Blog

Destacado

Opus 40: una novela de espías

Obligades al aislamiento, un grupo de teatristas deben postergar sus actividades artísticas hasta nuevo aviso. Para no morir en el intento, se desplazan en diagonal en busca de otros medios de expresión artística. Entre todes, resuelven escribir.

Opus 40, la novela es un proyecto de escritura colectiva inspirada en la obra teatral Opus 40.

Una manera de amenizar la cuarentena,

un ejercicio literario,

una historia de espías contada entre varies autores.

Desde el 21/3/2020 iremos publicando un capítulo nuevo por día. Cada uno escrito por un autor distinto. Ojalá les entretenga leerla tanto como a nosotres hacerla.

Usted está involucrade.

De: Analía Ayala, Sophya Acosta, Bauch, Julieta Berenguer Berardinucci, Macarena Rodriguez Cuello, Virginia Porta, Iván Rozwadowsky, Camila Sarasola y Lucas Scott

Idea y edición: Bauch

Epílogo

por Analía Ayala, Bauch, Camila Sarasola, Ivan Rozwadowsky, Julieta Berenguer Berardinucci, Lucas Scott, Macarena Rodriguez Cuello, Sophya Acosta y Virginia Porta

‘¡Que oscuro está afuera!’

‘Se están haciendo más cortos los días.’

‘De todas formas, ese final fue sorprendentemente satisfactorio.’

‘¿Qué te dije?’

‘Que no te gusta que te interrumpan.’

‘No. Que esperases hasta el final.’

‘Cierto. Pero de todas formas, hay cosas que no resolviste.’

‘¿Cómo qué?

‘Bueno, los matones, por ejemplo, los granjeros. Qué pasó con todos los personajitos que fueron quedando atrás.’

‘¿En serio querés que te cuente?’

‘¿Preferís que me vaya?.’

‘No. ‘

‘Entonces…’

‘Entonces mejor comenzar por el principio. Los matones.’

‘¿Que paso con ellos?’

‘Lou logró alejarse del mundo del crimen y abrió una marisquería en Francia. Bab desapareció de la faz de la tierra.’

‘¿Desapareció?’

‘Si. Algunos dicen que se fue a América y abrió su propia red de criminales transexuales. Otros que lo han visto en nueva York caminando con sus hijos.’

‘¿Y nunca volvieron a verse?’

‘No. Bueno… quien sabe. ‘

‘No me gusta ese final.’

‘Ah, ¿no te gusta?’ 

‘No. Preferiría que hubiesen mantenido el contacto. Quizás Bab podría haber puesto un Bingo en Gales. De esos grandes y modernos, con espectáculos y maquinolas. Lou podría ser su cocinero.’

‘Bueno. Como digas. ‘

‘Sí, es como yo digo, porque yo soy la narradora.’ 

‘Ah, ¿ahora sos narradora?’ 

‘Si. Silencio. Basta. Lo importante acá es saber qué le pasó a los personajes. Voy a continuar con Heilin, el bello granjero de ojos color caoba, que nos cautivó el corazón.’

‘La vida de Heilin cambió para siempre esa noche en que Robert Leithen salió corriendo por la puerta trasera de su cabaña. Los ojos azules como témpanos de hielo flotando en un lago de melancolía habían encendido un fuego tan intenso en su interior, que ese fuego comenzó a devorarlo por completo, transformándolo y arrasando con todo a su paso. Tal era el poder de aquel fuego, que de alguna manera logró atravesar las barreras de la física y la metáfora, y sus llamas se propagaron por toda la casa, transformando a la cabaña y a algunas ovejas, en una pila de cenizas. Heilin de alguna manera logró sobrevivir, pero no pudo cumplir su sueño de vivir en la gran ciudad. Pasó el resto de sus días en Islandia, un lugar donde su nuevo poder abrasador no era un peligro para la sociedad.’

‘Excelente, pero ¿qué pasó con su esposa?’

‘¿Su esposa? Su ex esposa querrás decir. Les concedieron el divorcio por mutuo acuerdo, su amor, como aquella cabaña, era puras cenizas.
No solo Heilin cambió radicalmente su vida. Pierina decidió comenzar a recorrer las grandes ciudades. Las palabras de Robert describiendo Londres aquella noche habían sido irresistiblemente excitantes para sus oídos. Todas las noches se acostaba imaginando cómo sería su gran viaje, y cómo sería aquella nueva Pierina… Así fue,  que un día decidió comenzar a recorrer el mundo pero por falta de dinero solo logró llegar a Washington donde, junto con sus compañeras de los encuentros literarios, formó parte de la segunda ola feminista luchando por la libertad de las mujeres.’

‘¿Encuentros literarios?’

‘Si, Pierina era una poeta en silencio.’ 

‘Tus témpanos de hielo
no se derriten
se derrite mi cuerpo.’

‘¿Y eso?’

‘Un haiku que escribió la noche que conoció a Robert.’

‘Con razón no prosperó siendo poeta.’

‘Aunque la verdad de la papota, está en Edna Morgan…La Señora Morgan se hizo cargo de los trapos sucios de su Marido.
Los juicios contra el Opus 40 fueron todos dirigidos hacia ella, pues no se conocía a nadie más de la organización…Ella salió muy airosa, por suerte. Tenía muchos contactos gracias al Club de Amigos de Shostakovich. Entre elles, jueces, abogadas y parte de la prensa…¿Extraño, no? Todes conocían a Shostakovich…. En fín. Volvió a su pueblo, Dumfries a hacerse cargo de la Mansión Morgan. Y decidió hacer un vuelco en su vida. Lo transformó en un orfanato, “Casa de Jovencites Morganas”. Muchachas sin hogares de todo el archipiélago iban a su hogar para refugiarse de la violencia de sus hogares, de su orfandad y otras variedades…Dicen que aprendían Brujería, pócimas, adivinación, danzas árabes, mecanografía, leyes …o de la otras asignaturas. Grandes Mujeres, Mujeres Trans, Travestis, Hombres Trans salieron de allí…y No Binarios’

‘¿No Vinarios?’

‘Bi-na-ri-os…En fín. Nunca sabremos de donde salía su dinero…Pero sabemos que todos los viernes a las 18:54 sonaba la última pieza de Shostakovich en el silencio de los campos… ’

‘Fue así…’ 

‘Ese método, el sistema binario es la clave.’ 

‘El sistema binario  también llamado sistema diádico​ en ciencias de la computación, es un sistema de numeración en el que los números se representan utilizando solamente dos cifras: cero y uno. El sistema antes descrito fue la solución para el ingreso  de dinero a la casa de jovencites. Mediantes su exhaustivo trabajo con las ovejas anglo francesas descubrieron la fórmula para crear objetos voladores. Las famosas ovejas anglo francesas las mejores para el transporte de pasajeros fueron la clave para uno de los primeros inventos de la comunidad transfeminista. Les jóvenes crearon una línea aérea llamada Ovina Airlines. ‘

‘Hablando de transfeminismo y ovinos. ¿Alguien sabe qué fue de…Él?’

‘¿ÉL? ¿Te refieres a él…ÉL?’

‘Claro, he leído en el periódico de la mañana siguiente del hecho que su cuerpo no se hallaba en la escena del crimen.’

‘No solo eso sino que se encontraron rastros de tela de tutú, específicamente rojo, algunes agregan que unas gotas de sangre marcaban el camino hacia un pasadizo secreto dentro del teatro.’

‘¡No puede ser! Nadie podría sobrevivir a algo así a menos que…’

‘¿A menos que qué?’

‘No debería decir esto, yo y mi bocota…’

‘¡Ya suéltalo!’

‘A menos que alguien divida su alma.’

¿Su alma?’

‘Sí, su alma. Ya deja de repetir todo lo que digo…’

‘¡Ya deja de repetir todo lo que digo!’

‘дерьмо der’mo’

‘¿Qué dijiste?’


‘Mierda, en ruso.’

‘Volviendo a lo del alma. Los antiguos miembros del club de amigues de Shostakovich sostienen que el prof…’

‘NO DIGAS SU NOMBRE’

‘De acuerdo, lo siento. Lo que quiero decir es que sostienen la teoría de que parte de su alma aún vive en su ejército de ovejas anglo-francesas comunistas y que algunas  noches de luna llena cuando sobrevuelan las montañas escocesas puede escucharse en el viento su inconfundible risa malévola.’

‘Pero volvamos por un momento a Dumfries. 

El aislamiento duró más de lo esperado. El intendente Millier no quiso levantar la medida porque temía que Robert volviese a estos páramos o que el Opus 40 se apoderase de la ciudad. Después de 90 días, la medida fue levantada y se retomaron los preparativos para el Jubileo de la ciudad. La cercanía del aislamiento provocó que muchas de las parejas del pueblo decidieran separarse. La costurera, la señora Carter y otras damas de la ciudad decidieron fundar la primera asociación feminista y reclamar por la igualdad de oportunidades de cargos públicos en la intendencia. 

Por otro lado, la señora Rosehold pudo confesarle su profundo amor al intendente, quien decidió dejar la política y mudarse a un páramo lejano y criar ovejas. De esta forma, fue que Dumpfries se convirtió en el primer pueblo con una alcaldesa mujer, lideresa, la señora Millier. Acompañada por la asociación de mujeres feministas y la nueva organización de la señora Morgan (su nueva aliada), llevaron al pueblo a una nueva era de progreso y libertad.’

‘Bueno, bueno…  ¿y nuestros protagonistas qué?’

‘¡Ajá! Tú quieres saber sobre Robert.’

‘Y Joanna’

‘Y Robert Jr.’

‘¿Cómo?’

‘Robert Jr., el pequeño hijo de Joanna Simpson y Robert Leithen.’

‘No me digas que esto termina con un “Y vivieron felices para siempre”.’

‘Mmmmm pues, algo así. Robert y Joanna sacaron un crédito con bajísima tasa de interés -de esos que el banco de Dumfries decidió otorgar para revivir la economía que se había estancado luego del eterno aislamiento social – y con este compraron una furgoneta que con meses de arduo trabajo convirtieron en casa rodante.’

‘¿Casa rodante?’

‘¿Todo vas a preguntar? Sí, casa rodante, de esas donde la alacena se despliega y aparece la mesita y la cama está arriba de la cabina del conductor, muy paqueta a decir verdad… Lo más hermoso fue la noche de festejo, salieron a la carretera el 31 de diciembre a las 22.50 con un champagne rosado, una rica cena y muchos sueños por delante. El año nuevo los encontró bajo las estrellas consumiéndose de amor en el nuevo hogar. En septiembre de ese año nacería Robert Junior, un pequeño niño aventurero de 4kgs.’

‘Pesado.’

‘Sí, pregúntale a Joanna, que en sus meses de recupero comenzó su emprendimiento freelancer y es hoy una reconocida columnista de varios periódicos.’

‘¿Y Robert, volvió a volar?’

