por Camila Sarasola
Si había algo que Joanna no había planeado al salir aquella mañana de su casa, era terminar la noche durmiendo esposada al supuesto asesino más buscado del momento. Habían ocurrido muchas cosas inesperadas en los últimos días. Su viaje a Londres por una repentina oferta de trabajo; los primeros días de emoción frenética en la ciudad; la posterior decepción y el asco, al ver que sus colegas no pensaban tratarla como a un par, sino como a una bonita máquina de café; y la vuelta a casa con la cola entre las piernas. Para empeorar la situación, se había visto acosada en el tren por un extraño, que resultó ser el principal sospechoso de un femicidio. Bingo. Por suerte, nadie se había enterado de sus intenciones al partir hacia Londres, y por lo tanto, nadie en ese mísero pueblo se había regocijado con su fracaso al verla volver.
Habían pasado dos días desde el incidente del tren, pero parecían siglos. Joanna no había podido dejar de pensar en ese hombre, de ojos azules como témpanos de hielo, que la había mirado de una manera casi ¿suplicante? Había algo de ese hombre que no le cerraba, pero había decidido olvidarlo, que la policía hiciera su trabajo. Todo el asunto de Guilford Street le había puesto los pelos de punta, no podía evitar relacionarlo con la muerte de su madre a manos de aquel otro hombre, unos años antes.
Y ahora se encontraba esposada a un supuesto femicida. Casi podría resultar gracioso. ¿Sería su destino el mismo que el de su madre? No lo sabía. Sin embargo, ella ya no sentía miedo, simplemente una fuerte curiosidad irónica, por querer entender a ese hombre que ahora yacía dormido a su lado. El hombre de ojos azules, que le pedía que lo llame Robert. El hombre al que ella le había confesado todas sus miserias, desde el asesinato de su madre, hasta la humillación de los últimos días. No sabía por qué lo había hecho, tal vez como una última confesión antes de morir. Pero no había muerto. No. En cambio, había recibido una confesión detallada, donde Robert decía ser un pobre piloto con vértigo, que se había visto envuelto en una gran conspiración comunista, que amenazaba la seguridad de todos. “Suena como una película de espías” le había dicho ella. “Ojalá fuese una película” le había contestado él, y por primera vez, ella estaba de acuerdo. Ahora Robert roncaba, pero Joanna no podía dormir, la mano atada a la esposa le molestaba tanto, si tan sólo pudiera…
A Joanna se le iluminaron los ojos en medio de aquella oscuridad. Llevó la mano que tenía libre a su cabeza y sacó, de entre su pelo, uno de esos pequeños ganchitos invisibles que usaba para sujetarse algunos mechones. Echó un vistazo a la pequeña cerradura de las esposas y se llevó el invisible a la boca, agradeciendo ser escocesa, tener dientes fuertes como rocas y una curiosidad infinita que la había llevado a estudiar algo de cerrajería. Logró liberarse a los pocos minutos, cuidándose de no hacer ruido y de moverse lo menos posible. Respiró aliviada y satisfecha con su trabajo, pensando en que tal vez su suerte estaba a punto de cambiar, y decidió irse, antes de que el hombre de ojos azules despertase. Pero al mirarlo una última vez, la asaltó ese pensamiento eléctrico que ella ya conocía muy bien, esa curiosidad infinita que corría por sus venas, esa curiosidad que acababa de salvarla, pero que ahora sería su perdición. Se inclinó sobre la cama, y ágil como los zorros de los páramos escoceses, metió la mano en el bolsillo de Robert, y se apoderó de la información que, de acuerdo con lo que él le había dicho, podía probar su inocencia.
Robert sintió cómo se iba alejando de las dulces tierras del sueño mucho antes de lo que su cuerpo hubiera previsto. Lentamente fueron desapareciendo los profesores con tutú que bailaban a su alrededor, queriendo besarlo, al son de una canción que decía “Antes de tomar el té rezamos”, cantada por un coro de granjeras francesas bailando cancán. Lentamente se fue desvaneciendo el seductor muchacho de ojos color caoba y labios carnosos que le recordaban a los scons esponjosos que hacía su abuela en su niñez, su abuela que ahora le decía que corra, porque ovejas voladoras tripuladas por policías, que no eran en realidad policías, lo estaban persiguiendo, a él que ahora tenía una peluca rubia vieja, y sangraba, le sangraba la cabeza, ¿qué era sino esa sensación cálida que sentía en la mejilla? Corría. Pero ahora estaba arriba de un tren y unos ojos redondos lo miraban, unos ojos verdes, oscuros, como las algas que crecen en la profundidad de los lagos escoceses, unos ojos en los que él podría ahogarse felizmente…
– ¡Señor Leithen! ¡Señor Leithen! – la sensación cálida que él había tomado como sangre, era una mano suave que le daba golpecitos en la mejilla izquierda… – ¡Robert! ¡Despierte por favor!
Abrió sus ojos. Los ojos verde oscuro, como las algas que crecen en la profundidad de los lagos escoceses lo miraban, y estaban cerca, muy cerca. Joanna, ¿cómo pudo olvidarlo? Aquella mujer a su lado y él babeando como un perro viejo.
– ¡Nos liberamos! – exclamó sorprendido, al darse cuenta que sus manos ya no estaban unidas.
– Sí, por la noche logré quitármelas – explicó Joanna algo tímida, su ojos verdes todavía tan cerca que empezaban a ponerlo incómodo.
– Y, ¿sigue aquí? – preguntó, sintiéndose de repente como un niño frágil e inseguro que necesita dormirse con la luz prendida.
