por Macarena Rodriguez Cuello
-Oye Bob.
-¿Qué Lou?
-Creo que, por primera vez, estamos en el lugar indicado.
Mirando a su alrededor, los dos hombres debajo de sus sobretodo marrones reconocen la esquina que el jefe les había señalado luego de las brutales nalgadas que la señora Morgan misma les diera en su recámara. ¿Cómo olvidar las indicaciones luego de semejante vejación al autoestima de dos matones entrados en años? Los ladrillos a la vista, el farol de aceite, la calle adoquinada y el inconfundible cartel del pub “Wolder, whiskies y nada más” ratifican sus pensamientos. Antes de acomodarse, compararon la imagen con la fotografía instantánea que Bob llevaba engrapada en la palma de su mano derecha.
-Oye Lou.
-¿Qué Bob?
-Creo que, por primera vez, tienes razón.
Acomodándose los sombreros de ala corta y sobándose las nalgas de vez en cuando se dispusieron a la larga espera del fugitivo Robert Leithen.
-¿Quieres que…? – Pregunta Lou señalando la mano derecha de Bob.
-Por favor.- responde Bob y extiende el brazo hacia su compañero
-A la cuenta de tres, ¿de acuerdo? – Pregunta tomando el papel fotográfico adherido – Uno… -Bob cierra los ojos y frunce el ceño, preparándose para el tirón – dos… – Lou se seca la transpiración de la mano para tener mayor adherencia – dos y medio… -ambos contienen la respiración – ¡Tres!
Mientras tanto, a orillas del Río Nith nuestro… ¿héroe? se hunde en sus pensamientos más cavilosos. ‘El plan está fracasando, un plan mal diseñado desde sus inicios, una intrepidez digna de adolescente en celo. ¿Quién me llevó a tales romanticismos? Casi muero asesinado por un profesor… un profesor comunista.’ Receloso da vueltas entre sus dedos el rosario que le regalase el bellísimo esposo de la granjera. ‘¿Quién diría que este cristo iba a salvarme? ‘ piensa besando al Jesús crucificado que suma a sus estigmas un hundimiento de bala en el bajo vientre y recuerda el impacto del disparo del profesor Morgan. ‘Maldito transexual asesino. Te revolcarás de furia al enterarte que burlé a tus inútiles matones con el simple truco de la oratoria. Ja, tendrías que haberlos visto chocando entre sí mientras corrían a cerciorarse que Las cuatro estaciones fueran de Vivaldi y no de Shostakovich. ‘
–¿Quién conoce a Shostakovich, profesor? ¡Nadie!- Grita a viva voz hacia el cielo que empieza a clarear lleno de vida. ‘La dama de la noche se oculta por el oeste; no puedo estar a la vista en plena luz del día’. Pateando piedritas, cual niño enfurruñado, Robert decide tomar el atajo de la bahía hacia el centro de Dumfries. Casi no distingue el silencio del aislamiento recientemente decretado. A lo lejos destella el único pub autorizado para el abastecimiento del pueblo: “Wolder, whiskies y nada más.” Sus luces de neón lo llaman cual sirena a vikingo perdido en el nórdico mar. ‘Un Whisky es la pausa ideal para dar de nuevo las barajas.’ piensa y se abalanza sigiloso hacia la calle iluminada.
-Oye Bob.
-¿Qué Lou?
-Creo que necesito ir al baño.
-No de nuevo. – Decía.
-Lo sé, Bob, es que ya no soporto el ardor.
-Qué quieres decir, Lou?
-Es que…
-Que…
-Dime.
-Que…
-Vamos, ya suéltalo.
-QuelaseñoraMorganmehapegadojustoenelrecientetatuajequemehicejuntoconNadiaenellocaldeWillyTerryynohabíallegadoacurarlolosuficientecomopararecibirlareprimendadeunnuevoerror.necesitoirafrotarmeconaguafrescaparapoderapañarmilamento.
-¿Lo qué?
