Capítulo VII: Un profesor muestra su alma

por Analía Ayala

El reloj marcaba las 20 horas cuando sobresaltado un hombre despertó en su cama al grito de “No, no con la operaaa”. Su respiración era agitada y podía sentir como algunas gotas de sudor dejaban su marca en las sábanas de seda. Se reincorporó a un costado de la cama, miró de reojo sobre su hombro y agradeció encontrarse solo. Esta pesadilla ha resultado recurrente los últimos tres días, pensó. Abrió el cajón de su cómoda y sacó de allí un papel y una pluma; el papel contenía anotaciones en una prolijísima letra cursiva que el hombre tenía intención de continuar. Volvió la mirada velozmente hacia la puerta y nuevamente al papel, en el que esta vez, con una secreta intención escribió: “(..)luego de oír los cañonazos la figura que ayer resultaba difusa, abandona su composición humeante y me toma repentinamente del brazo. Unos dedos larguísimos se entrelazan con los míos y comienzan a hacerme girar, más y más rápido cada vez. Comienzo a escuchar los aplausos que rápidamente se tornan una ovación que me hace flotar; No sé cómo, pero vuelo y en ese momento un rayo de luz me impacta directo en la retina, tanto que me hace caer y cuando toco tierra aún cegado, miro mi mano y veo mi revolver en ella. De lejos vislumbro la figura de un hombre alto, de cabellos castaños, con un tapado que le cubre hasta los tobillos. Cuando está por voltearse para revelarme su rostro una voz aparece detrás de mí; me hiela la conciencia prediciendo el fin de la ópera a manos de mi propia responsabilidad, lo repite una y otra vez “-hazlo o destruiré la ópera, hazlo o la destruirás tu-”. Cuando finalmente tomo coraje para voltearme y enfrentar la amenazante aberración siento como una bala ingresa justo en mi pecho”. Estas últimas palabras las escribió tan rápido que casi rasga el papel. Sintió como sus pulsaciones iban acelerándose y de un impulso repentino golpeó la pared con su puño derecho. El dolor tardó apenas unos segundos en aparecer. Respiró profundo como amigándose con esta sensación. Arrojó la pluma y el papel rápidamente en el cajón y lo cerró con llave. Justo en ese momento notó que se había quedado dormido completamente vestido, así que se paró y dirigió al espejo. Una vez frente a éste aclaró un poco la garganta como si fuese a dar un discurso pero no soltó palabra, limpió con una suavidad implacable las gotas de su frente y  emprolijó su tupido bigote; se observó de arriba abajo con su traje de gala con una mirada que buscaba inmortalizar ese momento; conforme con la imagen que el espejo le devolvía una media sonrisa se dibujó en su rostro y decidió que era momento de recibir a sus invitados que ansioses esperaban su llegada. Avanzó por la alcoba con un paso firme y ligero a la vez, como felino al acecho. Hete aquí el mismísimo Morgan, también llamado “Profesor”.
Morgan respiró hondo y con ambos brazos abrió de par en par las puertas de su recámara. Fuera de ésta dos hombres con pesados pilotos, ahuecados sombreros y dudosa procedencia montaban guardia hace más de 18 horas. Al ver al profesor inclinaron la cabeza en ademán de reverencia y éste al verlos rió estrepitosamente, los hombres lo observaron atónitos; Morgan extendió su mano a uno de sus hombres, quien acercó la suya para estrecharla –No tu mano idiota, el arma- interrumpió el profesor. El hombre dejó escapar una risita nerviosa y entregó su arma, Morgan la tomó suavemente y de un giro abrupto apuntó al techo donde titilaba uno de los focos de luz que formaba una perfecta línea infinita en el corredor del ala derecha de su mansión y sin titubear disparó; en una milésima de segundo ciento de partículas de vidrio cubrían la alfombra que con tanto esmero la señora Humilton, criada de la casa, había limpiado aquella tarde. Morgan devolvió el arma al hombre que solo atinó a contestar -Señor.-, recibiéndola algo tembloroso. -Gracias Bob, gran noche nos espera muchachos.- gritó mientras avanza por el pasillo hacia al salón principal.
