalmente. Lo cual aún entonces llevaba mucho trabajo y estudio y preparación, aunque naturalmente no tanto como ahora. 

Mi padre era alto, de buen porte, aunque no muy musculoso. Tenía ojos verdes, pelo negro azabache, rasgos bastante definidos y una nariz en forma de sifón. Cuando iba a trabajar al puerto usaba unas botas altas, unos pantalones fuertemente ajustados con un cinturón sobre sus pequeñas caderas, una camisa color hueso y un sobretodo de paño típico de un lugareño de pueblo costero. Ah, y una gorra para cuidarse del sol (cuando es que efectivamente lo había). Todo esto le daba una apariencia muy particular, entre atractiva y algo repelente. 

En ese entonces, vivía en un apartamento a unas cuadras del centro del pueblo. En uno de esos edificios bajos comunicados por el exterior con escaleras y galerías. Y en el apartamento de al lado vivía quien no sería otra que mi futura madre. Ella era profesora de literatura y el tiempo que no pasaba en la escuela, leyendo en la playa o haciendo recados, lo pasaba en su apartamento corrigiendo la tarea de sus alumnos y planeando las próximas lecciones. Aquí estaba el problema: generalmente cuando ella se sentaba a corregir, llegaba mi padre. A veces llegaba borracho de haber ido al bar con sus compañeros, a veces ponía programas de comedia en la radio (de éstos era fanático) a un volumen considerable. Aunque a veces llegaba en silencio, día por medio mi madre se irritaba por no poder concentrarse y tenía que pedirle que por favor dejase de hacer tanto ruido. Lo cual cimentó una relación tensa entre vecinos. Él era el ruidoso, ella la pesada. Así que naturalmente era cuestión de tiempo antes de que se enamorasen.’

‘¿Qué?’

‘Shhh.’

‘Ok.’

‘Mi madre, con apenas veinte años, era solo dos años menor que mi padre, además de considerablemente hermosa: el pelo castaño con ondas voluminosas, la piel pálida como de mármol rosado, los ojos de profundo marrón y una contextura saludablemente rolliza, con rasgos redondeados y curiosos. Recientemente se había mudado fuera de la casa de sus padres, quienes vivían a unos kilómetros del pueblo, para comenzar a trabajar en la escuela local y así juntar el suficiente dinero necesario para cumplir su objetivo: ser la primera estudiante universitaria de su familia. En esa época, tener un título universitario no era la norma pero algo de su curiosidad innata por el conocimiento le hacía desear con todo su corazón poder entrar en una casa de altos estudios. Sus padres le ayudarían con lo que pudieran pero ella debería también aportar dinero para enfrentar los gastos que esto supusiera.  

Su apartamento, casi un cliché, era pequeño y casi todo repleto de libros. Libros sobre muebles, libros dentro de ellos, libros en pilas en el suelo y sobre mesas, una biblioteca pequeña al lado de su escritorio pues como era alquilado no podía construir una grande en la pared. Tenía dos mesas: una pequeña con dos sillas, que utilizaba para comer y otras cosas del hogar; y luego una que utilizaba de lugar de trabajo, donde corregía, leía y escribía. En una de las esquinas tenía una salamandra de hierro que la mantenía caliente durante el invierno. (Un pequeño truco de la época era que sobre ellas se podía calentar agua para el té o café o la bebida de elección.) En la misma habitación estaba la cocina. En otra estaba su cama, y un pequeño ropero para sus cosas. La cual a su vez tenía una puerta que daba al baño.

Ahora bien, la habitación de él era idéntica en estructura pero muy distinta en contenidos. En el living/cocina/estar tenía una mesa con una sola silla, en la cual comía, un sillón de un cuerpo junto a un pequeño taburete donde se encontraba la radio y su tabaco (era un requisito casi obligatorio fumar en pipa viviendo en un pueblo portuario de aquellos tiempos). Junto a esto, en el suelo, unos libros sobre la historia nacional que estaba estudiando para su examen de ciudadania. Al lado de la puerta de entrada unos clavos en la pared servían de perchero para su gorra y piloto. En su habitación tenía una cama de una plaza con una silla que utilizaba de mesa de luz. Además de un pequeño mueble que contenía toda su ropa.’