-QuelaseñoraMorganmehape
-No, no, no, no. Más lento, Lou. Despacito como la tortuga que le ganó a la liebre.
-Que la señora Mor… (Pausa)… Ya no aguanto, Bob, vamos adentro por favor.
Bob ve en los ojos vidriados de su compañero las inminentes lágrimas y se espanta al saber que la reputación casi perdida de los dos únicos matones del pueblo está a punto de ser arrojada a un barranco de cuatro kilometrosde altura por la sensibilidad fortuita de su amigo.
-Vamos Lou, contén la respiración.
–(llorando) Lo siento, Bob, yo no quería.
–(arrastrándolo dentro del bar) Ya, ya, (canturrea) no hay que llorar que la vida es un carnaval…
Al mismo tiempo Robert ingresa al pub. El mismo tiene un dejo de olor a lavandina y pan recién horneado y está lo suficientemente oscuro como para ocultar los pensamientos más profundos. Dos tipos petacones y regordetes pasan a su lado y lo atropellan camino al baño.
-Perdón.- Dice Bob.
-Perdón.- Lloriquea Lou.
Robert asiente con la cabeza baja y se dirige hacia el otro extremo de la barra, allí donde la lamparita de filamento estaba a punto de extinguirse. ‘Qué triste ver a un hombre llorar’ piensa, y traga saliva para suavizar el nudo en su garganta. En este mundo de varones fuertes y rudos no hay angustia mayor para un hombre que ver a otro hombre llorar en un bar. ‘Mal de amores quizá o alguna deuda impagable. ¿Qué penas lo aquejarán al punto de perder su hombría y derrotado entregarse al llanto?’ se pregunta y duda si ir a ayudarlo o… ‘No, no, mejor resolver mis propios asuntos antes que el futuro me encuentre en tu misma situación.’ Nota de la redactora: nuevamente el varón reprime sus impulsos y busca su bienestar individual, clásico.
-Una cerveza bien fría, cantinero.
El mismo Wolder está detrás de la barra, un hombre de bigote regordete con cara sonrosada y bigote ancho y tupido. Fija su mirada color miel en el extraño y sin mucho esfuerzo físico levanta su dedo rollizo hacia el cartel que decora la alacena detrás de sí.
-Whis…kies y … ¿nada más? – Pregunta Robert bizco por intentar leer sin sus gafas.
Wolder responde con un soplido y le alcanza un whiskie on the rocks.
-Gra…- intenta pronunciar a la espalda del famoso cantinero y sommelier que se esfuma tras la salida a la cocina. Al bajar su mirada, Robert se encuentra con el diario local. Por segunda vez en 36 horas se ve reflejado en el papel periódico y la sorpresa lo lleva a escupir el primer sorbo. Aprovecha la soledad y toma el periódico. ‘Nuevamente en la tapa, ni en mis mejores épocas de piloto en la RAF había conseguido salir en la portada, pero parece que ser un falso asesino fugitivo es más interesante para la prensa que todas las hazañas de la brigada.’
«JOVEN ASESINO RONDANDO LAS CALLES DE NUESTRO CONDADO
Damas, damitas y señores, en los vestigios de nuestra fiesta patria Dumfries se ve acechada por el violento asesino de Guilford Street: Robert Leithen. Parece ser que el fugitivo busca escondite en nuestro amado pueblo, o quizá una nueva víctima. Padres, cuiden a sus hijas, el encantador castaño posee unos ojos azules fríos como dos témpanos de hielo en medio de un mar de melancolía que hechizan a cualquier soñadora (o soñador, en esta editorial no queremos suponer la identidad sexogenérica de ningún ser).«
-Guau, qué vanguardista.
-¿Decía?- Pregunta el cantinero, volviendo de la cocina con un vaso de agua y una medialuna rellena escondida bajo el bigote
– Emm… – Robert mete el diario bajo su tapado. – Que dónde habrá un lugar para descansar.