Apenas unos metros adelante ya podían escucharse las risas y sentirse el aroma a tabaco importado. Las puertas del salón se abrieron para darle paso, así divisó la exquisita decoración que su esposa había elegido para tal ocasión, también observó las diversas figuras que habían decidido asistir a su reunión anual, incluso nuevas adquisiciones que había pensado estratégicamente para los duros tiempos que se avecinaban. Alguien le alcanzó una copa y el profesor avanzó al borde de las escaleras de mármol blanco donde con un claro -Buenas noches.- logró acallar a les presentes. Todes en el salón se voltearon a verlo, por un instante, sintió como el tiempo se detenía inflado en su pecho tanto pero tanto que uno de los botones del saco se desabrochó y ese brevísimo imprevisto lo trajo nuevamente a la realidad no sin antes sonrojarle un poco las mejillas. Las personas aplaudían y sonreían esperando encontrar su mirada con la del Profesor quien aclaró su garganta y con una voz clara exclamó – Buenas noches mis querides amigues, así debo llamarles si están hoy aquí, han sido tiempos difíciles y es en estos momentos que debemos valorar a las personas que se mantienen a nuestro lado y más aún aquellas que sostienen los mismos valores. Me enorgullece estar rodeado de estos afectos, no solo por mí sino por nuestra visión de una construcción de un mundo más cercano a nuestros deseos.- (Aplausos) El profesor sonríe y hace ademán de levantar la mano para continuar hablando -No quiero entretenerles por mucho más tiempo porque algo que todes aquí sabemos es que las palabras sobran cuando una obra maestra surge. No tengo más que agradecerles a ustedes, Club de amigues de Dimitri Shostacovich. He aquí su quinta sinfonía.- El profesor realizó un gesto pequeño pero claro y la quinta sinfonía comenzó a sonar. Les comensales aplaudieron y él bajó las escaleras al encuentro de su adorada esposa Edna Morgan, quien lo esperaba de brazos abiertos con su vestido de terciopelo verde musgo y un beso intrépido que lo descolocaría solo por un segundo, eso es lo que de ella más le gustaba, su espontaneidad.
En medio del encuentro uno de sus matones se acercó al profesor por detrás con una información confidencial. Rápidamente deciden retirarse a discutir sobre ello en una habitación más alejada; allí el matón informa a Morgan que el hombre con el que se encontraba Rebecca Fritz la noche que la asesinaron aún estaba vivo y se lo había divisado en las colinas cerca su mansión. El profesor agradeció la información e hizo hincapié en que lo fundamental era encontrar la libreta que este hombre poseía, y por supuesto, deshacerse de su portador. El matón se retiró y el profesor aprovechó la ocasión para sacar su pequeña libreta, la cual abrió en la página número 3, allí estaba el recorte del periódico de los días anteriores con la imagen de Robert Leithen y su descripción. Justo en ese momento su esposa entró en la habitación un poco agotada y quizá algo ebria.
– ¿Qué pasa querido?- Dijo, tambaleándose en sus zapatos
– Nada que no pueda manejar querida.-, masculló mirando la lluvia en el ventanal.
Morgan se acerca y le da un beso. En ese instante alguien toca la puerta.
-Que extraño, creía que ya nadie vendría a estas horas. Quizá Margarit… ¿Querido?-
– Ve a abrir la puerta Edna y envíalo a mi recamara de trabajo. Confía en mí.-
Edna sin titubear dejó la copa apoyada en una mesa de cristal y aceleró el paso hacia la puerta de entrada. Se volvieron a escuchar golpes en la puerta. La abrió y del otro lado encontró a Robert Leithen, con un aspecto cansado y algo inquietante. Entre muchos balbuceos sin sentido Robert exclamó “Soy amigo de Rebeca Fritz”. Al escuchar ese nombre los ojos de Edna se abrieron como platos y comprendió que debía respetar las indicaciones de su marido a rajatabla así que hizo pasar e indicó el camino hacia la habitación que se le había ordenado no sin antes intentar sacarle información con preguntas un tanto desorientadoras. Por fin llegaron a pararse frente a una gran puerta roja, ambos hicieron silencio y la señora Morgan la abrió con tal lentitud que el chillido resonó en el corredor –Pase, adentro lo espera mi marido, el profesor Morgan.-
Robert entró en la habitación que estaba plagada de información y en ese momento sintió como la señora Morgan cerraba con llave la puerta detrás suyo. Se acercó algo dudoso, intentó abrirla incrédulo y no lo logró –Señora Morgan…- dijo con la voz un poco cortada. Volvió a golpear la puerta como si se tratara de una broma y nadie le contestó.