‘Eso… eso es otra historia, queride… anda, prepárame otro whisky. Podés servirte uno conmigo si querés. Y brindamos una última vez.’

‘¿Por qué brindamos?’

‘Por las historias. Porque tal vez algún día le cuentes sobre el Opus 40 a tus amigues, o a tu familia. Por este vaso de whisky y todos los que hemos tomado en estas tardes. Por volver a encontrarnos otra vez y tener algo nuevo para contarnos.’ 

‘Eso suena bien. Salud entonces.’

‘Salud y buenas noches.’

‘Buenas noches.’

Capítulo XVI: Una orquesta toca

por Analía Ayala

[Para este capítulo se recomienda hacer click aquí y disfrutar de una lectura acompañada del mismísimo Shostakovich.]

Ópera real de Londres. Shostakovich.  El profesor y la señora Morgan tenían asientos preferenciales para tal ocasión. Opus 96. Obertura festiva.


El profesor se encontraba más expectante que nunca en el palco del teatro, cuando al compás de la primera nota de la orquesta, percibió como todo su cuerpo se volvía liviano y poco a poco sus pies se despegaban del suelo. De pronto se encontraba sumergido en una burbuja gigante que lo transportó a un camino aterciopelado que se encontraba flotando como él; allí una línea infinita de matones como Bob y Lou acompañaban su paso con trompetas y pétalos de rosa dorados; A lo lejos logró divisar una gran capa roja que esperaba por él “Ven Morgan, deja que te envuelva”, le susurró en una voz que más bien inundó todo el cielo. Y así fue, el profesor se dejó abrazar por estos ropajes y al mirar hacia abajo notó que una multitud aclamaba su nombre. Esto lo hacía temblar de emoción, no tuvo más remedio que citarse a sí mismo y en el reflejo de una nube perfumada, muy parecida a la que lo sostenía a él, se dijo “Dale tu amor al pueblo y el pueblo te amará y serán felices por siempre”. Terminó de decir esto y sintió como una suave mano tocó su hombro con dos golpecitos que devinieron en una caricia que tomó su mano. Reconoció la calidez y determinación con la que esa mano elegía sus movimientos, se dio vuelta y exclamó -Mi señor… ¿Cómo hiz- Dos dedos se posaron sobre su boca para llamarlo al silencio y el profesor hundió su mirada en la de su amado Señor de ojos negro azabache y éste le extendió una batuta, la más impecable que el profesor haya visto en toda su vida. Ambos admiraron la agitación de las masas que vitoreaban sus nombres. Dos ovejas anglo-francesas se acercaron volando y desplegaron muérdago sobre sus cabezas y…
-¡¡SEÑOR!! ¡¡SEÑOR!! ES LEITHEN- Gritó Bob desesperado
El profesor tardó un crescendo de trompetas en aterrizar. -¡¡Señooor, señoooor!!- Gritaron Bob y Lou al unísono.
El profesor levantó su mano para callarlos. Su mirada ágil buscó entre las butacas del teatro y finalmente allí estaba, sus inconfundibles ojos azules como dos témpanos de hielo flotando en un lago de melancolía se encontraron con los suyos y ambos comprendieron que ninguno de los dos podría vivir si el otro sobrevivía. El profesor también pensó por qué no podía decir que sus ojos eran simplemente “azules” pero volvió a la realidad para decir “Tras él” a sus dos hombres que se miraron desorientados. La señora Morgan se acercó a ellos y sin titubear deslizó hábilmente de la manga de su vestido una fusta de cuero negra con la cual reprendió a los matones que corrieron a cumplir su cometido de inmediato.


El profesor, propulsado por los clarinetes de la obertura decidió que era momento de actuar. Sacó un particular silbato de su abrigo y de un pitido un ejército de ovejas anglo-francesas con gorros comunistas se presentaron frente al él. Morgan se lanzó sobre ellas, como una estrella de rock sobre su público, y sobrevoló el teatro con la mirada encendida mientras su capa le ondeaba a la velocidad de la luz ovina. Vio escabullirse a Leithen por una de las bambalinas y de un tirón de oreja izquierda indicó a su ejército que allí iba a descender. Aterrizó sobre la inmensidad del escenario principal del teatro y nuevamente con su tono felino saltó sobre el cuerpo de Robert que logró zafarse quitándose el saco. Robert corrió de una punta a otra mientras la orquesta siguió tocando, apasionadamente musicalizando, sin intención, su persecución. Los matones aparecieron uno en cada posible salida, cerrándole el paso y apuntándolo con sus armas con cara amenazante. Dos pares de francotiradores se apostaron silenciosamente en los palcos esperando la señal del profesor. Leithen intentó escapar por una diagonal que parecía libre pero el ejército de ovejas apareció gruñendo y babeando cuasi rabioso; sintió como esa sensación se traducía en su respiración y a lo lejos escuchó la risa del profesor que se alzaba entre oboes y platillos. Acto seguido una niebla con olor a whisky escocés inundó todo el ambiente. Era la mezcla personal del profesor que usaba como táctica de distracción para sus enemigos. “Deténgase, somos la policía” escuchó Robert, que solo se dedicó a dar tumbos a ciegas. La risa del profesor se escuchaba tan fuerte como la orquesta. Una horda de policías ingleses había aparecido en la escena rodeando a Leithen, que aún se encontraba entre la niebla; los policías corrían para atraparlo de par en par, pero lo único que obtenían al llegar al centro del escenario era chocarse con otro policía que también había corrido hacia allí, desde la dirección opuesta, una verdadera coreografía de idiotas. A un chasquido del Profesor las ovejas del ejercito comunista se abalanzaron sobre los uniformados, mordiéndoles el trasero para arrastrarlos fuera de allí.
Robert, aún confundido entre la neblina a medio disipar, logró divisar por el foro el contorno del cuerpo del profesor, dudó un segundo de lo que veía, se refregó los ojos y lo confirmó con claridad. El profesor se acercó a él, poco a poco, vistiendo un tutú rojo y una malla negra con una insignia de hoz y martillo bordado en dorado en su pecho izquierdo. Se rodearon, como en un duelo en cámara lenta. Se hizo un silencio, ese tiempo suspendido entre una nota y otra que antecede el final. Al mismo tiempo uno corrió hacia el otro, encontrándose en el centro con un pas de deux legendario. Grande jetté. Fouetté. Arabesque. Quinta posición. Tour jetté. Sauté. En una nueva maniobra de distracción el Profesor giró sobre su eje, como un trompo, y de ese remolino salieron despedidas unas gotas de whisky escocés, que cayeron directamente en los ojos de Robert. –AAAGGGHHH- Sollozó el hombre con ojos color tempAZULES. Morgan quedó en quinta posición frente a su oponente y apuntó el arma directo a la frente de éste.


En ese momento se escuchó un grito ahogado del público que hasta entonces no había dado cuenta de la situación.
-Usted no es más que un montón de nada, señor Leithen. Cuando esta obra maestra termine comenzará la mía y entonces…no habrá retorno.- Dijo Morgan, sin poder evitar reírse con tono malvado, como a él le gustaba.
Robert presintió el fin, esta vez no habría rosario que detenga la bala, ni granjero que lo acurruque en sus brazos. Estaba por rendirse sin más cuando impulsado por una furia contenida de treinta y siete años de comportamiento de señor inglés interrumpió la risa del profesor con un: La obra de shostakovich me resulta… MEDIOCREEE!!! Y apretó sus ojos para recibir el tiro de gracia.
El profesor gritó de tal manera que las paredes del teatro temblaron. Realizó una seña para que la orquesta continuara tocando y, embriagado de poder, melancolía y comunismo, destrabó el arma para jalar del gatillo y… PUM. En ese instante alguien rió, otro lloró y todo fue una confusión.


Los ojos del Profesor se abrieron hacia el infinito, rápidamente sintió la sangre que brotaba de su pecho y comenzaba a dejar marcas en su inmaculado tutú. Dio una vuelta aún con una sutileza de ballet admirable y sintió como el frío que le recorría el cuerpo se transformaba en la capa roja que supo abrazarlo en más de un sueño de otro mundo posible. Clavó su última mirada en los ojos de Leithen y exclamó: Chancho… Burgués y se desplomó en el suelo.


Detrás del Profesor apareció Joanna, que, con una determinación inusitada y al compás de las últimas notas de la pieza, se dirigió a Robert, lo tomó de la cara y le dio un beso que lo dejó sin aliento. Ambos se miraron y sonrieron todavía con la respiración agitada. Joanna dejó caer el arma. –Es usted- dijo Leithen y volvió a sonreír tontamente. -Cállese la boca- dijo Joanna, al mismo tiempo que volvió a encajarle un beso aún más intenso que el anterior. Por algún otro impulso de anti señor inglés que Robert había experimentado en esta última hora su pierna comenzó a levantarse teñida del beso de su nueva compañera y acompañando el crescendo de la obertura. Chan. Chan. Se escuchó, no solo en el teatro sino en la cabeza de Leithen.

Los telones cayeron, como el imperio que hasta ese momento se había conocido como “Opus 40”.

Capítulo XV: Un narrador es interrumpido por última vez

por Bauch

‘¿Así de rápido se enamoraron y  la dejó?’

‘Bueno no tenían mucho tiempo. Pensá la distancia Dumfries-Londres. Seis horas de viaje por tierra. Aunque al menos Robert aprendió algo de todo su periplo y decidió conmutar en oveja anglo-francesa.’

‘Eso es algo que nunca voy a entender.’

¿Qué cosa?

‘La metáfora de las ovejas.’

‘Es que no es una metáfora. Te explico: en esa época hubo muchas investigaciones extrañas a razón de la carrera tecnológica de la guerra fría. Comunicación, armamento, transporte. Y ahí es donde varios productores agropecuarios de la zona contribuyeron. Pierina, la granjera de nuestra historia, logró producir una cruza de ovejas inglesas con ovejas francesas. Cuya descendencia tuvo una gran potencialidad comercial para el transporte aéreo de pasajeros. Otros granjeros locales intentaron imitarla produciendo cruzas similares, pero nunca lo lograron del todo.’

