por Analía Ayala
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Ópera real de Londres. Shostakovich. El profesor y la señora Morgan tenían asientos preferenciales para tal ocasión. Opus 96. Obertura festiva.
El profesor se encontraba más expectante que nunca en el palco del teatro, cuando al compás de la primera nota de la orquesta, percibió como todo su cuerpo se volvía liviano y poco a poco sus pies se despegaban del suelo. De pronto se encontraba sumergido en una burbuja gigante que lo transportó a un camino aterciopelado que se encontraba flotando como él; allí una línea infinita de matones como Bob y Lou acompañaban su paso con trompetas y pétalos de rosa dorados; A lo lejos logró divisar una gran capa roja que esperaba por él “Ven Morgan, deja que te envuelva”, le susurró en una voz que más bien inundó todo el cielo. Y así fue, el profesor se dejó abrazar por estos ropajes y al mirar hacia abajo notó que una multitud aclamaba su nombre. Esto lo hacía temblar de emoción, no tuvo más remedio que citarse a sí mismo y en el reflejo de una nube perfumada, muy parecida a la que lo sostenía a él, se dijo “Dale tu amor al pueblo y el pueblo te amará y serán felices por siempre”. Terminó de decir esto y sintió como una suave mano tocó su hombro con dos golpecitos que devinieron en una caricia que tomó su mano. Reconoció la calidez y determinación con la que esa mano elegía sus movimientos, se dio vuelta y exclamó -Mi señor… ¿Cómo hiz- Dos dedos se posaron sobre su boca para llamarlo al silencio y el profesor hundió su mirada en la de su amado Señor de ojos negro azabache y éste le extendió una batuta, la más impecable que el profesor haya visto en toda su vida. Ambos admiraron la agitación de las masas que vitoreaban sus nombres. Dos ovejas anglo-francesas se acercaron volando y desplegaron muérdago sobre sus cabezas y…
-¡¡SEÑOR!! ¡¡SEÑOR!! ES LEITHEN- Gritó Bob desesperado
El profesor tardó un crescendo de trompetas en aterrizar. -¡¡Señooor, señoooor!!- Gritaron Bob y Lou al unísono.
El profesor levantó su mano para callarlos. Su mirada ágil buscó entre las butacas del teatro y finalmente allí estaba, sus inconfundibles ojos azules como dos témpanos de hielo flotando en un lago de melancolía se encontraron con los suyos y ambos comprendieron que ninguno de los dos podría vivir si el otro sobrevivía. El profesor también pensó por qué no podía decir que sus ojos eran simplemente “azules” pero volvió a la realidad para decir “Tras él” a sus dos hombres que se miraron desorientados. La señora Morgan se acercó a ellos y sin titubear deslizó hábilmente de la manga de su vestido una fusta de cuero negra con la cual reprendió a los matones que corrieron a cumplir su cometido de inmediato.
El profesor, propulsado por los clarinetes de la obertura decidió que era momento de actuar. Sacó un particular silbato de su abrigo y de un pitido un ejército de ovejas anglo-francesas con gorros comunistas se presentaron frente al él. Morgan se lanzó sobre ellas, como una estrella de rock sobre su público, y sobrevoló el teatro con la mirada encendida mientras su capa le ondeaba a la velocidad de la luz ovina. Vio escabullirse a Leithen por una de las bambalinas y de un tirón de oreja izquierda indicó a su ejército que allí iba a descender. Aterrizó sobre la inmensidad del escenario principal del teatro y nuevamente con su tono felino saltó sobre el cuerpo de Robert que logró zafarse quitándose el saco. Robert corrió de una punta a otra mientras la orquesta siguió tocando, apasionadamente musicalizando, sin intención, su persecución. Los matones aparecieron uno en cada posible salida, cerrándole el paso y apuntándolo con sus armas con cara amenazante. Dos pares de francotiradores se apostaron silenciosamente en los palcos esperando la señal del profesor. Leithen intentó escapar por una diagonal que parecía libre pero el ejército de ovejas apareció gruñendo y babeando cuasi rabioso; sintió como esa sensación se traducía en su respiración y a lo lejos escuchó la risa del profesor que se alzaba entre oboes y platillos. Acto seguido una niebla con olor a whisky escocés inundó todo el ambiente. Era la mezcla personal del profesor que usaba como táctica de distracción para sus enemigos. “Deténgase, somos la policía” escuchó Robert, que solo se dedicó a dar tumbos a ciegas. La risa del profesor se escuchaba tan fuerte como la orquesta. Una horda de policías ingleses había aparecido en la escena rodeando a Leithen, que aún se encontraba entre la niebla; los policías corrían para atraparlo de par en par, pero lo único que obtenían al llegar al centro del escenario era chocarse con otro policía que también había corrido hacia allí, desde la dirección opuesta, una verdadera coreografía de idiotas. A un chasquido del Profesor las ovejas del ejercito comunista se abalanzaron sobre los uniformados, mordiéndoles el trasero para arrastrarlos fuera de allí.