-Señora Mo.. – sintió una respiración extraña detrás suyo, seguido de un estrepitoso:
-Señor, lamento haberlo hecho esperar.- Dijo Morgan sonriendo -¿Está usted familiarizado con la música de Shostakovich?.-
– Me me me me temo que no tengo el placer.-
Para ese momento el profesor ya había colocado la séptima sinfonía que comenzaba a inundar el ambiente.
-Sé que usted no lo hizo Robert.-
– ¿Cómo?-
– Lo de Rebecca, sé que usted no lo hizo.-
-Sí, le juro que no lo hice. Ella me sorprendió en el teatro, yo no soy, bueno usted sabe, me dijo que pertenecía a una organización secreta, me habló de usted, el profesor, claro sí el profesor, luego bueno, luego la acuchillaron por la espalda y había un mapa, luego la policía comenzó a perseguirme, y había un granjero con los ojos color caoba, un rosario, de acuerdo he tratado todo este tiempo de proteger la información para hacérsela llegar y…-
– ¿Cómo dijo? -El profesor avanzó muy cerca del rostro de Robert
– ¿ A qué se refiere?- Respondió incómodo.
– ¿Usted tiene esa información?-
– Claro que sí.- Respondió Robert algo aliviado de tenerla consigo – está justo aquí.– La sacó de su bolsillo para enseñársela al profesor- está lleno de códigos y números que no he podido descifrar así que pensé que quizá usted…-
En una fracción de segundo Robert se encontraba con un revolver apuntándole directo en el entrecejo. En ese segundo el profesor había tomado la libreta de las manos de Robert con la mano izquierda mientras con la derecha, con la cual era más hábil, abrIó los dos botones de su saco para alcanzar su revólver y en un inusitado giro de ballet finalizó tomando el envión necesario para quitar el arma de su cintura y apuntarla directo a la frente de Robert Leithen. El tiempo se detuvo una vez más. Las respiraciones de ambos se intensificaron en profundidad y sus miradas se encontraron desafiantes. Fue el profesor quién rompió el silencio:
– Me ha puesto en una posición muy difícil señor Leithen. Claro que le creo, si yo mismo he mandado a matar a Rebecca por indisciplinada. Es esta familia hay códigos que deben respetarse o en caso contrario se pagan con la vida.– Ríe -tiene usted que responder una pregunta muy sencilla señor leithen: ¿Está conmigo o está contra mí?.-
Repentinamente la expresión de Leithen se transformó del miedo al odio, sus mandíbulas se tensaron, su mentón bajó y con los dientes apretados exclamó
-Jamás.- soltó Robert.
El profesor se sonrió –Pienselo Robert, robbie, si se une a nosotres encontrará un sentido, dejara todos esos intereses individuales de lado por una causa mayor, será partícipe de una nueva etapa histórica, la dictadura del proletariado, la construcción de un mundo comunista.- En esta última frase el profesor alzó la voz como si estuviese hablando a una audiencia mucho más grande que el desprotegido Leithen que tenía delante de sí sin dejar de apuntarle.
– Habla con mucho amor del proletariado para ser un… un… -Robert juntó valor y gritó -CHANCHO BURGUÉS.-
Las pupilas del profesor se dilataron, las mejillas se le encendieron y el pecho le tembló tan fuerte que una ráfaga de fuego recorrió todo su cuerpo hasta su mano con la suficiente intensidad para jalar del gatillo. El disparo sonó tan limpio como el impacto en el cuerpo de Leithen. En ese instante Robert se desplomó en el suelo y el profesor aún con ojos desorbitados y el fuego en el cuerpo exclamó –¡EL PROLETARIADO ES AMOR SEÑOR LEITHEN! –suspiró mirando el cuerpo de Robert tendido en el suelo -Verá, se mata o se muere por la causa y si para eso tienen que rodar algunas cabecitas… Déjeme decirle algo…- susurró acercándose al cuerpo – El secreto está en Shostakovich.-
Sus ojos se encontraron con los de leithen, más azules y fríos que nunca y en ese momento recordó el disparo del sueño, tocó su pecho y por alguna extraña razón una risa resonó dentro de él, como un eco que se acercaba cada vez más y más hasta inundarlo tanto así que su risa llenó todo el espacio una y otra y otra vez mientras la séptima sinfonía aún seguía sonando.

