Capítulo VII: Un profesor muestra su alma

por Analía Ayala

El reloj marcaba las 20 horas cuando sobresaltado un hombre despertó en su cama al grito de “No, no con la operaaa”. Su respiración era agitada y podía sentir como algunas gotas de sudor dejaban su marca en las sábanas de seda. Se reincorporó a un costado de la cama, miró de reojo sobre su hombro y agradeció encontrarse solo. Esta pesadilla ha resultado recurrente los últimos tres días, pensó. Abrió el cajón de su cómoda y sacó de allí un papel y una pluma; el papel contenía anotaciones en una prolijísima letra cursiva que el hombre tenía intención de continuar. Volvió la mirada velozmente hacia la puerta y nuevamente al papel, en el que esta vez, con una secreta intención escribió: “(..)luego de oír los cañonazos la figura que ayer resultaba difusa, abandona su composición humeante y me toma repentinamente del brazo. Unos dedos larguísimos se entrelazan con los míos y comienzan a hacerme girar, más y más rápido cada vez. Comienzo a escuchar los aplausos que rápidamente se tornan una ovación que me hace flotar; No sé cómo, pero vuelo y en ese momento un rayo de luz me impacta directo en la retina, tanto que me hace caer y cuando toco tierra aún cegado, miro mi mano y veo mi revolver en ella. De lejos vislumbro la figura de un hombre alto, de cabellos castaños, con un tapado que le cubre hasta los tobillos. Cuando está por voltearse para revelarme su rostro una voz aparece detrás de mí; me hiela la conciencia prediciendo el fin de la ópera a manos de mi propia responsabilidad, lo repite una y otra vez “-hazlo o destruiré la ópera, hazlo o la destruirás tu-”. Cuando finalmente tomo coraje para voltearme y enfrentar la amenazante aberración siento como una bala ingresa justo en mi pecho”. Estas últimas palabras las escribió tan rápido que casi rasga el papel. Sintió como sus pulsaciones iban acelerándose y de un impulso repentino golpeó la pared con su puño derecho. El dolor tardó apenas unos segundos en aparecer. Respiró profundo como amigándose con esta sensación. Arrojó la pluma y el papel rápidamente en el cajón y lo cerró con llave. Justo en ese momento notó que se había quedado dormido completamente vestido, así que se paró y dirigió al espejo. Una vez frente a éste aclaró un poco la garganta como si fuese a dar un discurso pero no soltó palabra, limpió con una suavidad implacable las gotas de su frente y  emprolijó su tupido bigote; se observó de arriba abajo con su traje de gala con una mirada que buscaba inmortalizar ese momento; conforme con la imagen que el espejo le devolvía una media sonrisa se dibujó en su rostro y decidió que era momento de recibir a sus invitados que ansioses esperaban su llegada. Avanzó por la alcoba con un paso firme y ligero a la vez, como felino al acecho. Hete aquí el mismísimo Morgan, también llamado “Profesor”.
Morgan respiró hondo y con ambos brazos abrió de par en par las puertas de su recámara. Fuera de ésta dos hombres con pesados pilotos, ahuecados sombreros y dudosa procedencia montaban guardia hace más de 18 horas. Al ver al profesor inclinaron la cabeza en ademán de reverencia y éste al verlos rió estrepitosamente, los hombres lo observaron atónitos; Morgan extendió su mano a uno de sus hombres, quien acercó la suya para estrecharla –No tu mano idiota, el arma- interrumpió el profesor. El hombre dejó escapar una risita nerviosa y entregó su arma, Morgan la tomó suavemente y de un giro abrupto apuntó al techo donde titilaba uno de los focos de luz que formaba una perfecta línea infinita en el corredor del ala derecha de su mansión y sin titubear disparó; en una milésima de segundo ciento de partículas de vidrio cubrían la alfombra que con tanto esmero la señora Humilton, criada de la casa, había limpiado aquella tarde. Morgan devolvió el arma al hombre que solo atinó a contestar -Señor.-, recibiéndola algo tembloroso. -Gracias Bob, gran noche nos espera muchachos.- gritó mientras avanza por el pasillo hacia al salón principal.