Robert, aún confundido entre la neblina a medio disipar, logró divisar por el foro el contorno del cuerpo del profesor, dudó un segundo de lo que veía, se refregó los ojos y lo confirmó con claridad. El profesor se acercó a él, poco a poco, vistiendo un tutú rojo y una malla negra con una insignia de hoz y martillo bordado en dorado en su pecho izquierdo. Se rodearon, como en un duelo en cámara lenta. Se hizo un silencio, ese tiempo suspendido entre una nota y otra que antecede el final. Al mismo tiempo uno corrió hacia el otro, encontrándose en el centro con un pas de deux legendario. Grande jetté. Fouetté. Arabesque. Quinta posición. Tour jetté. Sauté. En una nueva maniobra de distracción el Profesor giró sobre su eje, como un trompo, y de ese remolino salieron despedidas unas gotas de whisky escocés, que cayeron directamente en los ojos de Robert. –AAAGGGHHH- Sollozó el hombre con ojos color tempAZULES. Morgan quedó en quinta posición frente a su oponente y apuntó el arma directo a la frente de éste.
En ese momento se escuchó un grito ahogado del público que hasta entonces no había dado cuenta de la situación.
-Usted no es más que un montón de nada, señor Leithen. Cuando esta obra maestra termine comenzará la mía y entonces…no habrá retorno.- Dijo Morgan, sin poder evitar reírse con tono malvado, como a él le gustaba.
Robert presintió el fin, esta vez no habría rosario que detenga la bala, ni granjero que lo acurruque en sus brazos. Estaba por rendirse sin más cuando impulsado por una furia contenida de treinta y siete años de comportamiento de señor inglés interrumpió la risa del profesor con un: La obra de shostakovich me resulta… MEDIOCREEE!!! Y apretó sus ojos para recibir el tiro de gracia.
El profesor gritó de tal manera que las paredes del teatro temblaron. Realizó una seña para que la orquesta continuara tocando y, embriagado de poder, melancolía y comunismo, destrabó el arma para jalar del gatillo y… PUM. En ese instante alguien rió, otro lloró y todo fue una confusión.
Los ojos del Profesor se abrieron hacia el infinito, rápidamente sintió la sangre que brotaba de su pecho y comenzaba a dejar marcas en su inmaculado tutú. Dio una vuelta aún con una sutileza de ballet admirable y sintió como el frío que le recorría el cuerpo se transformaba en la capa roja que supo abrazarlo en más de un sueño de otro mundo posible. Clavó su última mirada en los ojos de Leithen y exclamó: Chancho… Burgués y se desplomó en el suelo.
Detrás del Profesor apareció Joanna, que, con una determinación inusitada y al compás de las últimas notas de la pieza, se dirigió a Robert, lo tomó de la cara y le dio un beso que lo dejó sin aliento. Ambos se miraron y sonrieron todavía con la respiración agitada. Joanna dejó caer el arma. –Es usted- dijo Leithen y volvió a sonreír tontamente. -Cállese la boca- dijo Joanna, al mismo tiempo que volvió a encajarle un beso aún más intenso que el anterior. Por algún otro impulso de anti señor inglés que Robert había experimentado en esta última hora su pierna comenzó a levantarse teñida del beso de su nueva compañera y acompañando el crescendo de la obertura. Chan. Chan. Se escuchó, no solo en el teatro sino en la cabeza de Leithen.
Los telones cayeron, como el imperio que hasta ese momento se había conocido como “Opus 40”.