Capítulo IV: El hombre se conecta con la naturaleza

por Julieta Berenguer Berardinucci

Como si despertara de haber dormido una siesta dentro de una pequeña caja de madera, antes de terminar de abrir los ojos, Robert se sintió invadido por un dolor agudo e incómodo en todo su cuerpo. La caída le había hecho perder la conciencia por unas largas horas, pero por suerte, o por desgracia, su vida de prófugo continuaba. 

Al terminar de abrir los ojos, pudo darse cuenta de que la caída había sido amortiguada por un montículo de turba escocesa, un combustible orgánico con el que calientan la cebada para hacer, ni más ni menos, que el whisky, otro combustible, pero para cuerpos fríos y tiesos como el de Robert.

– Whisky – susurró, mientras apoyaba su mano en bolsillo izquierdo del tapado, como queriendo aferrarse a su más preciado objeto, una petaca de peltre, que, como era de esperar, salió despedida en el momento de su caída. 

De repente, un cosquilleo en una de sus piernas y un sutil sonido hicieron que levante su torso rápidamente. Una vez sentado pudo notar la presencia, demasiado cerca para su gusto, de una liebre de montaña. Inmediatamente metió su mano en el bolsillo otra vez, sacó un espeso papel, hizo un rollo con éste, frunció el ceño, levantó su brazo y…

– Fuera! – gritó, sin moverse ni un centímetro. No pudo hacer más que eso. Extrañamente sintió empatía por ese asqueroso roedor. Al ver que la liebre no dejaba de mirarlo fijamente a los ojos, decidió pararse casi que de un salto, desenrollar el espeso papel que resultaba ser un mapa y caminar en busca de algo sustancioso para su nueva y única misión.
– ¿Misión?- se preguntó a sí mismo.

-Sí, misión- respondió la liebre que todavía permanecía a su lado. 

Los ojos de Robert nunca se vieron más grandes. Sacudió su cabeza unas cinco veces, volvió a mirar a la liebre y ya no estaba. 

Junto con un viento fuerte que llegaba desde el Atlántico, la confusión y el miedo aceleraron los latidos de su corazón, y en lugar de caminar, ató su tapado y comenzó a correr como queriendo dejar atrás aquellos minutos surreales. El terreno rocoso no le permitía aprovechar su velocidad al máximo, pero sus horas de entrenamiento en el parque de la ciudad le habían servido para no parar por casi veinte minutos. Justo cuando estaba por tomar un descanso, comenzó a escuchar el ruido inconfundible de un avión que se acercaba. Sin pensarlo, cubrió su cabeza con el tapado y se agachó, dejándose cubrir por los altos clavelines del mar que cubrían casi toda la ladera a la que había llegado. Por suerte, el sonido de a poco se disipaba con el viento y se escuchaba cada vez más lejos. El avión se alejaba y los latidos de Robert comenzaban a volver a su ritmo habitual. Fue en ese momento que tomó conciencia de que lo que empezó siendo una nueva aventura para un inglés solitario y aburrido se había convertido en una gran responsabilidad. Tenía en su poder una información altamente confidencial, vital para la seguridad mundial, escrita en un pequeño cuaderno “Un momento! El cuaderno!” pensó. Nuevamente sus ojos se abrieron como dos bolas de billar. Hasta ese entonces no había revisado si éste también había salido volando junto con la valiosa petaca. Con una sensación de frustración y algo de cansancio en sus pies decidió sentarse sobre una roca a tomar un respiro. Una vez más, Robert Leithen, piloto retirado de la real fuerza aérea, un hombre extremadamente aburrido, había perdido. Perdido el objeto más importante de su misión, perdido su oportunidad de dejar una huella en la historia, o de tal vez salvar el mundo, o bueno,  al menos salvar a aquel sector olvidado del Reino Unido.