Apenas unos metros adelante ya podían escucharse las risas y sentirse el aroma a tabaco importado. Las puertas del salón se abrieron para darle paso, así divisó la exquisita decoración que su esposa había elegido para tal ocasión, también observó las diversas figuras que habían decidido asistir a su reunión anual, incluso nuevas adquisiciones que había pensado estratégicamente para los duros tiempos que se avecinaban. Alguien le alcanzó una copa y el profesor avanzó al borde de las escaleras de mármol blanco donde con un claro -Buenas noches.- logró acallar a les presentes. Todes en el salón se voltearon a verlo, por un instante, sintió como el tiempo se detenía inflado en su pecho tanto pero tanto que uno de los botones del saco se desabrochó y ese brevísimo imprevisto lo trajo nuevamente a la realidad no sin antes sonrojarle un poco las mejillas. Las personas aplaudían y sonreían esperando encontrar su mirada con la del Profesor quien aclaró su garganta y con una voz clara exclamó – Buenas noches mis querides amigues, así debo llamarles si están hoy aquí, han sido tiempos difíciles y es en estos momentos que debemos valorar a las personas que se mantienen a nuestro lado y más aún aquellas que sostienen los mismos valores. Me enorgullece estar rodeado de estos afectos, no solo por mí sino por nuestra visión de una construcción de un mundo más cercano a nuestros deseos.- (Aplausos) El profesor sonríe y hace ademán de levantar la mano para continuar hablando -No quiero entretenerles por mucho más tiempo porque algo que todes aquí sabemos es que las palabras sobran cuando una obra maestra surge. No tengo más que agradecerles a ustedes, Club de amigues de Dimitri Shostacovich. He aquí su quinta sinfonía.- El profesor realizó un gesto pequeño pero claro y la quinta sinfonía comenzó a sonar. Les comensales aplaudieron y él bajó las escaleras al encuentro de su adorada esposa Edna Morgan, quien lo esperaba de brazos abiertos con su vestido de terciopelo verde musgo y un beso intrépido que lo descolocaría solo por un segundo, eso es lo que de ella más le gustaba, su espontaneidad.
En medio del encuentro uno de sus matones se acercó al profesor por detrás con una información confidencial. Rápidamente deciden retirarse a discutir sobre ello en una habitación más alejada; allí el matón informa a Morgan que el hombre con el que se encontraba Rebecca Fritz la noche que la asesinaron aún estaba vivo y se lo había divisado en las colinas cerca su mansión. El profesor agradeció la información e hizo hincapié en que lo fundamental era encontrar la libreta que este hombre poseía, y por supuesto, deshacerse de su portador. El matón se retiró y el profesor aprovechó la ocasión para sacar su pequeña libreta, la cual abrió en la página número 3, allí estaba el recorte del periódico de los días anteriores con la imagen de Robert Leithen y su descripción. Justo en ese momento su esposa entró en la habitación un poco agotada y quizá algo ebria.
– ¿Qué pasa querido?- Dijo, tambaleándose en sus zapatos
– Nada que no pueda manejar querida.-, masculló mirando la lluvia en el ventanal.
Morgan se acerca y le da un beso. En ese instante alguien toca la puerta.
-Que extraño, creía que ya nadie vendría a estas horas. Quizá Margarit… ¿Querido?-
– Ve a abrir la puerta Edna y envíalo a mi recamara de trabajo. Confía en mí.-
Edna sin titubear dejó la copa apoyada en una mesa de cristal y aceleró el paso hacia la puerta de entrada. Se volvieron a escuchar golpes en la puerta. La abrió y del otro lado encontró a Robert Leithen, con un aspecto cansado y algo inquietante. Entre muchos balbuceos sin sentido Robert exclamó “Soy amigo de Rebeca Fritz”. Al escuchar ese nombre los ojos de Edna se abrieron como platos y comprendió que debía respetar las indicaciones de su marido a rajatabla así que hizo pasar e indicó el camino hacia la habitación que se le había ordenado no sin antes intentar sacarle información con preguntas un tanto desorientadoras. Por fin llegaron a pararse frente a una gran puerta roja, ambos hicieron silencio y la señora Morgan la abrió con tal lentitud que el chillido resonó en el corredor –Pase, adentro lo espera mi marido, el profesor Morgan.-
Robert entró en la habitación que estaba plagada de información y en ese momento sintió como la señora Morgan cerraba con llave la puerta detrás suyo. Se acercó algo dudoso, intentó abrirla incrédulo y no lo logró –Señora Morgan…- dijo con la voz un poco cortada. Volvió a golpear la puerta como si se tratara de una broma y nadie le contestó.