– Decidí creerle – contestó Joanna, mostrándole la información que él había copiado y guardado en su bolsillo, en un intento de descifrar el código. La información que el profesor no había conseguido sacarle. – Venga conmigo por favor, rápido.
Robert la siguió, refregándose los ojos, hacia la mesa donde la noche anterior habían tomado el té. Él no había podido sacarle los ojos de encima y, como un adolescente un poco estúpido, le había halagado las perlas que ella llevaba al cuello. No había funcionado. Ella le había soltado un discurso sobre su vida y él entendió que ahora formaba parte de esa lista de hombres que la habían arruinado. Por algún motivo que no comprendía, él se había odiado por ello. Digamos, ya se odiaba de todas formas, pero esto había intensificado sus sentimientos autodestructivos.
Pero eso había sido anoche. Hoy los ojos verdes lo miraban distinto. Con un brillo renovado, sin miedo ni sarcasmo, lo miraban urgentes, más profundos que nunca.
-Robert, ¿me está escuchando? – Joanna le estaba mostrando páginas y páginas de números indescifrables. – Pude descifrar la parte del código que faltaba, todo cierra ¿entiende? Mire, estos números son un código que está cifrado teniendo en cuenta el modo frigio utilizado por los monjes medievales… Lo que importa aquí, es que este código es una fórmula para crear un arma nuclear, peor que las que ya hemos visto, un arma que podría destruirnos a todos en un abrir y cerrar de ojos.
– Pero, no entiendo… usted… cómo…
– Tengo un doctorado en física nuclear, y toco el piano desde los seis años. Pero lo que importa ahora, es que si ese tal profesor ya posee esta información… Tenemos que hacer algo rápido.
Joanna estaba impaciente. Jamás pensó que ese hombre le estaba diciendo la verdad, ese hombre que le había parecido tan valiente al verlo dormir, pero que ahora la miraba boquiabierto como si estuviera teniendo un derrame cerebral. No debería haber dicho que era física nuclear, los hombres siempre reían al escucharlo, y parecían respetarla todavía menos por eso. Nunca se ponían a pensar que alguien se había quedado estudiando y trabajando de verdad, para que ellos pudieran ir a jugar a tirarse bombas. No iba a tolerarlo más. Abrió la boca, dispuesta a decir algo cuando Robert dijo:
– Usted es brillante, ¿lo sabe?
Los ojos azules de Robert, como dos témpanos de hielo, se encontraron con los ojos de Joanna, verdes como algas, profundos, y comenzaron a derretirse lentamente. Los de Joanna, por su parte, se llenaron de lágrimas de agradecimiento. Y ambos, por un momento, olvidaron la bomba nuclear que los amenazaba a ellos y a toda la humanidad, y creyeron que tal vez podrían ser felices si pudieran vivir para siempre sumergidos en los ojos del otro. Pero como siempre ocurre con las historias de romance apasionado y heteronormativo, la realidad los sacó de su ensueño, deslizándose por debajo de la puerta, en forma del diario matutino.
Robert se apresuró hacia la puerta e intentó ocultar su cara, y sus delatoras emociones, detrás del diario, como siempre hicieron todos los hombres maduros desde tiempos inmemoriales.
-Ejem… a ver si sigo vendiendo titulares… – dijo a modo de broma, pero luego vio algo que hizo que todas las piezas cayeran en su lugar.
– Robert – siguió diciendo Joanna – debemos encontrar a ese profesor, o alertar a las autoridades de inmediato, esto es muy urgente…
– ¡Claro! – exclamó él, como poseído por un nuevo demonio – ¡Claro! ¡Mire!
La Ópera Real de Londres presentará esta noche la Quinta Sinfonía de Dimitri Shostakovich, su obra maestra
– ¡La clave está en Shostakovich, la clave está en Shostakovich! – comenzó a gritar Robert frenéticamente – ¿Lo entiende? Es lo que dijo el Profesor. Él es miembro de un club de fans o algo del estilo, y va a estar allí esta noche.
-Entonces no hay tiempo que perder – exclamó Joanna entendiendo lentamente, pero yendo con rapidez a ponerse sus zapatos – Partiremos de inmediato.
-¡NO!
-¿Cómo?
-Que no. No. De ninguna manera usted va a quedarse aquí. Joanna – Robert bajó la voz de repente y puso su cara en sus manos – Joanna, me metí en esto solo, no puedo poner a más gente en peligro, no me puedo arriesgar a ponerla a usted en peligro… Yo…
-Eso es una estupidez machista, usted no tendría ni la más remota idea de lo que está pasando si no fuera porque yo decidí descifrar ese código.
Joanna temblaba de furia. Estaba harta, cansada, de que los hombres decidieran por ella. Su vida de miserias y mala suerte la habían llevado a este momento, a encontrarse con este hombre y este misterio y no tenía intenciones de dejarlos ir.
Robert, por su parte, se debatía entre el profundo deseo de tomarla a Joanna de la mano y arrastrarla con él al infierno, y el miedo de que su estupidez lo hicieran ser responsable, una vez más, de la muerte de quien prometía ser el amor de su vida. Recordó a Bobby. Habían pasado años ya. No volvería a cometer los mismos errores. Entonces dijo las palabras que sabía que funcionarían:
– ¿Qué le hace pensar que la necesito Joanna? Tan sólo me retrasaría…
Y salió, corriendo, secándose rápidamente las lágrimas, porque los hombres no lloran en las novelas de espías.