Mirando la lontananza, como si fuera el final de una película, descubrió un lago color ámbar, reflejando el atardecer.  

–  Whisky – volvió a susurrar. Y caminando lentamente se acercó al lago. Hundió sus manos y bebió hasta saciarse.

Al levantar la mirada, un movimiento abrupto proveniente del agua lo hizo dar un paso atrás. Algo con vida interrumpió su estado de resignación.  – ¿Será éste el lago Ness? se preguntó. Entregado al destino que la naturaleza tenía guardado para él, se puso de rodillas y dijo:

– Corrientes de agua misteriosas e insondables, objeto de mitos y leyendas por favor protégeme y haz que no aparezca la bestia jurásica que te habita. 

Nuevamente aquella entidad desconocida volvió asomar. – ¿Será ésta la imagen del Monstruo del Lago Ness?- se preguntó, dejando atrás todo su escepticismo. 

No, era simplemente una escurridiza nutria excedida de peso, que inesperadamente traía apoyada en su panza, el pequeño cuaderno rojo. Con mucho cuidado se lo quitó.

-Gracias- dijo, luego de un suspiro mirando el cielo. 

-De nada- respondió la nutria.

Robert empezó a correr otra vez. Segundos más tarde, tomó conciencia de que nada lo perseguía. Al menos no todavía. ¿Estaría volviéndose paranoico? ¿Tan pronto? Se detuvo. Volvió sobre sí mismo. Sobre su hombro vió una imagen que lo devolvió la calma: una pequeña casa con las luces encendidas, como salida de un cuento, junto a un rebaño de ovejas inusualmente grandes.

Capítulo III: El hombre se escapa en un tren

por Camila Sarasola

Mientras caminaba por Guilford Street, el aire fresco de aquella madrugada de mayo le devolvió un poco de sobriedad y claridad a su cabeza. Esa claridad militar y estratega que lo había convertido en un supuesto héroe de guerra. La misma claridad que había intentado ahogar en whisky en los últimos años, pero que ahora lo podía ayudar a trazar un plan de acción. ¿A dónde ir? Rebecca había dicho algo de un lugar llamado Glinka. Eso es. Glinka. Un tal profesor. Escocia. El mapa. Escocia. Dio media vuelta y aceleró el paso hacia la estación de tren, no sin antes echar un vistazo a la lámpara de alumbrado público donde la noche anterior los dos matones habían estado acechando. Pero no había nadie, y a Robert se le erizaron los pelos de la nuca. 

Las calles de Londres estaban vacías, sólo una débil neblina parecía acompañar y favorecer su nuevo destino de fugitivo. La estación de Euston también estaba vacía, a excepción de unos pocos hombres de traje y caras cansadas, y algún barrendero arrastrando su instrumento con parsimonia. En alguna otra circunstancia, uno podría haberse detenido a apreciar este pequeño momento, retrato del paraíso, a comparación del infierno que se había vivido años anteriores. Pero Robert estaba muy ocupado como para detenerse a reflexionar que ya no estaban en guerra, y que probablemente existieran otras decisiones mucho más sensatas que la que estaba a punto de tomar. Entonces, corrió a sacar un boleto, y media hora más tarde ya estaba arriba de un tren rumbo a Dumfries, un pueblo perdido en medio de Escocia. 