‘Lo que significa…’

‘Nada más que eso. Ovejas muy buenas para volar por los aires de un punto A a un punto B transportando gente sobre y dentro de ellas. Por supuesto el atractivo fue inmenso para un sector de los productores. Todo empezó con algunas ovejas que de alguna manera habían logrado colocarse sobre tejados o árboles, pero que no hacían nada más que eso (o al menos no a la vista de los humanos). Las demás ovejas miraban y las seguían al nivel del suelo. Ésta insolencia de parte de las voladoras implicaba un claro desafío a la autoridad ganadera e incitaba a posibles revueltas ovinas, pero los granjeros decidieron mirar con discreción y a la distancia a las ovejas desafiantes para comprobar la verdadera naturaleza de sus desplazamientos aéreos. Olían un negocio. Fueron varios meses de avistaje hasta que finalmente consiguieron las pruebas contundentes necesarias que confirmaban las proyecciones. Las ovejas podían volar (bajo condiciones climáticas favorables, en días de lluvia era imposible…por razones obvias). Pero ¿podrían transportar individuos humanos? Naturalmente se hicieron varias pruebas rigurosas al respecto pero los resultados no fueron tan positivos como originalmente esperados. Te explico, las ovejas una vez que se encontraban en el aire perdían su carácter gregario y se volvían animales absolutamente egoístas. Por otro lado dentro de este nuevo individualismo ovino, la gran mayoría de los especímenes tenían pruritos con respecto a sus potenciales pasajeros: estaban las que se rehusaban a volar con pasajeros protestantes, las que los preferían solo de determinado sector socioeconómico, con determinadas orientaciones políticas o atribuciones físicas. En resumen: las ovejas empezaron a mostrar un lado caprichoso y un poco desagradable que dificultó en gran manera esta nueva veta comercial a explotar. Muchos, como nuestra querida Pierina insistieron en seguir las pruebas e investigaciones pero se pudo ver con el tiempo que las ovejas podrían servir como medio de transporte particular y no público, a consecuencia de estas mañas raras que lograron desarrollar y acentuar con el tiempo. Algunos productores de las mismas todavía existen, pero más bien contenidos por un mercado de lo exótico-folclórico-regional.  A pesar de todo merece ser mencionado que estos estudios ovinos dieron nuevos y bienvenidos conocimientos científicos que sirvieron en gran manera para el desarrollo y producción de nuevas aeronaves, mejorando en gran manera el transporte aéreo a nivel mundial.’

‘¡Ovejas voladoras!’

‘¿Estuviste prestando atención estas últimas horas?’

‘Si, pero no lo entendí en medio de la historia. La granjera criaba ovejas voladoras. Verdaderamente deberías ser menos críptico en cómo contás algunas cosas.’

‘Te pregunto: ¿quién es el narrador?’

‘Vos.’

‘Correcto. Cuando vos le cuentes esta historia a tus amigues, entonces vas a poder hacerlo como prefieras.’

‘Tenés razón. Perdón.’

‘Continúo. 

Robert, en el lomo de una oveja anglo-francesa llamada Edgar Thomas, se dirigía a toda velocidad de nuevo hacia a Londres. Toda su aventura lo llevaba otra vez, en menos de una semana, al lugar donde todo comenzó. El aire frío de aquel día nublado le rasgaba las rojizas mellijas. Su corazón latía veloz mientras Edgar Thomas, volando bajito, atravesaba con brío la frontera anglo-escocesa.

La mañana de aquel día la Sra Morgan recibió un telegrama de su marido que se encontraba en el expreso a Londres. En el apuro de la salida había olvidado recoger a Bob y Lou en el lugar designado abajo de la lámpara de alumbrado público, y conociendolos, probablemente seguirían ahí. También había olvidado su traje de gala. Edna debió, entonces, salir más temprano que lo planeado para poder buscar a los dos muchachotes de su marido, pasar por la tintorería a buscar el traje de su esposo, tomar el expreso de mediodía, y encontrarse con él a las seis de la tarde en hall principal de la Ópera Real de Londres. Ajustada de tiempo, si, pero se arreglaría, pues su marido la necesitaba y ella era la viva imagen de la devoción y la resiliencia. 

Morgan caminaba de una punta a otra del vagón para fumadores de aquel tren. Inquieto, pensando en Robert Leithen. ¿Dónde estaría? ¿Que pretendería? ¿Estaría al tanto del evento de esta noche? 

– Espero que no.- dijo, lamentándose. Por suerte el vagón estaba vacío a esa hora de la mañana y no corría riesgo de pasar vergüenza frente a ningún colega. 

Nada puede fallar hoy, pensaba Morgan. Ojalá Edna reciba mi mensaje pronto, su mente era un enjambre de preocupaciones. Estaba intranquilo, como una novia el día de su casamiento. Tenía que calmarse. Aún si Robert estuviese al tanto de todo las autoridades no le creerían. Y además se ocupó de tomar todas las precauciones necesarias para asegurarse de no tener indeseables presentes durante la función. Todo estaría bien, si. Encendió un habano, se sirvió su vaso de whisky matutino y se sentó en uno de los butacones del exclusivo compartimento. 

Edna estaba a las apuradas. Se ocupó de llamar al pub local para que se encargasen de avisar a los dos “empleados” de su marido que ella estaba en camino y que no debían moverse de su lugar. Luego velozmente armó un baúl de viaje que contenía su vestido de noche, una percha extra para el traje de su marido (no debía olvidar retirarlo por la tintorería, cosa que anotó en el pequeño cuaderno que siempre llevaba en la copa izquierda de su sostén), zapatos para ambos y unas cajas de municiones extra por si su marido se excediese otra vez. Cargó en el auto el baúl y partió, sin tener tiempo de peinarse siquiera. A los treinta metros tuvo que retroceder el camino hecho. Se bajó del auto y volvió a entrar a su hogar. Dinero, documento y entradas. Dinero, documento y entradas. Irritada por su propio error tomó esos faltantes y los puso dentro de su sobre de terciopelo verde junto con unos caramelos de limón y sus nunchaku para defensa personal. 

Robert pensó en la última semana de su vida. En todas las personas que había conocido y que le habían permitido llegar hasta donde estaba. No podía defraudarles. En sus anchos hombros, y los de nadie más, yacía el futuro del país como lo conocían. Él detendría todo de una vez por todas, aunque le costase la vida. 

El Profesor miraba el paisaje campestre. Las interminables colinas, valles, páramos, plantaciones, rebaños de ovejas y lagos. El cielo inmenso cubría todo como un cariñoso manto. Una lágrima gorda brotó de su ojo izquierdo. Soñaba con la libertad para estas tierras. Imaginaba un futuro mejor, lejos del yugo opresor de la burguesía occidental, del pequeño hombre obsesionado con el poder del mercado, de la arcaica monarquía, lejos de las trabas al espíritu cuya eliminación permitirían el verdadero florecer de una nueva era.’

Capítulo XIV: Los protagonistas se enamoran

por Camila Sarasola

Si había algo que Joanna no había planeado al salir aquella mañana de su casa, era terminar la noche durmiendo esposada al supuesto asesino más buscado del momento. Habían ocurrido muchas cosas inesperadas en los últimos días. Su viaje a Londres por una repentina oferta de trabajo; los primeros días de emoción frenética en la ciudad; la posterior decepción y el asco, al ver que sus colegas no pensaban tratarla como a un par, sino como a una bonita máquina de café; y la vuelta a casa con la cola entre las piernas. Para empeorar la situación, se había visto acosada en el tren por un extraño, que resultó ser el principal sospechoso de un femicidio. Bingo. Por suerte, nadie se había enterado de sus intenciones al partir hacia Londres, y por lo tanto, nadie en ese mísero pueblo se había regocijado con su fracaso al verla volver.

Habían pasado dos días desde el incidente del tren, pero parecían siglos. Joanna no había podido dejar de pensar en ese hombre, de ojos azules como témpanos de hielo, que la había mirado de una manera casi ¿suplicante? Había algo de ese hombre que no le cerraba, pero había decidido olvidarlo, que la policía hiciera su trabajo. Todo el asunto de Guilford Street le había puesto los pelos de punta, no podía evitar relacionarlo con la muerte de su madre a manos de aquel otro hombre, unos años antes.

Y ahora se encontraba esposada a un supuesto femicida. Casi podría resultar gracioso. ¿Sería su destino el mismo que el de su madre? No lo sabía. Sin embargo, ella ya no sentía miedo, simplemente una fuerte curiosidad irónica, por querer entender a ese hombre que ahora yacía dormido a su lado. El hombre de ojos azules, que le pedía que lo llame Robert. El hombre al que ella le había confesado todas sus miserias, desde el asesinato de su madre, hasta la humillación de los últimos días. No sabía por qué lo había hecho, tal vez como una última confesión antes de morir. Pero no había muerto. No. En cambio, había recibido una confesión detallada, donde Robert decía ser un pobre piloto con vértigo, que se había visto envuelto en una gran conspiración comunista, que amenazaba la seguridad de todos. “Suena como una película de espías” le había dicho ella. “Ojalá fuese una película” le había contestado él, y por primera vez, ella estaba de acuerdo. Ahora Robert roncaba, pero Joanna no podía dormir, la mano atada a la esposa le molestaba tanto, si tan sólo pudiera…

A Joanna se le iluminaron los ojos en medio de aquella oscuridad. Llevó la mano que tenía libre a su cabeza y sacó, de entre su pelo, uno de esos pequeños ganchitos invisibles que usaba para sujetarse algunos mechones. Echó un vistazo a la pequeña cerradura de las esposas y se llevó el invisible a la boca, agradeciendo ser escocesa, tener dientes fuertes como rocas y una curiosidad infinita que la había llevado a estudiar algo de cerrajería. Logró liberarse a los pocos minutos, cuidándose de no hacer ruido y de moverse lo menos posible. Respiró aliviada y satisfecha con su trabajo, pensando en que tal vez su suerte estaba a punto de cambiar, y decidió irse, antes de que el hombre de ojos azules despertase. Pero al mirarlo una última vez, la asaltó ese pensamiento eléctrico que ella ya conocía muy bien, esa curiosidad infinita que corría por sus venas, esa curiosidad que acababa de salvarla, pero que ahora sería su perdición. Se inclinó sobre la cama, y ágil como los zorros de los páramos escoceses, metió la mano en el bolsillo de Robert, y se apoderó de la información que, de acuerdo con lo que él le había dicho, podía probar su inocencia.

Robert sintió cómo se iba alejando de las dulces tierras del sueño mucho antes de lo que su cuerpo hubiera previsto. Lentamente fueron desapareciendo los profesores con tutú que bailaban a su alrededor, queriendo besarlo, al son de una canción que decía “Antes de tomar el té rezamos”, cantada por un coro de granjeras francesas bailando cancán. Lentamente se fue desvaneciendo el seductor muchacho de ojos color caoba y labios carnosos que le recordaban a los scons esponjosos que hacía su abuela en su niñez, su abuela que ahora le decía que corra, porque ovejas voladoras tripuladas por policías, que no eran en realidad policías, lo estaban persiguiendo, a él que ahora tenía una peluca rubia vieja, y sangraba, le sangraba la cabeza, ¿qué era sino esa sensación cálida que sentía en la mejilla? Corría. Pero ahora estaba arriba de un tren y unos ojos redondos lo miraban, unos ojos verdes, oscuros, como las algas que crecen en la profundidad de los lagos escoceses, unos ojos en los que él podría ahogarse felizmente…

– ¡Señor Leithen! ¡Señor Leithen! – la sensación cálida que él había tomado como sangre, era una mano suave que le daba golpecitos en la mejilla izquierda… – ¡Robert! ¡Despierte por favor!