-Señora Mo.. – sintió una respiración extraña detrás suyo, seguido de un estrepitoso:
-Señor, lamento haberlo hecho esperar.- Dijo Morgan sonriendo -¿Está usted familiarizado con la música de Shostakovich?.-
– Me me me me temo que no tengo el placer.-
Para ese momento el profesor ya había colocado la séptima sinfonía que comenzaba a inundar el ambiente.
-Sé que usted no lo hizo Robert.-
– ¿Cómo?-
– Lo de Rebecca, sé que usted no lo hizo.-
-Sí, le juro que no lo hice. Ella me sorprendió en el teatro, yo no soy, bueno usted sabe, me dijo que pertenecía a una organización secreta, me habló de usted, el profesor, claro sí el profesor, luego bueno, luego la acuchillaron por la espalda y había un mapa, luego la policía comenzó a perseguirme, y había un granjero con los ojos color caoba, un rosario, de acuerdo he tratado todo este tiempo de proteger la información para hacérsela llegar y…-
– ¿Cómo dijo? -El profesor avanzó muy cerca del rostro de Robert
– ¿ A qué se refiere?- Respondió incómodo.
– ¿Usted tiene esa información?-
– Claro que sí.- Respondió Robert algo aliviado de tenerla consigo – está justo aquí.– La sacó de su bolsillo para enseñársela al profesor- está lleno de códigos y números que no he podido descifrar así que pensé que quizá usted…-
En una fracción de segundo Robert se encontraba con un revolver apuntándole directo en el entrecejo. En ese segundo el profesor había tomado la libreta de las manos de Robert con la mano izquierda mientras con la derecha, con la cual era más hábil, abrIó los dos botones de su saco para alcanzar su revólver y en un inusitado giro de ballet finalizó tomando el envión necesario para quitar el arma de su cintura y apuntarla directo a la frente de Robert Leithen. El tiempo se detuvo una vez más. Las respiraciones de ambos se intensificaron en profundidad y sus miradas se encontraron desafiantes. Fue el profesor quién rompió el silencio:
– Me ha puesto en una posición muy difícil señor Leithen. Claro que le creo, si yo mismo he mandado a matar a Rebecca por indisciplinada. Es esta familia hay códigos que deben respetarse o en caso contrario se pagan con la vida.– Ríe -tiene usted que responder una pregunta muy sencilla señor leithen: ¿Está conmigo o está contra mí?.-
Repentinamente la expresión de Leithen se transformó del miedo al odio, sus mandíbulas se tensaron, su mentón bajó y con los dientes apretados exclamó
-Jamás.- soltó Robert.
El profesor se sonrió –Pienselo Robert, robbie, si se une a nosotres encontrará un sentido, dejara todos esos intereses individuales de lado por una causa mayor, será partícipe de una nueva etapa histórica, la dictadura del proletariado, la construcción de un mundo comunista.- En esta última frase el profesor alzó la voz como si estuviese hablando a una audiencia mucho más grande que el desprotegido Leithen que tenía delante de sí sin dejar de apuntarle.
– Habla con mucho amor del proletariado para ser un… un… -Robert juntó valor y gritó -CHANCHO BURGUÉS.-
Las pupilas del profesor se dilataron, las mejillas se le encendieron y el pecho le tembló tan fuerte que una ráfaga de fuego recorrió todo su cuerpo hasta su mano con la suficiente intensidad para jalar del gatillo. El disparo sonó tan limpio como el impacto en el cuerpo de Leithen. En ese instante Robert se desplomó en el suelo y el profesor aún con ojos desorbitados y el fuego en el cuerpo exclamó –¡EL PROLETARIADO ES AMOR SEÑOR LEITHEN! –suspiró mirando el cuerpo de Robert tendido en el suelo -Verá, se mata o se muere por la causa y si para eso tienen que rodar algunas cabecitas… Déjeme decirle algo…- susurró acercándose al cuerpo – El secreto está en Shostakovich.-
Sus ojos se encontraron con los de leithen, más azules y fríos que nunca y en ese momento recordó el disparo del sueño, tocó su pecho y por alguna extraña razón una risa resonó dentro de él, como un eco que se acercaba cada vez más y más hasta inundarlo tanto así que su risa llenó todo el espacio una y otra y otra vez mientras la séptima sinfonía aún seguía sonando.

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