Nunca supo en qué momento se había quedado dormido, tal vez fue al alejarse de la ciudad. A decir verdad, no había dormido nada la noche anterior. Pero lo que sí supo, es que lo despertó el incesante parloteo de las dos mujeres que habían abarrotado su, antes solitario, compartimento. Entre sueños las venía escuchando hace un rato; “me pregunto qué habrá salido en la lotería vespertina… escuchaste con quien se casó la nieta de Fanny… necesito comprar el diario… disculpe joven… tené cuidado Patsy, creo que está dormido… pero es que viene el diariero…” y entonces Robert había comenzado a abrir los ojos, y el diariero acercándose “¡Extra, extra! ¡Diario de la tarde!” ¿Tarde? ¿Cuántas horas había dormido? “¡Extra, extra! Asesinato en Guilford Street”  

Robert se despertó sobresaltado. 

En ese instante una de las dos señoras volvía a entrar al compartimento con el diario de la tarde bajo el brazo, y mientras ambas se atropellaban sobre los resultados de la lotería vespertina, a Robert se le heló la sangre al ver una pequeña, pero favorecedora, fotografía de sí mismo, mirándolo desde la primera plana. 

– Encontraron a una mujer muerta en un piso en Guilford Street, ¿podés creer querida? Una mujer de 27 años, acuchillada por la espalda…

– ¿No es ahí dónde vive Fanny? ¿Habrá escuchado algo? 

– ¿Qué va a escuchar si está más sorda que una tabla? 

Risas. Robert comenzó a removerse incómodo en el asiento, buscando una vía de escape…

– Se sospecha del inquilino del departamento, Robert Leithen, piloto retirado de la Real Fuerza Aérea, pelo castaño, prolijo, ojos azules…

Idiota. Había dejado la escena del crimen sin tomar ningún recaudo y ahora tenían toda su información. Estaban en Glasgow. No debía faltar mucho para Dumfries. Tal vez este sea el momento de escapar, pensó Robert, podría salir caminando tranquilo y entonces…

– ¡Miren! ¡Toda la estación está llena de policías! ¡Oficial, oficial! ¿Qué es todo este alboroto?

Mierda. 

– Sospechamos que uno de los sospechosos está en el tren señora. 

Robert contuvo la respiración, deseando que al uniformado no se le ocurriera mirar dentro del compartimento, pero por suerte era bastante idiota y estaba ocupado comiendo una nutria con hélice. Al rato el oficial se alejó, el tren reanudó su traqueteo, y Robert pensó que por regla general, los policías eran bastante imbéciles y que probablemente no lo atraparan ni aunque él estuviera debajo de sus narices. Sin embargo, mientras sonreía complacido consigo mismo, notó que las dos mujeres lo miraban con renovado interés y tuvo miedo de que esas dos viejas fisgonas ataran los cabos que la policía no había podido. 

– Compré una nutria con hélice, ¿se le apetece un poco jóven? 

Seguían mirándolo fijo y se estaba tornando inquietante. 

– No, gracias – logró responder con un hilo de voz. De todas formas, ¿qué era esa nueva locura por las nutrias con hélice? La guerra había hecho estragos hasta en los gustos de la gente. 

– ¿Seguro? Pero si está muy flaco… 

Robert se levantó de un salto del asiento y con un leve movimiento de cabeza se despidió y salió del compartimento. No sabía por qué, pero no hubiera aguantado ni un segundo más allí dentro. El miedo le urgía a ponerse en acción. El pasillo del tren era angosto, comenzó a caminar a paso normal, para no llamar la atención, y entonces los escuchó. Dos oficiales de la policía estaban revisando cada compartimento, buscando al “asesino de Guildford Street”. 