Abrió sus ojos. Los ojos verde oscuro, como las algas que crecen en la profundidad de los lagos escoceses lo miraban, y estaban cerca, muy cerca. Joanna, ¿cómo pudo olvidarlo? Aquella mujer a su lado y él babeando como un perro viejo.

– ¡Nos liberamos! – exclamó sorprendido, al darse cuenta que sus manos ya no estaban unidas.

– Sí, por la noche logré quitármelas – explicó Joanna algo tímida, su ojos verdes todavía tan cerca que empezaban a ponerlo incómodo.

– Y, ¿sigue aquí? – preguntó, sintiéndose de repente como un niño frágil e inseguro que necesita dormirse con la luz prendida.

– Decidí creerle – contestó Joanna, mostrándole la información que él había copiado y guardado en su bolsillo, en un intento de descifrar el código. La información que el profesor no había conseguido sacarle. – Venga conmigo por favor, rápido.

Robert la siguió, refregándose los ojos, hacia la mesa donde la noche anterior habían tomado el té. Él no había podido sacarle los ojos de encima y, como un adolescente un poco estúpido, le había halagado las perlas que ella llevaba al cuello. No había funcionado. Ella le había soltado un discurso sobre su vida y él entendió que ahora formaba parte de esa lista de hombres que la habían arruinado. Por algún motivo que no comprendía, él se había odiado por ello. Digamos, ya se odiaba de todas formas, pero esto había intensificado sus sentimientos autodestructivos.

Pero eso había sido anoche. Hoy los ojos verdes lo miraban distinto. Con un brillo renovado, sin miedo ni sarcasmo, lo miraban urgentes, más profundos que nunca.

-Robert, ¿me está escuchando? – Joanna le estaba mostrando páginas y páginas de números indescifrables. – Pude descifrar la parte del código que faltaba, todo cierra ¿entiende? Mire, estos números son un código que está cifrado teniendo en cuenta el modo frigio utilizado por los monjes medievales… Lo que importa aquí, es que este código es una fórmula para crear un arma nuclear, peor que las que ya hemos visto, un arma que podría destruirnos a todos en un abrir y cerrar de ojos.

– Pero, no entiendo… usted… cómo…

– Tengo un doctorado en física nuclear, y toco el piano desde los seis años. Pero lo que importa ahora, es que si ese tal profesor ya posee esta información… Tenemos que hacer algo rápido.

Joanna estaba impaciente. Jamás pensó que ese hombre le estaba diciendo la verdad, ese hombre que le había parecido tan valiente al verlo dormir, pero que ahora la miraba boquiabierto como si estuviera teniendo un derrame cerebral. No debería haber dicho que era física nuclear, los hombres siempre reían al escucharlo, y parecían respetarla todavía menos por eso. Nunca se ponían a pensar que alguien se había quedado estudiando y trabajando de verdad, para que ellos pudieran ir a jugar a tirarse bombas. No iba a tolerarlo más. Abrió la boca, dispuesta a decir algo cuando Robert dijo:

– Usted es brillante, ¿lo sabe?

Los ojos azules de Robert, como dos témpanos de hielo, se encontraron con los ojos de Joanna, verdes como algas, profundos, y comenzaron a derretirse lentamente. Los de Joanna, por su parte, se llenaron de lágrimas de agradecimiento. Y ambos, por un momento, olvidaron la bomba nuclear que los amenazaba a ellos y a toda la humanidad, y creyeron que tal vez podrían ser felices si pudieran vivir para siempre sumergidos en los ojos del otro. Pero como siempre ocurre con las historias de romance apasionado y heteronormativo, la realidad los sacó de su ensueño, deslizándose por debajo de la puerta, en forma del diario matutino.

Robert se apresuró hacia la puerta e intentó ocultar su cara, y sus delatoras emociones, detrás del diario, como siempre hicieron todos los hombres maduros desde tiempos inmemoriales.

-Ejem… a ver si sigo vendiendo titulares… – dijo a modo de broma, pero luego vio algo que hizo que todas las piezas cayeran en su lugar.

– Robert – siguió diciendo Joanna – debemos encontrar a ese profesor, o alertar a las autoridades de inmediato, esto es muy urgente…

– ¡Claro! – exclamó él, como poseído por un nuevo demonio – ¡Claro! ¡Mire!

           La Ópera Real de Londres presentará esta noche la Quinta Sinfonía de Dimitri Shostakovich, su obra maestra

– ¡La clave está en Shostakovich, la clave está en Shostakovich! – comenzó a gritar Robert frenéticamente – ¿Lo entiende? Es lo que dijo el Profesor. Él es miembro de un club de fans o algo del estilo, y va a estar allí esta noche.

-Entonces no hay tiempo que perder – exclamó Joanna entendiendo lentamente, pero yendo con rapidez a ponerse sus zapatos – Partiremos de inmediato.

-¡NO!

-¿Cómo?

-Que no. No. De ninguna manera usted va a quedarse aquí. Joanna – Robert bajó la voz de repente y puso su cara en sus manos – Joanna, me metí en esto solo, no puedo poner a más gente en peligro, no me puedo arriesgar a ponerla a usted en peligro… Yo…

-Eso es una estupidez machista, usted no tendría ni la más remota idea de lo que está pasando si no fuera porque yo decidí descifrar ese código.

Joanna temblaba de furia. Estaba harta, cansada, de que los hombres decidieran por ella. Su vida de miserias y mala suerte la habían llevado a este momento, a encontrarse con este hombre y este misterio y no tenía intenciones de dejarlos ir.

Robert, por su parte, se debatía entre el profundo deseo de tomarla a Joanna de la mano y arrastrarla con él al infierno, y el miedo de que su estupidez lo hicieran ser responsable, una vez más, de la muerte de quien prometía ser el amor de su vida. Recordó a Bobby. Habían pasado años ya. No volvería a cometer los mismos errores. Entonces dijo las palabras que sabía que funcionarían:

– ¿Qué le hace pensar que la necesito Joanna? Tan sólo me retrasaría…

Y salió, corriendo, secándose rápidamente las lágrimas, porque los hombres no lloran en las novelas de espías.

Capítulo XIII: Dos matones se confiezan

por Lucas Scott

La medianoche daba las campanadas en el pueblo cercano, Dumfries.
La carretera se encontraba vacía y la luna, llena. La brisa peinaba los pastizales escoceses, como una madre acariciando los cabellos de su cría cuando se va a dormir. 


Silencio.

Dos siluetas caminaban junto a la carretera que conectaba a ese pueblo con el mundo exterior.
Bob prendió un cigarro.
Lou seguía masticando su nutria con hélice.
Bajo esa luna, ambos matones seguían la pista de nuestros protagonistas. Habían escuchado a la policía. Un auto había sido abandonado a unos kilómetros, por la carretera. Una señora había visto por su ventana a un hombre, de ojos azules, como dos témpanos de hielo flotando en un mar de melancolía, huir en un auto hacía la carretera.
Ambos sabían que debían terminar este trabajo, sino el trabajo terminaría con ellos.
Una célula del Opus 40 les hizo llegar que debían encontrarse en la Lámpara de Alumbrado Público de la Carretera. Era una conección de túneles y pasadizos secretos a lo largo de todo el país. Pero solo pocos tenían acceso a ellos. 

Silencio.

-¿Bob? – intentando no quebrar el silencio de la noche.

-…-

-¿Boooob? – 

-Si, Lou.- Con el tabaco aún en su boca, le dedicó esas palabras con un poco de recelo.

Lou masticaba, como siempre. El peligro le daba hambre. O siempre había peligro o siempre le daba el hambre…

-Estuve pensando…-
Ambos compañeros se miraron y soltaron una risa disimulada. Sabían que siempre era Bob el que pensaba, el que planeaba. Lou solía dejarse llevar por sus emociones o instintos. Solían ser acertados…a veces.
-Felicidades.
-Gracias…Estuve pensando…-arrancó un gran pedazo de nutria. Y entre masticadas, farfulló- ehn mhi…proh-pósitho hen…la vhidha…-
-Traga Lou. Luego habla.
-Gracias…- Tragó con dificultad. Y tosió un poco. Lou le compartió su petaca de emergencia. Bebieron un poco. Siempre lo hacían.-Estuve pensando…en mi propósito en esta vida.
Por un segundo se detuvieron. Hacía más de una hora que caminaban sin cesar. Y se miraron.
-¿Justo ahora Lou?- Nervioso, lanzando su cigarrillo pronto a consumirse por completo, al asfalto.
-Si Bob…hace bastante vengo pensando en ello, ¿sábes?- Ambas sombras continuaron su camino, pero esta vez prestando atención al sonido de sus pasos…de sus palabras.-Nunca me agradó esto…ya sabes…Siempre me pareció divertido golpear, perseguir, hacer labores sucios…- Lou miró la luna antes de continuar.- ¿Pero Matar…”MATAR” BOB “MATAR”! Sabes que nunca fue lo mio…-

Eran un gran equipo de rastreo y seguimiento. Los trapos sucios del norte de escocia estaban limpios gracias a estos dos sujetos. Hombres solitarios a los que unía únicamente la soledad y un trabajo que les permitiera sus propios horarios y sin saber demasiado. 

-Quizá debas dormir un poco más…y comer más carne de otros animales-
-Quizá Bob…quizá…Pero estuve con pensamientos oscuros…sueño de noche con cada rufián que nos encontramos….- Un auto pasó a máxima velocidad. Rápidamente se escondieron tras unos abedules que bordeaban la carretera. La sombra era demasiado profunda, seguramente no llegó a verlos. Era la policía. Siguió de largo. Y ellos continuaron caminando.
-Estoy cansando…
-Yo también, Lou.
-No, Bob. Estoy cansado de las sombras. Las muertes…Quiero ser Chef.
La palabra “Chef” resonó por los campos escoceses cercanos como el aleteo de palomas.

-¿Cheff?
-Si, Bob. Chef…soy un excelente cocinero. Eso hago en mis días libres…Cocino. Soy experto en legumbres y hortalizas asadas…
-Woow, Lou.
-Apliqué a la Escuela Superior de Cocina de Aberfoley…-
-Woow, Lou.
-Dejaré este trabajo, Bob.

Silencio.

Los pasos continuaban resonando como ecos de una piedra en el agua. La noche continuaba su viaje al día. Faltaba poco para llegar a La Lámpara de Alumbrado Público asignada.
Habían pasado unos minutos desde la confesión de Lou. Sabían qué significaba ello.
Habían escuchado rumores de otros matones o asistentes del Opus 40 que intentaban dejar aquella vida. Una vida de secretos, sombras, conspiraciones. Los rumores contaban que pudieron vivir unos pocos meses escapando de las Óperas o Ciudades grandes, pero terminaban encontrándolos. Encontraron a una espía del correo, alguien de poca mota, hacía unos meses. Ella terminó igual que Rebecca Fritz, pero a diferencia que esta otra mujer sólo quería una vida tranquila. No iba a revelar nada, solo pasaba correos. Sin siquiera abrirlos. Ella quería abrir una librería en la costa oeste, de donde era.
Fue encontrada en los riscos de Glasgow, días atrás.