‘Esto es muy interesante, pero ¿podríamos volver a la historia sobre el Opus 40?’ 

‘Aún no. Esa historia vamos a retomarla más adelante, prometo contarla hasta el final; el verdadero final. Mientras tanto dejame continuar.’

‘¿Pero, qué tienen que ver tus padres con el Opus 40?’

‘Concretamente nada. Pero hay un sentido atrás de su historia. Un concepto. Así que por favor dejame continuar y no me interrumpas más.’

‘Ok.’

‘Una mañana mi madre estaba preparando su desayuno y alistando sus cosas para otro día de clases. Cuando de golpe escuchó un golpeteo extraño. Luego lo escuchó de nuevo. Sonaba como el aleteo de algún pájaro grande. Se asomó por la ventana pero no vió nada y retomó con su mañana. Luego lo escuchó una vez más, seguido del ruido de un vidrio rompiéndose y un hombre gritando. En ese momento, se dió cuenta de que los ruidos provenían del apartamento de al lado (el de mi futuro padre) y decidió ir a ver si estaba todo bien. Cuando se asomó vio que su puerta estaba abierta y que dentro del departamento, bloqueando la salida de su vecino, había un gran pelícano (más grande que lo normal) aleteando sin lograr dar con la puerta. Cómo o por qué el pelícano había llegado hasta ahí, ninguno de los dos nunca lo supo. Mi futura madre rió al ver la situación, lo cual alborotó más al pelícano, que revoloteó por la habitación y la asustó tanto a ella como a él. “Llamá a alguien” dijo. “¿A quién?” respondió ella. “No sé, a cualquiera”. En ese momento mi madre tuvo una idea y corrió a su apartamento. “¿A dónde vas?”. Entró en su habitación, tomó su cubrecama y volvió a la puerta del apartamento de mi padre. El pelícano seguía ahí, regulando la entrada y salida de gente por aquella puerta. Mi madre le mostró el cubrecama a mi padre y este comprendió. Ella gesticuló con la boca “uno…” mientras acompañaba con un leve vaivén de su cuerpo, “dos…” y al tres lanzó el cubrecama abierto cobre el pelícano, atrapándolo. Ambos se abalanzaron y sostuvieron la tela de sus cuatro extremos. Luego con delicadeza fueron arrastrándolo fuera del departamento y hacia la galería. Contaron hasta tres una vez más entre los dos. Al tres ambos corrieron hacia dentro de sus hogares y cerraron las puertas. Hubo un ruido torpe y luego silencio. Esperaron. Ella se armó de valor y abrió milimétricamente su puerta. Él también. El cubrecamas estaba en el suelo lleno de plumas pero ya no había señal del ave. Ambos salieron, se miraron y rieron. Él le agradeció, ella siguió riendo.  

Él le dijo que si gustaba la invitaba a tomar algo luego de trabajar pero que ahora debía salir corriendo porque estaba demorado, ya que ese día tenía su entrevista para solicitar la ciudadanía. Ella aceptó su propuesta y le dijo que mencionara a la entrevistadora que eran amigos, lo cual tal vez le daría una mejor impresión, porque se conocían desde muy pequeñas cuando eran vecinas.

Se despidieron hasta la tarde, cuando se encontraron en el bar de la esquina. Ese día a mi futuro padre le dieron la ciudadanía. Esa noche durmieron ambos en el apartamento de mi madre (que luego del accidente del pelícano estaba en mejores condiciones). Luego se casaron, se mudaron juntos y todo eso. Años después nací yo, al mismo tiempo que mi madre terminaba sus estudios.’

‘¿Así que tus padres se enamoraron por un pelícano?’

‘Asumo que se enamoraron por otras cosas. Pero si, el pelícano les dio la excusa.’

‘¿Y tus padres son parte del Opus 40?’

‘¿Qué? Por supuesto que no.’

‘¿Entonces por qué me contás esto?’

‘Para mostrar un punto: cuando estás en una situación problemática siempre es bueno tener a alguien al lado.’

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