Mierda. No había salida. Podría saltar del tren, pero eso sería equivalente a delatarse. Entonces la vio, en el compartimento de enfrente, una muchacha, joven, sola. El policía estaba en el compartimento de al lado, acercándose. Robert, sin pensarlo dos veces, entró a dónde estaba la muchacha y sin decir nada, la rodeó con sus brazos y comenzó a besarla en la boca. Ella, al ser acosada por un extraño, obviamente forcejeó, pero el ex-piloto tenía más fuerza que ella y la sostuvo hasta que los policías se asomaron y se fueron, haciendo algún comentario machista con las palabras “comiendo gratis… pedazo de budín”. 

Aquí, como narradora, deseo hacer una pausa en el relato para recordarte a vos, que todo en esta escena está mal, y que no debemos romantizar actos de abuso como este. Sin embargo, queda en tus manos juzgar a nuestro infeliz protagonista en su contexto histórico. Prosigo. 

– Disculpe señorita, necesitaba hacerlo, mi nombre es Robert Leithen, me busca la policía, pero le juro que soy inocente… 

El pobre infeliz estaba intentando explicarse cuando los policías volvieron a asomarse a la puerta del compartimento, como si quisieran demostrarle a Robert que no eran tan idiotas, y en ese mismo instante, la mujer que acababa de ser acosada exclamó: 

– Es este el hombre al que buscan oficial, acaba de acosarme, ¡su nombre es Robert Leithen!

De repente fue como si el mundo hubiera enmudecido, o como si él, Robert se hubiera quedado sordo. En cámara lenta vio como la mujer gritaba y los policías movían sus brazos. Movían sus bocas, pero él ya no podía escucharlos. Entonces se dio media vuelta y abrió la puerta corrediza que daba a la barandilla exterior del tren, totalmente decidido a saltar, pero al mirar con atención tuvo una idea mejor. A su derecha subía una escalera de emergencia, y de un salto comenzó a trepar por ella, directo hacia el techo del tren. 

El aire fresco le devolvió la audición de un golpe y Robert Leithen comenzó a correr. Caminar sería una palabra mejor, porque ni el viento ni el vértigo le permitían avanzar muy rápido. 

Uno de los oficiales no tardó en seguirlo. Robert estaba en un mejor estado físico , pero el policía, al parecer, no sufría de vértigo como él. El policía se iba acercando, pero por más esfuerzo que Robert hiciera, el viento le llenaba los ojos de lágrimas y el vértigo estaba a punto de vencerlo. ¿Cómo había sido tan estúpido? Todas habían sido malas decisiones. Todas. Tal vez era mejor darse por vencido. Probablemente nadie lo extrañaría. Y estuvo a punto de hacerlo. Pero el tren se detuvo antes que él, y Robert Leithen salió volando, despedido del techo del tren que cruzaba los páramos escoceses.

Capítulo II: Un narrador se explica

por Iván Rozwadowsky

La habitación estaba patas para arriba. Un piloto todavía dormido y medio embriagado retorcía un mapa con cruces y notas buscando respuestas. En la misma habitación un cadáver con peluca comenzaría pronto a hacer preguntas. El piloto se llamaba Robert Leithen,  recientemente retirado de la real Fuerza Aérea Británica. El cadáver decía llamarse Rebecca Fritz y pertenecía a una supuesta espía recientemente retirada, aunque evidentemente de manera definitiva e involuntaria.  

La voz de la espía rusa asesinada resonaba aún en la cabeza de Leithen repitiendo las palabras: Opus 40, shostakovich, Opus 40, Shostakovich.  Ni el opiofago más delirante de todo el imperio británico hubiera podido pintar la escena tal cual era.

Era una noche cualquiera de esos años. Los años previos a lo de Windscale y a toda esa euforia jovial, pretenciosa y estridente que inaugurarían los Teddy Boys y que no terminaría nunca. 

-Voy a ver a las Ovejas. Anunciaba una granjera en la distante escocia a su distante esposo granjero escocés cerrando la puerta tras de sí.

Se trataba de años en que  los pequeños burgueses vulgares promedio aprendían a sacarse de encima el polvo de la guerra y a vivir sin bombas sobre los sombreros. Eran los últimos años del Rey Jorge y los primeros de Isabel. 