-Si te vas…van a matarte…- Lou interrumpió su silencio, entre bocanadas de un nuevo cigarrillo que se había prendido.
-Cierto, Bob. – Una sonrisa se prendió en la cara oculta de Lou.-Pero tengo un plan: le propondré mis servicios de chef a la Señora Morgan…ella nunca tuvo a alguien pertinente en la cocina.-
-Woow, Lou…Esta vez sí pensaste.-

Silencio

-Lou…-
-¿Sí, Bob?
-Yo también estuve pensando, Lou.- Volvió a lanzar el cigarrillo consumido al asfalto, como si dejara una pista de migajas de pan a lo largo de Londres, de Dumfries, de su vida…
-Felicidades.- Respondió repitiendo el halago que le había dado antes.
-Gracias.- Rieron por lo bajo.-Lou…Yo…

Lou fue interrumpido por sus propios pensamientos, que pasaban como autos a máxima velocidad en una carretera. Lou no era de mucho hablar, pensaba y planeaba, golpeaba y maniataba. Era un hombre sencillo de pocas palabras y muchos cigarrillos.

-¿A tí tampoco te gusta matar?- Dijo, con tono de sorpresa, Lou. Mientras masticaba el último bocado de Nutria.
-¿Eh?…Ah, no. No. A mí sí me gusta matar.- Bob agarró su cigarrera y observó su último cigarro. Lo tomó y se lo colocó entre sus labios. Pero no lo encendió. Se dijo a sí mismo que lo encendería luego de…-Estuve pensando, que…-

Silencio.
Un búho cantó lejos.

-Que quiero ser mujer, Lou.-

Silencio.

-Quiero pasar los días que me quedan de vida como Mujer.-

Silencio.

-Wow…Bob.-

Silencio.

-Bab…-En ese instante, Lou se detuvo. Lo miró con una mirada que intentaba entender esas palabras.- Me pasaría a llamar Bárbara…pero sería Bab…para los amigos.-

Ambas sombras interrumpieron sus caminos. Hacía mucho que se conocían…pero se conocían tan poco. Apenas sabían sus nombres.

Silencio.

-¿Me consideras tu amigo, Bo-?…-Sorprendido por sus propias palabras, se calló.-¿Tu amigo…Bab?-

-Después de tantas misiones a la par… hombro a hombro…golpeando a hombres malos y espías internacionales…- Bab, con esa mirada profunda, como de gata vieja, se encontró con la de Lou. La mirada de gata vieja bajo una capa de hombre.- Creo que voy a extrañarte cuando seas Chef…amigo.-

Silencio.
El ruido de una corriente eléctrica.
Una Lámpara de Alumbrado Público a pocas millas.

Siguieron caminando, aquellas dos siluetas en la noche, hacia la luz eléctrica y blanca que iluminaba como una estrella demasiado cerca de la Tierra.
Pero antes de tocar el umbral que separaba la noche de la luz eléctrica, Lou se detuvo de golpe.
Lou dió media vuelta a mirar la luna.
Bab, que venía unos pasos atrás, se detuvo y miró la luna también. Prendió su cigarro.
El Chef y Bab se miraron y se sonrieron. Se sonrieron y miraron como un par de amigos, compartiendo un secreto. La luna tan blanca y un cigarro muy bueno fueron testigos de esa noche.
Terminado el cigarro, un abrazo.
Abrazados, por el hombro y la cintura, como dos amigues después de mucho tiempo sin verse, cruzaron el umbral de la luz. Apenas sus pies tocaron la luz, la noche inundó los campos y esas dos sombras, desaparecieron.

Silencio.

Capítulo XI: Los detenidos se escapan

por Iván Rozwadowsky

Encuentro esto muy absurdo.-exclamó Joanna señalando la muñeca con la que lo habían esposado a Leithen, el fugitivo.

-Es por su seguridad señorita. Su testimonio es de suma importancia para la investigación. 

-Felicidades señorita. Parece que vamos a morir junt…. 

Uno de los matones se apresuró a darle un puñetazo en el estómago a Leithen mientras el otro aplastaba los dedos del pie. Leithen cayó de rodillas al suelo adolorido.

.- Basta de estupideces maldito cerdo. Voy a conseguir un  auto Lou. Vigilalos.

 Claro Bob.-Respondió Lou.

La calle estaba desierta. Tranquila. Faltaban treinta minutos para las once  y hacía rato que uno de los matones había ido en busca de un coche. Apenas un poste de alumbrado público iluminaba la esquina. Los habitués de los pubs de la zona ya dormían plácidamente embriagados en sus hogares. Todos los negocios estaban cerrados.Solo las constantes protestas de Joanna desafiaban al silencio que antecede a la media noche. Robert miraba sus zapatos resignado mientras se hacía preguntas como a quien fusilarian primero y cosas por el estilo.

-Por mi seguridad me llevarán a la comisaría esposada a un femicida. Pero que clase de broma macabra es esta. Conozco mis derecho. Le exijo que me saque estas condenadas….

-Señorita, señorita,señorita,  ya se lo explique. Tiene que entender. El estatuto del buen orden de la legislatura escocesa me faculta en casos excepcionales a, por lo medios que fuere….-Lou se detuvo en seco. Joana y Robert cruzaron miradas confundidos. De un momento a otro, poseido por algun fuerza esotérica, el maton estiro su cuello y comenzó a olfatear el aire como uno de esos elegantes sabuesos de la realeza.

– ¿Qué sucede?- preguntó Joanna aturdida. 

-¡Silencio, maldita sea, silencio! 

Permanecieron en silencio unos instantes hasta que a lejos escucharon una voz. El matón se chupo un dedo y se lo metió en el odio para hacer una veloz higiene de su aparato auditivo. 

-Es solo un borracho o el chico del periódico vespertino- declaró joana-¿Que ocurre oficial?

¡Dije silencio, maldita sea, silencio!- Exclamó el matón y sacando un arma del bolsillo apuntó a Joanna. Un sudor frío recorrió el cuerpo de la joven que en medio del estrépito tomó la mano de Robert y la apretó con fuerza por unos segundo.

Le tomó cinco segundos al matón Lou recuperar sus cabales. Bajo lentamente el arma y la guardo. Los tres permanecieron en silencio escuchando. La voz se acercaba Lou levantó su mano y extendió su dedo gordo. Estuvo así un rato y luego se lo llevó a la boca donde lo dejó un rato.

-¡Nutrias!- exclamó y se sacó el dedo de la boca- Dos manzanas al noroeste. ¡Nutrias lacustres helizadas! 

¡¿Que?! -exclamaron Joanna y Robert al unísono.

– Nutrias con hélice ¿No las probaron? Son deliciosas.  Mi madre las estofaba con hongos y abichuelas. Oh dios mío, me estoy babeando. Espero que esten frescas. Pensé que no se conseguían tan al norte. Quende se aqui, ahora regreso.

¡Oficial! Protesto Joanna

– No se preocupe señorita, tambien traigo una para usted.

Como un rayo el matón Lou se perdió calle abajo al encuentro con el vendedor. Robert y Joanna quedaron anonadados unos segundos. A unos metros, en la penumbrosa calle oírse con mayor claridad al vendedor de nutrias promocionando el aclamado aperitivo británico al grito de “nutrias, nutrias, calentitas, recien hibernadas, nutrias con helice”. Robert pensó: es mi oportunidad. La transacion economica seria sin dudas breve. Era hora de actuar.

Justo cuando se disponía a jalar de Joanna para darse a la fuga unas luces aparecieron doblando la esquina seguidas de un vehículo destartalado a toda velocidad. Robert no dudo y metiendo un mano en su bolsillo exclamó:

-Venga conmigo. Si hace algo estupido le disparó. 

Y entonces Hundió con fuerza su dedo entre las costillas de Joanna simulando tener un revolver. Joanna se volvió instantáneamente y entonces tomándola del brazo ambos se escondieron tras un basurero. ¡Bingo! pensó Robert. El truco había funcionado. De joven en el instituto siempre había sido muy bueno en la interpretación de grandes papeles como Hamlet o Ricardo III. Sonrió.

El vehículo avanzó calle arriba frenando de un golpe a metros de ellos, casi impactando con el poste de luz. Del auto bajo el otro matón:

-Malditos cacharros modernos. Solo pude hacer andar esta basura que encontré junto al puente- exclamó Bob abriendo de una patada la puerta- ¿Lou? ¿Donde estas tonto?

Unos cinco metros separaban al matón de la puerta del auto. El motor estaba en marcha.  Era ahora a nunca. Tomando a Joanna de la mano corrió a toda velocidad hacia el matón Bob que ante la embestida  cayó al suelo en el preciso momento que Lou volvía con las nutrias en brazos. De un salto, Robert Leithen dio media vuelta y se zambulló dentro del auto llevando Joanna a la rastra. Las nutrias cayeron de las manos de Lou  mientras desenfundaba su pistola al tiempo que Bob se incorporaba insultando y maldiciendo.

– !Disparale Lou! 

Robert piso aterrado todos los pedales que encontró en sus pies y el auto salió eyectado sin control. Lou y Bob saltaron a un costado para no ser arrollados  mientras el piloto recobraba el control del auto. Aferrado al volante, Leithen cerró los ojos y pisó el acelerador a fondo. Se escucharon disparos y gritos pero cuando abrió los ojos el auto seguia su marcha. Miró entonces  por el espejo retrovisor y vio cómo el pueblo de Dumfries quedaba atrás. Las cosas empezaban a salir bien.

-¡Las cosas empezaban a salir bien! maldijo el piloto al ver el orificio de bala por donde el proyectil había perforado el chasis generando una fuga en el tanque de combustible.

No era la primera ni la última vez que la caprichosa fortuna traicionaba a nuestro querido protagonista. Joanna río con una sonrisa burlona.

-Debemos estar a unos 50 kilómetros de Dumfries. No tomará mucho tiempo para que esos oficiales encuentren nuestro rastro y lo metan en un calabozo.

-Por enésima vez esos hombres no son oficiales- suspiro Robert. Esa mujer lo odiaba y ,sinceramente, ya ni el tenia en claro como se habia visto envuelto en todo esto.

– Existe una conspiración que atenta contra la seguridad mundial y soy el unico que puede detenerla. La mujer muerta por cuyo asesinato me buscan era una espia que estaba al tanto de todo esto y quería detener a los conspiradores. 

– Ohh, el héroe al rescate.- se burló Joanna

– Vamos camine- ordenó finalmente Robert jalando del brazo de Joanna.

La noche era fresca y despejada. Las estrellas iluminaban la solitaria campiña escocesa. Robert y Joanna atravesaban la estepa esposados. Un zorro asomó su cabeza desde su madriguera y se detuvo un segundo a observarlos. “Esto si que no lo había visto nunca. No se de que se trata, pero seguramente de nada bueno” pensó y volvió a introducirse en su acogedora guarida.

