Capítulo I: Una mujer rubia es asesinada demasiado pronto en la historia.

por Bauch

Una luz pálida, filtrada por la niebla de madrugada, entraba por la ventana del living de un departamento en el segundo piso de Guilford Street 75. El brillo difuso bañaba al cadáver de la mujer rubia. En realidad no era rubia. Y tampoco era su pelo, sino una peluca blanca con indicios de uso frecuente. Yacía boca abajo sobre un sofá verde, con un cuchillo de carnicero clavado entre los omoplatos. Instalado en su cuerpo un intenso rigor mortis, la que antes supo ser una bella mujer, se había vuelto un bello fiambre. El cuchillo estaba hundido unos 5 centímetros en su columna y su vestido negro disimulaba todo rastro posible de sangre. En sus manos tenía un cuaderno, pequeño y rojo, que no parecía querer soltar. 

Un hombre estaba sentado en el suelo, tras haberse caído del sillón donde pocos minutos antes había muerto la mujer de peluca blanca y vestido negro. Él usaba un traje príncipe de gales, ya ablandado por el trajín de algunos días. Llevaba puesto su sombrero, lo cual era extraño…porque el departamento del segundo piso de Guilford Street 75 pertenecía a él. En realidad lo había alquilado por unos días a una oficina de alojamientos provisorios, a un precio bastante razonable, aunque la señora de la agencia había demostrado demasiada curiosidad frente a por qué un piloto de la RAF se encontraba retirado con 35 años de edad y solo 10 de servicio. Pero joven o viejo, inquilino o propietario, no había un verdadero motivo para estar usando sombrero dentro de un departamento. 

El teléfono empezó a sonar una vez más, lo cual lo devolvió a la realidad en un santiamén. Apurado, se levantó para contestar, y en el camino golpeó el brazo frío de la mujer. En ese momento, todo era muchas veces más complicado, levantar el tubo le llevo al menos 3 intentos. Finalmente lo consiguió y se lo llevó hacia la oreja, para escuchar nada más que un ruido blanco, vacío y lejano, lo cual no hizo más que aumentar su intranquilidad. Con cuidado de no golpearla una vez más, fue hacia la ventana y espió por un costado de la cortina, pero los dos hombres de piloto largo ya no estaban bajo el farol esperando. Nada, salvo las lámparas de sodio haciendo su mejor esfuerzo por iluminar aquella calle vacía, y el camión del lechero que se veía al final del camino.

El hombre se volvió para adentro y observó la escena sin verdaderamente ver nada: ni el teléfono descolgado, ni su sobretodo tirado en el piso, ni la mujer acuchillada sobre su sillón, ni el pequeño anotador que apretaba fuerte con su mano izquierda entumecida. En su mente solo existía el vaso de whisky apoyado sobre la mesa de servicio.  Aunque ya había perdido todo el gas de la soda, lo bebió de un trago. Recién cuando todo el líquido hubo pasado por su garganta pudo volver a tomar conciencia. Colgó el tubo del teléfono. Nada. Fue hacia la puerta de entrada y la abrió con cuidado. Nadie. Se asomó por sobre el barandal de la escalera, vacía, que desembocaba en el recibidor del edificio, también vacío. Rápidamente se volvió sobre sí mismo, esperando encontrarse con vaya a saber uno qué, pero estaba solo, absolutamente solo.

De vuelta en su departamento, la mujer seguía igual de rígida: sostenida como una tabla de planchar por los apoyabrazos del sillón donde él había pasado la noche. Su peluca blanca reflejaba la poca luz de aquella noche y llamaba la atención del hombre, a través de la piel olivácea de sus brazos, al pequeño anotador que estrujaba con la mano. Intentó tomarlo pero el cadáver parecía haberse encariñado mucho con el elemento, volviendo compleja una acción muy simple. El hombre tiraba con fuerza, cada vez un poco más. Pero el anotador no cedía. Luego de cuatro intentos el cuerpo de la mujer se desplomó boca arriba sobre el suelo, quedando arqueado con el cuchillo que atravesaba su espalda funcionando como sostén (Nunca había visto un rigor mortis tan intenso). La caída le había desacomodado la peluca y cuando el hombre atinó a quitarsela, dejando ver un cabello negro con parches de calvicie, el cadáver se desplomó sobre sí mismo como una muñeca de trapo, soltando el codiciado anotador. 

Las páginas estaban llenas de cálculos matemáticos más allá de su comprensión, fórmulas extensas y palabras que parecían no tener significado. Del interior de su contratapa se desplegaba un gigantesco mapa de escocia con una cruz negra perdida en una parte de las tierras altas. Y en la parte inferior derecha una manuscrita  furiosamente desprolija leía “La clave está en Shostakovich…”.

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