-Querido, llegaron de la imprenta las invitaciones para la Cena Anual del Club de Amigos de Shostakovich. Anunciaba la distinguida señora Morgan recogiendo la distinguida correspondencia que llegaba al Chateau de campo de los Morgan. 

Eran noches de mucho brandy y mucho bourbon,  donde Marilyn Monroe y John Wayne invadían los cines del Reino Unido. Los ecos de la guerra parecían ya lejanos, como una vieja y retorcida pesadilla sin sentido. Los británicos hacían lo mismo que todos:  reconstruían el mundo. Uno nuevo, decorando al gusto y piaccere de los norteamericanos y de sus filantropismos y desinteresados préstamos.

-Necesito que me lleve a algún lugar seguro y discreto. Si no, es mi fin. Sentenciaba la espía. Sus manos se aferraban con decidida firmeza soviética a los brazos del aturdido piloto retirado de la RAF mientras la gente se atropellaba entre sí a la salida del teatro. 

Inglaterra bailaba entonces bajo la lluvia. Se deshacía con algo de nostalgia de lo que quedaba de su viejo imperio y adoptaba una estilo de vida más frugal y hogareño.  Y espiaba.

Por sobre todas las cosas Inglaterra espiaba. Con disimulo acechaba por arriba de un hombro. Llegaban noticias extrañas en esos días: rumores sobre cohetes interespaciales y purgas y experimentos ultrasecretos. La bestia roja dormía a un costado de los floridos jardines sajones. Permanencia metida en sus propios asuntos y de un rápido vistazo podría decirse que cualquier tipo de especulación o alboroto era evidentemente injustificado. Sin embargo, la bestia engordaba de forma lenta pero constante.

-Bob, se me congela el trasero. ¿Tienes un cigarrillo?-

-Aquí tienes Lou. – Respondía Bob ofreciendo su tabaco importado a su compañero en el callejón de Guilford Street.

Las noches eran divertidas y superficiales. Tranquilas.  Los adultos del viejo mundo aprendían a envejecer en este aparente futuro sin trincheras. Los jóvenes se precipitaban sobre el presente. Entre tanta pompa y fuego de artificio algunos  prudentes y precavidos revolvían su té o vaciaban su whisky en silencio expectante. 

En esto estaba Leithen. A su alrededor todo daba vueltas. Recordaba el music hall, su encuentro con Rebecca a la salida del teatro, la confesión de esta donde le suplicaba ayuda y le revelaba su identidad, su retorcida historia sobre una organización internacional llamada Opus 40, la descripción sobre el despiadado líder transgénero que controlaba la operación y la paranoia al respecto de cierta información secreta. Cerró sus ojos.

 De repente todo se detuvo. Estaba a 20 mil pies de altura. Ráfagas de 120 kilómetros por hora le peinaban las pestañas. Podía sentir el sudor en su frente y una tonelada de munición explosiva sobre sus zapatos. A lo lejos, perdida,  la voz de su amigo Bobby pedía ayuda.

Se despertó en el suelo gritando: ¡Tanganika!. En su cabeza los pensamientos e imágenes se acomodaban lentamente. No estaba en Tanganika, ni estaba a 20 mil pies de altura, ni tenía una tonelada de munición explosiva bajo sus zapatos. Bobby había muerto en la guerra hace años. Él estaba vivo. Por lo menos por ahora. 

En el departamento reinaba el silencio. De un salto se incorporó. Era inútil permanecer en esa habitación con esa mujer muerta que había traído del teatro. Buscó su abrigo y mientras se lo ponía paso un segundo junto al cuerpo de la espía. Alguien había entrado a su departamento y había asesinado a Rebecca tratando de incriminarlo.  En un impulso tomó el anotador que había encontrado en las manos muertas de la espía y lo guardó en bolsillo interno de su abrigo. Suspiró. Abrió la puerta de salida y abandonó el domicilio. 

Si lo que Rebecca Fritz decía era cierto, su vida y el futuro del mundo dependían de esos garabatos.