¿Y porqué no le cuenta su versión a la Policía? preguntó Joanna luego de unos minutos en silencio

-Por que no me crerian.

Joanna se detuvo

-¿ Que pasa?

– Se trabo mi zapato en el fango.

-Tire fuerte.

-Es mi zapato favorito.

-Se puede comprar otro cuando nos saquemos estas condenadas esposas.

-Dios mío, usted es realmente un cerdo despreciable. Sabe que espero que…

-Shh. ¿Escuhco eso?

Ambos detuvieron el paso. A unos metros algo se movía en unos arbustos. Robert apretó los puños. Conocía historias de todo tipo de criaturas fantásticas que habitaban en los bosques y lagos escoceses. Puras fantasías para chiquillos, pero a esa hora de la noche sin una gota de whisky en kilómetros a la redonda su cabeza alucinaba.

– Tranquilo. No es nada- lo tranquilizó Joanna y a continuación con su boca emitió un extraño llamado gutural.

De entre los pastizales, una a una las distintas figuras se fueron aproximando a ellos. 

-Ovejas anglo francesas.  Robert recuperó el aliento

-Las mejores para el transporte de pasajeros. La voz de ambos resonó al mismo. Sorprendidos por la coincidencia se miraron unos segundos en el silencio en la noche. 

– Bueno. Me duelen los pies será mejor aprovechar la oportunidad.

Y dicho y hecho ambos montaron sobre las ovejas y se perdieron entre los montes escoses.

Capítulo X: Un protagonista sigue vivo

por Macarena Rodriguez Cuello

-Oye Bob.

-¿Qué Lou?

-Creo que, por primera vez, estamos en el lugar indicado.

Mirando a su alrededor, los dos hombres debajo de sus sobretodo marrones reconocen la esquina que el jefe les había señalado luego de las brutales nalgadas que la señora Morgan misma les diera en su recámara. ¿Cómo olvidar las indicaciones luego de semejante vejación al autoestima de dos matones entrados en años? Los ladrillos a la vista, el farol de aceite, la calle adoquinada y el inconfundible cartel del pub “Wolder, whiskies y nada más” ratifican sus pensamientos. Antes de acomodarse, compararon la imagen con la fotografía instantánea que Bob llevaba engrapada en la palma de su mano derecha.

-Oye Lou.

-¿Qué Bob?

-Creo que, por primera vez, tienes razón.

Acomodándose los sombreros de ala corta y sobándose las nalgas de vez en cuando se dispusieron a la larga espera del fugitivo Robert Leithen.

-¿Quieres que…? – Pregunta Lou señalando la mano derecha de Bob.

-Por favor.- responde Bob y extiende el brazo hacia su compañero

-A la cuenta de tres, ¿de acuerdo? – Pregunta tomando el papel fotográfico adherido – Uno… -Bob cierra los ojos y frunce el ceño, preparándose para el tirón – dos… – Lou se seca la transpiración de la mano para tener mayor adherencia – dos y medio… -ambos contienen la respiración – ¡Tres!

Mientras tanto, a orillas del Río Nith nuestro… ¿héroe? se hunde en sus pensamientos más cavilosos. ‘El plan está fracasando, un plan mal diseñado desde sus inicios, una intrepidez digna de adolescente en celo. ¿Quién me llevó a tales romanticismos? Casi muero asesinado por un profesor… un profesor comunista.’ Receloso da vueltas entre sus dedos el rosario que le regalase el bellísimo esposo de la granjera. ‘¿Quién diría que este cristo iba a salvarme? ‘ piensa besando al Jesús crucificado que suma a sus estigmas un hundimiento de bala en el bajo vientre y recuerda el impacto del disparo del profesor Morgan. ‘Maldito transexual asesino. Te revolcarás de furia al enterarte que burlé a tus inútiles matones con el simple truco de la oratoria. Ja, tendrías que haberlos visto chocando entre sí mientras corrían a cerciorarse que Las cuatro estaciones fueran de Vivaldi y no de Shostakovich. ‘

¿Quién conoce a Shostakovich, profesor? ¡Nadie!- Grita a viva voz hacia el cielo que empieza a clarear lleno de vida. ‘La dama de la noche se oculta por el oeste; no puedo estar a la vista en plena luz del día’. Pateando piedritas, cual niño enfurruñado, Robert decide tomar el atajo de la bahía hacia el centro de Dumfries. Casi no distingue el silencio del aislamiento recientemente decretado.  A lo lejos destella el único pub autorizado para el abastecimiento del pueblo: “Wolder, whiskies y nada más.” Sus luces de neón lo llaman cual sirena a vikingo perdido en el nórdico mar. ‘Un Whisky es la pausa ideal para dar de nuevo las barajas.’ piensa y se abalanza sigiloso hacia la calle iluminada.

-Oye Bob.

-¿Qué Lou?

-Creo que necesito ir al baño.

-No de nuevo. – Decía.

-Lo sé, Bob, es que ya no soporto el ardor.

-Qué quieres decir, Lou?

-Es que…

-Que…

-Dime.

-Que…

-Vamos, ya suéltalo.

-QuelaseñoraMorganmehapegadojustoenelrecientetatuajequemehicejuntoconNadiaenellocaldeWillyTerryynohabíallegadoacurarlolosuficientecomopararecibirlareprimendadeunnuevoerror.necesitoirafrotarmeconaguafrescaparapoderapañarmilamento.

-¿Lo qué?

-QuelaseñoraMorganmehape

-No, no, no, no. Más lento, Lou. Despacito como la tortuga que le ganó a la liebre.

-Que la señora Mor… (Pausa)… Ya no aguanto, Bob, vamos adentro por favor.

Bob ve en los ojos vidriados de su compañero las inminentes lágrimas y se espanta al saber que la reputación casi perdida de los dos únicos matones del pueblo está a punto de ser arrojada a un barranco de cuatro kilometrosde altura por la sensibilidad fortuita de su amigo.

-Vamos Lou, contén la respiración.

(llorando) Lo siento, Bob, yo no quería.

(arrastrándolo dentro del bar) Ya, ya, (canturrea) no hay que llorar que la vida es un carnaval…

Al mismo tiempo Robert ingresa al pub. El mismo tiene un dejo de olor a lavandina y pan recién horneado y está lo suficientemente oscuro como para ocultar los pensamientos más profundos. Dos tipos petacones y regordetes pasan a su lado y lo atropellan camino al baño.

-Perdón.- Dice Bob.

-Perdón.- Lloriquea Lou.

Robert asiente con la cabeza baja y se dirige hacia el otro extremo de la barra, allí donde la lamparita de filamento estaba a punto de extinguirse. ‘Qué triste ver a un hombre llorar’ piensa, y traga saliva para suavizar el nudo en su garganta. En este mundo de varones fuertes y rudos no hay angustia mayor para un hombre que ver a otro hombre llorar en un bar. ‘Mal de amores quizá o alguna deuda impagable. ¿Qué penas lo aquejarán al punto de perder su hombría y derrotado entregarse al llanto?’ se pregunta y duda si ir a ayudarlo o… ‘No, no, mejor resolver mis propios asuntos antes que el futuro me encuentre en tu misma situación.’ Nota de la redactora: nuevamente el varón reprime sus impulsos y busca su bienestar individual, clásico.

-Una cerveza bien fría, cantinero.

El mismo Wolder está detrás de la barra, un hombre de bigote regordete con cara sonrosada y bigote ancho y tupido. Fija su mirada color miel en el extraño y sin mucho esfuerzo físico levanta su dedo rollizo hacia el cartel que decora la alacena detrás de sí.

-Whis…kies y … ¿nada más? – Pregunta Robert bizco por intentar leer sin sus gafas.

Wolder responde con un soplido y le alcanza un whiskie on the rocks.

-Gra…- intenta pronunciar a la espalda del famoso cantinero y sommelier que se esfuma tras la salida a la cocina. Al bajar su mirada, Robert se encuentra con el diario local. Por segunda vez en 36 horas se ve reflejado en el papel periódico y la sorpresa lo lleva a escupir el primer sorbo. Aprovecha la soledad y toma el periódico. ‘Nuevamente en la tapa, ni en mis mejores épocas de piloto en la RAF había conseguido salir en la portada, pero parece que ser un falso asesino fugitivo es más interesante para la prensa que todas las hazañas de la brigada.’

«JOVEN ASESINO RONDANDO LAS CALLES DE NUESTRO CONDADO

Damas, damitas y señores, en los vestigios de nuestra fiesta patria Dumfries se ve acechada por el violento asesino de Guilford Street: Robert Leithen. Parece ser que el fugitivo busca escondite en nuestro amado pueblo, o quizá una nueva víctima. Padres, cuiden a sus hijas, el encantador castaño posee unos ojos azules fríos como dos témpanos de hielo en medio de un mar de melancolía que hechizan a cualquier soñadora (o soñador, en esta editorial no queremos suponer la identidad sexogenérica de ningún ser).«

-Guau, qué vanguardista.

-¿Decía?- Pregunta el cantinero, volviendo de la cocina con un vaso de agua y una medialuna rellena escondida bajo el bigote

– Emm… – Robert mete el diario bajo su tapado. – Que dónde habrá un lugar para descansar.

-Ah, pues, – el cantinero traga forzosamente realizando un baile muy sensual con el mostacho – sobre esta misma calle se encuentra la posada de Ms Riley, aunque con todo este tema del aislamiento es posible que ya no quede lugar donde hospedarse. Habrase visto, eh, tarde pió para apoyar el lomo.

-Eh, claro, tarde el lomo… ¿Cuánto le debo?

Robert se despide del cantinero dejando algo de propina. ‘Robar un diario nunca es buen augurio y mejor comenzar a limpiar mi karma antes de ser asesinado nuevamente.’ Piensa recordando al chamán que alguna vez visitara en la India. Al salir es atropellado por un transeúnte apurado.

-Oiga, más cuidado. ¿Acaso en este pueblo todos andan a las corridas?

-Disculpe.- Dice una voz de mujer. – No era mi intención empujarlo. ¿Está usted bien?

Al darse vuelta Robert reconoce el cabello morocho y los labios carnosos de la mujer que hacía poco había besado. ‘¿Acaso la limpieza karmática tiene una eficacia inmediata?’ Ante sus ojos se plantaba la misteriosa (y buchona) mujer del tren.

-OIGA! Usted es… – Grita ella sorprendida.

-Sí, sí, tranquila. No grite, soy yo y no voy a dañarla.

-Por supuesto.- Responde irónica.

-Le digo la verdad, señorita, no soy todo lo que dicen que soy. Meramente soy un ex piloto de la Re…-  Sus palabras son ahogadas por la sirena de un coche patrulla que dobla a toda velocidad en dirección a la pareja. La joven desesperada le hace señas para detenerlo sin fortuna alguna.

-¡El asesino! Policías, ¡el asesino!- Grita ella a las luces coloradas de la cola del auto que, como todo miembro de las fuerzas estatales, se ausenta ineficaz.