-Ah, pues, – el cantinero traga forzosamente realizando un baile muy sensual con el mostacho – sobre esta misma calle se encuentra la posada de Ms Riley, aunque con todo este tema del aislamiento es posible que ya no quede lugar donde hospedarse. Habrase visto, eh, tarde pió para apoyar el lomo.
-Eh, claro, tarde el lomo… ¿Cuánto le debo?
Robert se despide del cantinero dejando algo de propina. ‘Robar un diario nunca es buen augurio y mejor comenzar a limpiar mi karma antes de ser asesinado nuevamente.’ Piensa recordando al chamán que alguna vez visitara en la India. Al salir es atropellado por un transeúnte apurado.
-Oiga, más cuidado. ¿Acaso en este pueblo todos andan a las corridas?
-Disculpe.- Dice una voz de mujer. – No era mi intención empujarlo. ¿Está usted bien?
Al darse vuelta Robert reconoce el cabello morocho y los labios carnosos de la mujer que hacía poco había besado. ‘¿Acaso la limpieza karmática tiene una eficacia inmediata?’ Ante sus ojos se plantaba la misteriosa (y buchona) mujer del tren.
-OIGA! Usted es… – Grita ella sorprendida.
-Sí, sí, tranquila. No grite, soy yo y no voy a dañarla.
-Por supuesto.- Responde irónica.
-Le digo la verdad, señorita, no soy todo lo que dicen que soy. Meramente soy un ex piloto de la Re…- Sus palabras son ahogadas por la sirena de un coche patrulla que dobla a toda velocidad en dirección a la pareja. La joven desesperada le hace señas para detenerlo sin fortuna alguna.
-¡El asesino! Policías, ¡el asesino!- Grita ella a las luces coloradas de la cola del auto que, como todo miembro de las fuerzas estatales, se ausenta ineficaz.
-Es el karma. – dice Robert.
-¿Cómo?
-El karma, usted comete actos deshonrosos y el Universo la castiga, más si se dedica a los actos nobles el Universo la recompensa. Mire… – y se acerca a los jóvenes muchachos de sobretodo marrón que, recién salidos del baño del bar, caminan hacia la esquina donde Robert y la joven se encontraban. – Compañero, lo he visto angustiado en el bar, ¿hay algo con lo que pueda ayudarlo?
-Aléjese, somos guardianes de la ley. – Responde Lou avergonzado.
-Ajá, el karma. – Dice ella – Policías, él es Robert Leithen, el asesino de Guilford Street. ¡Deténganlo, por favor!
-No de nuevo. – Se lamenta Robert.
-No somos policías. – contesta Lou.
-Silencio, Lou, hemos encontrado a Leithen, ¡guarda silencio! – Responde Bob.
-Oh, Leithen.
Lou & Bob se atropellan al sacar sus esposas y corretear a Leithen hasta el medio de la calle, donde nuestro torpe protagonista se trastabilla con un adoquín mal colocado y aterriza a los pies de la pareja de matones. Juntos esposan a Leithen y se festejan haciendo un choque de pectorales.
-Aquí tienes tu karma. Adiós oficiales, gracias por su amable servicio.
-Adiós.
-Aguarde un momentito. (Aparte a Bob) Oye Bob.
–(Aparte a Lou) ¿Qué, Lou?
-Creo que deberíamos llevar a la señorita también, el jefe dijo que no hubiese testigos.
-¿Ah sí?
-Sí, mira, lo tienes escrito en la frente.
Todes miran la frente de Bob donde, con un grueso trazo de delineador en barra se leen las palabras “SIN TESTIGOS”. La joven da unos pasos hacia atrás y choca con el muro de ladrillos.
-Lo siento, señorita, pero tendrá que acompañarnos.
-¿A dónde?
-A la casa del seño… (Lou lo interrumpe)
-A la comisaría, pues.
Ambos matones ríen por lo bajo, alternando carraspeos y voces de ultratumba. La joven y Robert se encuentra esposados y sabiendo que no hay buenos augurios para el futuro cercano.