por Iván Rozwadowsky
La habitación estaba patas para arriba. Un piloto todavía dormido y medio embriagado retorcía un mapa con cruces y notas buscando respuestas. En la misma habitación un cadáver con peluca comenzaría pronto a hacer preguntas. El piloto se llamaba Robert Leithen, recientemente retirado de la real Fuerza Aérea Británica. El cadáver decía llamarse Rebecca Fritz y pertenecía a una supuesta espía recientemente retirada, aunque evidentemente de manera definitiva e involuntaria.
La voz de la espía rusa asesinada resonaba aún en la cabeza de Leithen repitiendo las palabras: Opus 40, shostakovich, Opus 40, Shostakovich. Ni el opiofago más delirante de todo el imperio británico hubiera podido pintar la escena tal cual era.
Era una noche cualquiera de esos años. Los años previos a lo de Windscale y a toda esa euforia jovial, pretenciosa y estridente que inaugurarían los Teddy Boys y que no terminaría nunca.
-Voy a ver a las Ovejas. Anunciaba una granjera en la distante escocia a su distante esposo granjero escocés cerrando la puerta tras de sí.
Se trataba de años en que los pequeños burgueses vulgares promedio aprendían a sacarse de encima el polvo de la guerra y a vivir sin bombas sobre los sombreros. Eran los últimos años del Rey Jorge y los primeros de Isabel.
-Querido, llegaron de la imprenta las invitaciones para la Cena Anual del Club de Amigos de Shostakovich. Anunciaba la distinguida señora Morgan recogiendo la distinguida correspondencia que llegaba al Chateau de campo de los Morgan.
Eran noches de mucho brandy y mucho bourbon, donde Marilyn Monroe y John Wayne invadían los cines del Reino Unido. Los ecos de la guerra parecían ya lejanos, como una vieja y retorcida pesadilla sin sentido. Los británicos hacían lo mismo que todos: reconstruían el mundo. Uno nuevo, decorando al gusto y piaccere de los norteamericanos y de sus filantropismos y desinteresados préstamos.
-Necesito que me lleve a algún lugar seguro y discreto. Si no, es mi fin. Sentenciaba la espía. Sus manos se aferraban con decidida firmeza soviética a los brazos del aturdido piloto retirado de la RAF mientras la gente se atropellaba entre sí a la salida del teatro.
Inglaterra bailaba entonces bajo la lluvia. Se deshacía con algo de nostalgia de lo que quedaba de su viejo imperio y adoptaba una estilo de vida más frugal y hogareño. Y espiaba.
Por sobre todas las cosas Inglaterra espiaba. Con disimulo acechaba por arriba de un hombro. Llegaban noticias extrañas en esos días: rumores sobre cohetes interespaciales y purgas y experimentos ultrasecretos. La bestia roja dormía a un costado de los floridos jardines sajones. Permanencia metida en sus propios asuntos y de un rápido vistazo podría decirse que cualquier tipo de especulación o alboroto era evidentemente injustificado. Sin embargo, la bestia engordaba de forma lenta pero constante.
-Bob, se me congela el trasero. ¿Tienes un cigarrillo?-
-Aquí tienes Lou. – Respondía Bob ofreciendo su tabaco importado a su compañero en el callejón de Guilford Street.
Las noches eran divertidas y superficiales. Tranquilas. Los adultos del viejo mundo aprendían a envejecer en este aparente futuro sin trincheras. Los jóvenes se precipitaban sobre el presente. Entre tanta pompa y fuego de artificio algunos prudentes y precavidos revolvían su té o vaciaban su whisky en silencio expectante.
En esto estaba Leithen. A su alrededor todo daba vueltas. Recordaba el music hall, su encuentro con Rebecca a la salida del teatro, la confesión de esta donde le suplicaba ayuda y le revelaba su identidad, su retorcida historia sobre una organización internacional llamada Opus 40, la descripción sobre el despiadado líder transgénero que controlaba la operación y la paranoia al respecto de cierta información secreta. Cerró sus ojos.
De repente todo se detuvo. Estaba a 20 mil pies de altura. Ráfagas de 120 kilómetros por hora le peinaban las pestañas. Podía sentir el sudor en su frente y una tonelada de munición explosiva sobre sus zapatos. A lo lejos, perdida, la voz de su amigo Bobby pedía ayuda.
Se despertó en el suelo gritando: ¡Tanganika!. En su cabeza los pensamientos e imágenes se acomodaban lentamente. No estaba en Tanganika, ni estaba a 20 mil pies de altura, ni tenía una tonelada de munición explosiva bajo sus zapatos. Bobby había muerto en la guerra hace años. Él estaba vivo. Por lo menos por ahora.
En el departamento reinaba el silencio. De un salto se incorporó. Era inútil permanecer en esa habitación con esa mujer muerta que había traído del teatro. Buscó su abrigo y mientras se lo ponía paso un segundo junto al cuerpo de la espía. Alguien había entrado a su departamento y había asesinado a Rebecca tratando de incriminarlo. En un impulso tomó el anotador que había encontrado en las manos muertas de la espía y lo guardó en bolsillo interno de su abrigo. Suspiró. Abrió la puerta de salida y abandonó el domicilio.
Si lo que Rebecca Fritz decía era cierto, su vida y el futuro del mundo dependían de esos garabatos.