-Es el karma. – dice Robert.

-¿Cómo?

-El karma, usted comete actos deshonrosos y el Universo la castiga, más si se dedica a los actos nobles el Universo la recompensa. Mire… – y se acerca a los jóvenes muchachos de sobretodo marrón que, recién salidos del baño del bar, caminan hacia la esquina donde Robert y la joven se encontraban. – Compañero, lo he visto angustiado en el bar, ¿hay algo con lo que pueda ayudarlo?

-Aléjese, somos guardianes de la ley. – Responde Lou avergonzado.

-Ajá, el karma. – Dice ella – Policías, él es Robert Leithen, el asesino de Guilford Street. ¡Deténganlo, por favor!

-No de nuevo. – Se lamenta Robert.

-No somos policías. – contesta Lou.

-Silencio, Lou, hemos encontrado a Leithen, ¡guarda silencio! – Responde Bob.

-Oh, Leithen.

Lou & Bob se atropellan al sacar sus esposas y corretear a Leithen hasta el medio de la calle, donde nuestro torpe protagonista se trastabilla con un adoquín mal colocado y aterriza a los pies de la pareja de matones. Juntos esposan a Leithen y se festejan haciendo un choque de pectorales.

-Aquí tienes tu karma. Adiós oficiales, gracias por su amable servicio.

-Adiós.

-Aguarde un momentito. (Aparte a Bob) Oye Bob.

(Aparte a Lou) ¿Qué, Lou?

-Creo que deberíamos llevar a la señorita también, el jefe dijo que no hubiese testigos.

-¿Ah sí?

-Sí, mira, lo tienes escrito en la frente.

Todes miran la frente de Bob donde, con un grueso trazo de delineador en barra se leen las palabras “SIN TESTIGOS”. La joven da unos pasos hacia atrás y choca con el muro de ladrillos.

-Lo siento, señorita, pero tendrá que acompañarnos.

-¿A dónde?

-A la casa del seño… (Lou lo interrumpe)

-A la comisaría, pues.

Ambos matones ríen por lo bajo, alternando carraspeos y voces de ultratumba. La joven y Robert se encuentra esposados y sabiendo que no hay buenos augurios para el futuro cercano.

Capítulo IX: Un pueblo prepara su fiesta

por Sophya Acosta

‘Retomemos la historia entonces, estábamos en Dumfries, ¿no? ’

«Notas de la señora Rosehold, secretaria del intendente Millier.

28 de marzo.

El señor intendente se encuentra reunido en asamblea con la cámara de comerciantes y ciudadanos de nuestro querido y amado Dumfries para decidir los colores principales para las decoraciones del Jubileo de nuestra amada ciudad. Como es bien sabido, debe tratarse de algo discreto pero alegre, sosegado pero apasionante y, ante todo, aclara nuestro querido dirigente, nunca visto. Es así que las propuestas principales son las de la señora Millier, hermana de nuestro estimado sr Millier y miembro fundador del Comité de Exportación de Ovejas Anglo-Francesas (asociación también conocida como CEOAF, pronunciado con acento francés), y las de la señora Morgan, respetada ciudadana de nuestra localidad y presidenta del Club de Amigos de Shostakovich (asociación para la formación en artes de los hijos de las clases trabajadoras).

Ambas propuestas son muy apropiadas y por lo tanto vuelven la tarea de elegir muy difícil. Por un lado, la señora Millier propone que se utilice amarillo y verde escocés, alegando que el amarillo es el color del amanecer y del futuro, y el verde escocés recuerda nuestros orígenes y nuestro pasado. La señora Morgan no solo no concuerda con ello, si no que además alega que ambos colores son muy poco favorecedores para las pieles de algunos de los habitantes de Dumfries, entre ellos nuestro amado sr Millier. Ofuscada por tal afirmación, la señora Millier se abalanza sobre la mesa blandiendo unas muestras de tela que trajo consigo. Por suerte el señor Carter, representante de la Oficina de Correos, pudo llegar a contenerla antes de que nadie se vea lastimado por tal improvisada pero contundente arma (todos recordamos la última vez que la señora Millier perdió sus estribos. El señor Thomsom, boticario de la calle principal, no ha vuelto a aparecer en nuestras reuniones. Aparentemente se encuentra todavía herido, aunque para mí se trata de su orgullo).

 Con gran carisma, el señor Millier logra calmar a su hermana y da pie a la presentación de la señora Morgan, quien propone utilizar azul mar congelado y rojo borgoña, de esta forma se verían representados en los colores nuestro mar y nuestra pasión por el buen vino. Es entonces que la señora Millier, aclara que el amarillo es el color del whisky, bebida mucho más popular en nuestros paramos y por lo tanto mucho más apropiada, pero que entiende que la señora Morgan no sepa este dato ya que nunca ha tenido la delicadeza de pasearse por un pub local. A lo que la señora Morgan indica que no tiene necesidad de pasearse por pubes locales porque el señor Wolder, dueño del pub, es también el somelier de sus cocinas, pero que la señora Millier no podría saber esto porque nunca ha asistido a una de sus reuniones mensuales, y porque no sabe lo que es un somelier.

Una vez más, el señor Millier logra desmantelar la trifurca entre ambas mujeres con una delicadeza que llena el alma. La señora Porter, quien se encontraba callada hasta el momento por miedo a ser atizada por sus colegas, levanta la mano y en un susurro (siempre le digo que tiene que acostumbrarse a hablar más fuerte y que debería practicar frente al espejo) dice que ella también preparó una propuesta. Inmediatamente todas las miradas se vuelven a ella, algunas con sorpresa ya que corría el rumor que era muda a causa de un accidente con su máquina de coser. Tímidamente, muy a mi pesar, logra alzar dos paños de tejido que dice haber recibido de Londres y que según ella y una revista de moda que ha traído, son los colores que marcan tendencia para actos públicos y que solo la familia real ha utilizado. Púrpura azulaceo y Dorado cobrizo. Pareciera ser lo mejor de las dos propuestas anteriores, pero en una versión más elegante y refinada. La cara del señor Millier se ha iluminado como se ilumina cada vez que le llevo su té de la tarde con alguna de las delicias que cocino a sabiendas de sus gustos. Parece que la propuesta ganadora es esa.

Sin embargo, nuestra reunión se ve interrumpida por la entrada del oficial Carter (hermano del señor Carter) y del comandante Filmore (hijo de la señora Millier), quienes alegan tener que hablar en privado con nuestro intendente. Como ha ocurrido siempre, en todas las reuniones privadas, los acompaño para tomar nota de lo más importante, la memoria del Sr Millier ya no es lo que alguna vez fue.

Entramos los cuatro al despacho principal. Ambos policías se ven muy ofuscados y entre distintas excusas, hacen saber que el asesino de Gilford Street se encuentra en nuestra ciudad. Debo admitir que tanto yo como el señor Millier dimos un pequeño salto en nuestras sillas. ¿Cómo podría haber llegado este hombre a nuestro alejado hogar? Es entonces que, prosiguiendo con su historia, relatan cómo la madrugada del día anterior recibieron una oveja mensajera desde la cabaña de la granjera Pier…ina. Primero pensaron que se trataba de su conocida enemistad con la granjera Smith, pero cuando llegaron allí pudieron comprobar que era el mismísimo asesino, sus ojos azules como témpanos de hielo en un mar de melancolía eran difíciles de olvidar. En el medio de la confusión, la cabaña se prendió fuego, y no pudieron encontrar al asesino.

El intendente estaba blanco, y yo no sentía mis piernas. El asesino, aquel despiadado y mortal hombre, merodeando por nuestras casas. Después de un segundo de silencio, siempre correcto como siempre, el señor Millier se repuso y dictaminó que todos debían volver a sus casas. Sería más difícil que el asesino entre a nuestras casas si todos estamos dentro vigilantes, y al no tener lugar para refugiarse, quedaría expuesto en las calles y podría ser detenido más fácilmente. Los policías se miraron preocupados entre sí y después tímidamente dijeron que esa medida haría que todo el pueblo se sienta nuevamente en período de guerra. Sin inmutarse y mirando para la ventana, nuestro gobernante dijo que entonces llamaríamos a esa medida “aislamiento social preventivo”. Jamás había escuchado ese término, debe ser la primera vez en el mundo que alguien oye de algo así. Sin perder mucho más tiempo, los oficiales abandonan la oficina y quedamos sólo yo y el señor Millier.«

Mientras tanto en otro lado del mismo pueblo algo muy diferente estaba ocurriendo.

Hacía pocas horas que habían limpiado el lugar donde el cuerpo había caído. Por suerte no había grandes manchas de sangre, o en realidad ninguna. Esto le resultó un poco extraño al Profesor Morgan, pero lo atribuyó a su buena suerte, dañar la alfombra persa con sangre no era algo que quisiera en su futuro cercano, o más bien en ningún futuro, la señora Morgan jamás se lo perdonaría.

-Bob, tráeme un coñac.

Morgan estaba seguro de que, con la libreta roja de Rebecca, él se podría muy contento y sobre todo orgulloso de su trabajo. Sólo pensar en eso, su corazón empezaba a palpitar de alegría. Pensar en el Señor le hacía sentir como una colegiala, se ruborizaba tontamente y le salía una risita nerviosa.

Bob trajo el coñac. Sentado mirando por la ventana de su despacho el Profesor se dispuso a relajarse y perder la mirada en el páramo que rodeaba su casa. ¡Oh! Que grandes planes tendría el Señor ahora para él, no podía contener en su pequeño transexual cuerpo tal emoción.

En el calmo silencio de la sala sonó el teléfono y el corazón le dio un salto. Con un pase de ballet, Morgan dejó la copa en la mesita de café y se dirigió canturreando al escritorio.

– ¿Hola? ¡Hola Señor! ¿Cómo está? Hay algo que quiero contarle, no sabe lo que pasó anoche.

Morgan no podía dejar de sonreír mientras jugaba con el cable del teléfono. De repente del otro lado algo no muy feliz fue dicho y el cuerpo del profesor se erizó por completo.

-No es posible Señor, yo mismo lo maté, en esta habitación en la que me encuentro ahora mismo. Bob y el doctor corroboraron que…

Algo no andaba bien.

-Si, pero yo tengo el cuaderno de Rebecca.

Espera. Una inesperada gota de sudor empezó a recorrer su nuca mientras su cara pasaba de la confusión al terror.

-¿Cómo? Que alguien lo vió corriendo a lo lejos, hace una hora. Que no lo pudieron alcanzar. ¿Vivo? No Señor, eso es imposible… Yo, sí. Sí señor, con mis propias manos.

De repente el corazón se le paró por un segundo.

-Jamás Señor. Jamás diría que usted miente. ¡No! Usted sabe que yo siento el más profundo de los respetos por usted, es mi mentor, mi ejemplo a seguir… Si Señor, me callo. Sí.

