por Virginia Porta
El jadeo de Leithen se podía escuchar a pocos metros, era él quien pretendía escapar siguilosamentes, pero el miedo lo aterraba y no le permitia dejar de jadear. Las gotas de sudor corrían desde su frente y caían en sus lagrimales, nulándole la vista, lo que le provocaba más miedo, le impedía ver con claridad: el camino era desconocido. La montaña parecía interminable. Corría de prisa escapando de aquellos policías. Solo conseguía divisar las sombras de los sabuesos. TenÍa muchos obstáculos que le aminoraban la marcha. Mientras huía a la velocidad de un hombre poco familiarizado con la rusticidad de aquellas montañas escocesas, percibió que ovejas anglofrancesas acechaban a los matones…
Se oía:
MEEEE, MEEEEE.
MEEEE, MEEE…aquel sonido turbaba la cabeza de Leithen y aumentaba cada vez más, así también aumentaban los gritos de aquellos imberbes policías quienes eran mordidos por las ovejas anglofrancesas, las mordedoras que siempre arrasan hasta el terreno que rozaban sus dientes. Insatisfechas por las mordidas provocadas a ellos, las ovejas comenzaron a perseguirlo a Leithen, segundo a segundo empeoraba aquella persecución. Había conseguido librarse de los policías pero ahora lo acechaban las ovejas, con aquel balido insistente que se entremezclado con el zumbido de las hélices de los aeroplanos, los cuales se acercaban cada vez más, lo que lo hacía temblar y sudar y sudar…
¿Y ahora son dos? ¿Son dos acechos simultáneos?
PIMMMM PIMMM PIMMM
piiiiiimm piiiiiiimm piuf piuff
PIUF PIUF
Corría esquivando no sabía que, si eran balas o su profundo miedo.
ppuumm puuum
piiiiim mmmm
piiiiiufff
¡Esos disparos son para mi!, pensó. El miedo se apoderó su cuerpo, el sudor se volvía cada vez más helado provocándole leves escalofríos.
¿Esto va a seguir empeorando?, se preguntó.
Continuo corriendo a toda prisa, seguía corriendo aunque sabía que no era lo suficientemente capaz como para escapar de esta persecución.
Su imagen corriendo era patética, el jadeo le recordaba que no era su fuerte correr, aquellos entrenamientos en el parque no bastaron ya que cada piedra era un obstáculo mayor y los zapatos no lo ayudaban.
-¡Malditos zapatos no me dejan correr!
En ese instante recordó a su madre diciéndole Leithen deberías hacer actividad física.
El rugir de los motores lo hizo volver a la realidad.
-¡Me persiguen!
Elevó la mirada y ahí estaban eran ellos y un descuido provocó un choque frontal entre ambos aeroplanos.
Aturdido con aquella explosión se dejó caer al piso, asomó solo un ojo. Estaba aterrado. Pero las ovejas ya no estaban. Y si, era real: los restos de los aeroplanos caían sin cesar. Las cenizas reiteraban esto al cubrir la cara de Leithen. Cenizas más sudor lo transformaron en un moreno de ojos claros. Si, era él.
Silencio. Crudo silencio. Ahora si recuerda el beso dulce de aquel granjero y ahí recobra el aliento que necesitaba.
Se miró las manos, morenas … el pensamiento lo llevó hacia aquella cabaña. Los ojos color caoba, las manos suaves que se rozaron.. rozaron..
El rosario, pensó. sintió su materialidad en contacto con su cuerpo y recordó la dedicatoria.
Tus labios en mis labios
quedan libre de pecado.
Que ser tan pasional. Imaginó la relación existente entre ese hombre de ojos color caoba y sus ovejas anglo francesas. Su alma será tan mullido como su lana y tan pasional y salvaje en el amor como aquellas que lo perseguían. Recordar ese beso cálido lo excitó y hasta lo hizo olvidarse de la persecución y el peligro que vivió hace instantes. Levanto la mira, observó.
Cuanto deseaba tomarse un whisky en este momento, cuan lejos estaba de aquel Robert Leithen, piloto retirado de la Real Fuerza Aérea, un hombre extremadamente aburrido, se encontraba así maltrecho sin ningún rasgo de la vida citadina de donde provenía. Debía retomar fuerzas y llegar de una vez a Glinka. La libreta roja cada vez se volvia mas pesada en su bolsillo.
Con pereza retorno su camino. La densidad de la naturaleza que lo rodeaba sumado al desgaste físico que sufrió en la huida hacían que su caminar fuese casi una cámara lenta. El cielo se cerró y la lluvia habitual de esa epoco del año se hizo presente. Las gotas desfilaban sobre aquel sobretodo negro como la noche que acababa de dejar atrás. Fue en ese momento que recordó un dicho popular entre los escoceses: “la lluvia de hoy es el whisky de mañana”. La frase le dio consuelo. Continuó caminando un poco más, bajo una llovizna que poco a poco se volvía más molesta.
A lo lejos pudo observar una casa en el medio de un páramo, la esperanza volvió a su cuerpo. ¿Será aquello Glinka?, se preguntó.
Luego de unos minutos más de caminata se topó con un cartel que entre el del óxido y las letras borradas no le dio ningún tipo de información necesaria. Cabizbajo siguió caminando hasta que sus ojos contemplaron la puerta de una casa estilo tudor por la cual se escapaban sonidos de algunas de las obras famosas de Shostakovich.
Respiró profundo con la esperanza de esta vez hacer algo que cambie la historia. Se acercó a la puerta, llamó.. su mano derecha apretaba con fuerza el bolsillo de su pantalón. Esperó.