El silencio de la casa ya no era tranquilo, había pasado de expectante a tenebroso. Cuando de repente un grito interrumpió y traspasó las paredes.

-¡¡¡NO!!!¡¡¡ Con la ópera no!!!

 Su sueño se estaba volviendo realidad. Cómo podía ser esto. Él mismo había matado a Robert y lo había visto caer sobre su alfombra, su alfombra persa. Bob había desechado el cuerpo. Confiaba plenamente en Bob, siempre había desechado los cuerpos tomando buenos recaudos. Y ahora el Señor, el mismísimo Señor lo estaba amenazando, y con la ópera.

-No señor, ¡con la ópera no se meta! Por favor, con la ópera no…

La voz se le iba entrecortando. Destruir la ópera era el mayor castigo dentro del Opus 40, el peor de los exilios. Pero ¿cómo iban a poder destruir un género musical? Clásica pregunta de alguien poco conocedor. Claramente no se trataba de destruir “la ópera” sino de un destierro en vida y en muerte.

Morgan no quería eso. El exilio, sin poder escuchar a Shostakovich ni una vez más, y para colmo siendo recodado en la historia en el bando enemigo. ¡No! La máxima desgracia para las futuras generaciones de su familia, un desertor, un traidor, un chancho burgués.

-Por favor, déjeme arreglar este error. Robert Leithen no volverá a interponerse en nuestros planes. El Opus 40 es mi vida…

-Usted es mi vida Señor.

Pero nadie estaba ya del otro lado del teléfono para escuchar esa última parte

Capítulo VIII: Un narrador es interrumpido

por Bauch

‘¿Y?’

‘¿Y qué?’

‘¿Eso es todo? ¿Así termina?’

‘Te estás adelantando.’

‘No creo que me esté adelantando, acabás de matar al personaje principal.’

‘Eso no tiene nada que ver con la continuidad de la historia.’

‘¿Osea que todavía falta?’

‘Estás muy ansioso. Voy a poner a hacer una tetera así te calmás.’

‘¿Té otra vez? ¿No tenés algo más fuerte?’

‘¿Ya? Son las cuatro de la tarde.’

‘Pero está muy oscuro afuera.’

‘Bueno supongo que tenés razón. Vamos a tomar un poco de whisky pero mientras lo hacemos te voy a contar otra historia.’

‘¿Otra historia? Antes podrías terminar la primera.’

‘¿Querés whisky o no?’ 

‘Ok. Pero tiene que ver con…’

‘Es la historia de cómo se conocieron mis padres. Empecemos por el principio. Fue hace unos cuarenta y cinco años, en ese entonces mi padre trabajaba en el puerto y estaba en proceso de solicitar su ciudadanía.’

‘No sabía que tu padre era inmigrante.’

‘Si, lo era, y te pido que no me interrumpas, sabés que no me gusta. En fin, mi padre había emigrado de Canadá hace tiempo y luego de un par de años aquí ya estaba listo para nacionalizarse formalmente. Lo cual aún entonces llevaba mucho trabajo y estudio y preparación, aunque naturalmente no tanto como ahora. 

Mi padre era alto, de buen porte, aunque no muy musculoso. Tenía ojos verdes, pelo negro azabache, rasgos bastante definidos y una nariz en forma de sifón. Cuando iba a trabajar al puerto usaba unas botas altas, unos pantalones fuertemente ajustados con un cinturón sobre sus pequeñas caderas, una camisa color hueso y un sobretodo de paño típico de un lugareño de pueblo costero. Ah, y una gorra para cuidarse del sol (cuando es que efectivamente lo había). Todo esto le daba una apariencia muy particular, entre atractiva y algo repelente. 

En ese entonces, vivía en un apartamento a unas cuadras del centro del pueblo. En uno de esos edificios bajos comunicados por el exterior con escaleras y galerías. Y en el apartamento de al lado vivía quien no sería otra que mi futura madre. Ella era profesora de literatura y el tiempo que no pasaba en la escuela, leyendo en la playa o haciendo recados, lo pasaba en su apartamento corrigiendo la tarea de sus alumnos y planeando las próximas lecciones. Aquí estaba el problema: generalmente cuando ella se sentaba a corregir, llegaba mi padre. A veces llegaba borracho de haber ido al bar con sus compañeros, a veces ponía programas de comedia en la radio (de éstos era fanático) a un volumen considerable. Aunque a veces llegaba en silencio, día por medio mi madre se irritaba por no poder concentrarse y tenía que pedirle que por favor dejase de hacer tanto ruido. Lo cual cimentó una relación tensa entre vecinos. Él era el ruidoso, ella la pesada. Así que naturalmente era cuestión de tiempo antes de que se enamorasen.’

‘¿Qué?’

‘Shhh.’

‘Ok.’

‘Mi madre, con apenas veinte años, era solo dos años menor que mi padre, además de considerablemente hermosa: el pelo castaño con ondas voluminosas, la piel pálida como de mármol rosado, los ojos de profundo marrón y una contextura saludablemente rolliza, con rasgos redondeados y curiosos. Recientemente se había mudado fuera de la casa de sus padres, quienes vivían a unos kilómetros del pueblo, para comenzar a trabajar en la escuela local y así juntar el suficiente dinero necesario para cumplir su objetivo: ser la primera estudiante universitaria de su familia. En esa época, tener un título universitario no era la norma pero algo de su curiosidad innata por el conocimiento le hacía desear con todo su corazón poder entrar en una casa de altos estudios. Sus padres le ayudarían con lo que pudieran pero ella debería también aportar dinero para enfrentar los gastos que esto supusiera.  

Su apartamento, casi un cliché, era pequeño y casi todo repleto de libros. Libros sobre muebles, libros dentro de ellos, libros en pilas en el suelo y sobre mesas, una biblioteca pequeña al lado de su escritorio pues como era alquilado no podía construir una grande en la pared. Tenía dos mesas: una pequeña con dos sillas, que utilizaba para comer y otras cosas del hogar; y luego una que utilizaba de lugar de trabajo, donde corregía, leía y escribía. En una de las esquinas tenía una salamandra de hierro que la mantenía caliente durante el invierno. (Un pequeño truco de la época era que sobre ellas se podía calentar agua para el té o café o la bebida de elección.) En la misma habitación estaba la cocina. En otra estaba su cama, y un pequeño ropero para sus cosas. La cual a su vez tenía una puerta que daba al baño.

Ahora bien, la habitación de él era idéntica en estructura pero muy distinta en contenidos. En el living/cocina/estar tenía una mesa con una sola silla, en la cual comía, un sillón de un cuerpo junto a un pequeño taburete donde se encontraba la radio y su tabaco (era un requisito casi obligatorio fumar en pipa viviendo en un pueblo portuario de aquellos tiempos). Junto a esto, en el suelo, unos libros sobre la historia nacional que estaba estudiando para su examen de ciudadania. Al lado de la puerta de entrada unos clavos en la pared servían de perchero para su gorra y piloto. En su habitación tenía una cama de una plaza con una silla que utilizaba de mesa de luz. Además de un pequeño mueble que contenía toda su ropa.’

‘Esto es muy interesante, pero ¿podríamos volver a la historia sobre el Opus 40?’ 

‘Aún no. Esa historia vamos a retomarla más adelante, prometo contarla hasta el final; el verdadero final. Mientras tanto dejame continuar.’

‘¿Pero, qué tienen que ver tus padres con el Opus 40?’

‘Concretamente nada. Pero hay un sentido atrás de su historia. Un concepto. Así que por favor dejame continuar y no me interrumpas más.’

‘Ok.’

‘Una mañana mi madre estaba preparando su desayuno y alistando sus cosas para otro día de clases. Cuando de golpe escuchó un golpeteo extraño. Luego lo escuchó de nuevo. Sonaba como el aleteo de algún pájaro grande. Se asomó por la ventana pero no vió nada y retomó con su mañana. Luego lo escuchó una vez más, seguido del ruido de un vidrio rompiéndose y un hombre gritando. En ese momento, se dió cuenta de que los ruidos provenían del apartamento de al lado (el de mi futuro padre) y decidió ir a ver si estaba todo bien. Cuando se asomó vio que su puerta estaba abierta y que dentro del departamento, bloqueando la salida de su vecino, había un gran pelícano (más grande que lo normal) aleteando sin lograr dar con la puerta. Cómo o por qué el pelícano había llegado hasta ahí, ninguno de los dos nunca lo supo. Mi futura madre rió al ver la situación, lo cual alborotó más al pelícano, que revoloteó por la habitación y la asustó tanto a ella como a él. “Llamá a alguien” dijo. “¿A quién?” respondió ella. “No sé, a cualquiera”. En ese momento mi madre tuvo una idea y corrió a su apartamento. “¿A dónde vas?”. Entró en su habitación, tomó su cubrecama y volvió a la puerta del apartamento de mi padre. El pelícano seguía ahí, regulando la entrada y salida de gente por aquella puerta. Mi madre le mostró el cubrecama a mi padre y este comprendió. Ella gesticuló con la boca “uno…” mientras acompañaba con un leve vaivén de su cuerpo, “dos…” y al tres lanzó el cubrecama abierto cobre el pelícano, atrapándolo. Ambos se abalanzaron y sostuvieron la tela de sus cuatro extremos. Luego con delicadeza fueron arrastrándolo fuera del departamento y hacia la galería. Contaron hasta tres una vez más entre los dos. Al tres ambos corrieron hacia dentro de sus hogares y cerraron las puertas. Hubo un ruido torpe y luego silencio. Esperaron. Ella se armó de valor y abrió milimétricamente su puerta. Él también. El cubrecamas estaba en el suelo lleno de plumas pero ya no había señal del ave. Ambos salieron, se miraron y rieron. Él le agradeció, ella siguió riendo.  

Él le dijo que si gustaba la invitaba a tomar algo luego de trabajar pero que ahora debía salir corriendo porque estaba demorado, ya que ese día tenía su entrevista para solicitar la ciudadanía. Ella aceptó su propuesta y le dijo que mencionara a la entrevistadora que eran amigos, lo cual tal vez le daría una mejor impresión, porque se conocían desde muy pequeñas cuando eran vecinas.

Se despidieron hasta la tarde, cuando se encontraron en el bar de la esquina. Ese día a mi futuro padre le dieron la ciudadanía. Esa noche durmieron ambos en el apartamento de mi madre (que luego del accidente del pelícano estaba en mejores condiciones). Luego se casaron, se mudaron juntos y todo eso. Años después nací yo, al mismo tiempo que mi madre terminaba sus estudios.’

‘¿Así que tus padres se enamoraron por un pelícano?’

‘Asumo que se enamoraron por otras cosas. Pero si, el pelícano les dio la excusa.’

‘¿Y tus padres son parte del Opus 40?’

‘¿Qué? Por supuesto que no.’

‘¿Entonces por qué me contás esto?’

‘Para mostrar un punto: cuando estás en una situación problemática siempre es bueno tener a alguien al lado.’