por Camila Sarasola
Mientras caminaba por Guilford Street, el aire fresco de aquella madrugada de mayo le devolvió un poco de sobriedad y claridad a su cabeza. Esa claridad militar y estratega que lo había convertido en un supuesto héroe de guerra. La misma claridad que había intentado ahogar en whisky en los últimos años, pero que ahora lo podía ayudar a trazar un plan de acción. ¿A dónde ir? Rebecca había dicho algo de un lugar llamado Glinka. Eso es. Glinka. Un tal profesor. Escocia. El mapa. Escocia. Dio media vuelta y aceleró el paso hacia la estación de tren, no sin antes echar un vistazo a la lámpara de alumbrado público donde la noche anterior los dos matones habían estado acechando. Pero no había nadie, y a Robert se le erizaron los pelos de la nuca.
Las calles de Londres estaban vacías, sólo una débil neblina parecía acompañar y favorecer su nuevo destino de fugitivo. La estación de Euston también estaba vacía, a excepción de unos pocos hombres de traje y caras cansadas, y algún barrendero arrastrando su instrumento con parsimonia. En alguna otra circunstancia, uno podría haberse detenido a apreciar este pequeño momento, retrato del paraíso, a comparación del infierno que se había vivido años anteriores. Pero Robert estaba muy ocupado como para detenerse a reflexionar que ya no estaban en guerra, y que probablemente existieran otras decisiones mucho más sensatas que la que estaba a punto de tomar. Entonces, corrió a sacar un boleto, y media hora más tarde ya estaba arriba de un tren rumbo a Dumfries, un pueblo perdido en medio de Escocia.
Nunca supo en qué momento se había quedado dormido, tal vez fue al alejarse de la ciudad. A decir verdad, no había dormido nada la noche anterior. Pero lo que sí supo, es que lo despertó el incesante parloteo de las dos mujeres que habían abarrotado su, antes solitario, compartimento. Entre sueños las venía escuchando hace un rato; “me pregunto qué habrá salido en la lotería vespertina… escuchaste con quien se casó la nieta de Fanny… necesito comprar el diario… disculpe joven… tené cuidado Patsy, creo que está dormido… pero es que viene el diariero…” y entonces Robert había comenzado a abrir los ojos, y el diariero acercándose “¡Extra, extra! ¡Diario de la tarde!” ¿Tarde? ¿Cuántas horas había dormido? “¡Extra, extra! Asesinato en Guilford Street”
Robert se despertó sobresaltado.
En ese instante una de las dos señoras volvía a entrar al compartimento con el diario de la tarde bajo el brazo, y mientras ambas se atropellaban sobre los resultados de la lotería vespertina, a Robert se le heló la sangre al ver una pequeña, pero favorecedora, fotografía de sí mismo, mirándolo desde la primera plana.
– Encontraron a una mujer muerta en un piso en Guilford Street, ¿podés creer querida? Una mujer de 27 años, acuchillada por la espalda…
– ¿No es ahí dónde vive Fanny? ¿Habrá escuchado algo?
– ¿Qué va a escuchar si está más sorda que una tabla?
Risas. Robert comenzó a removerse incómodo en el asiento, buscando una vía de escape…
– Se sospecha del inquilino del departamento, Robert Leithen, piloto retirado de la Real Fuerza Aérea, pelo castaño, prolijo, ojos azules…
Idiota. Había dejado la escena del crimen sin tomar ningún recaudo y ahora tenían toda su información. Estaban en Glasgow. No debía faltar mucho para Dumfries. Tal vez este sea el momento de escapar, pensó Robert, podría salir caminando tranquilo y entonces…
– ¡Miren! ¡Toda la estación está llena de policías! ¡Oficial, oficial! ¿Qué es todo este alboroto?
Mierda.
– Sospechamos que uno de los sospechosos está en el tren señora.
Robert contuvo la respiración, deseando que al uniformado no se le ocurriera mirar dentro del compartimento, pero por suerte era bastante idiota y estaba ocupado comiendo una nutria con hélice. Al rato el oficial se alejó, el tren reanudó su traqueteo, y Robert pensó que por regla general, los policías eran bastante imbéciles y que probablemente no lo atraparan ni aunque él estuviera debajo de sus narices. Sin embargo, mientras sonreía complacido consigo mismo, notó que las dos mujeres lo miraban con renovado interés y tuvo miedo de que esas dos viejas fisgonas ataran los cabos que la policía no había podido.
– Compré una nutria con hélice, ¿se le apetece un poco jóven?
Seguían mirándolo fijo y se estaba tornando inquietante.
– No, gracias – logró responder con un hilo de voz. De todas formas, ¿qué era esa nueva locura por las nutrias con hélice? La guerra había hecho estragos hasta en los gustos de la gente.
– ¿Seguro? Pero si está muy flaco…
Robert se levantó de un salto del asiento y con un leve movimiento de cabeza se despidió y salió del compartimento. No sabía por qué, pero no hubiera aguantado ni un segundo más allí dentro. El miedo le urgía a ponerse en acción. El pasillo del tren era angosto, comenzó a caminar a paso normal, para no llamar la atención, y entonces los escuchó. Dos oficiales de la policía estaban revisando cada compartimento, buscando al “asesino de Guildford Street”.
Mierda. No había salida. Podría saltar del tren, pero eso sería equivalente a delatarse. Entonces la vio, en el compartimento de enfrente, una muchacha, joven, sola. El policía estaba en el compartimento de al lado, acercándose. Robert, sin pensarlo dos veces, entró a dónde estaba la muchacha y sin decir nada, la rodeó con sus brazos y comenzó a besarla en la boca. Ella, al ser acosada por un extraño, obviamente forcejeó, pero el ex-piloto tenía más fuerza que ella y la sostuvo hasta que los policías se asomaron y se fueron, haciendo algún comentario machista con las palabras “comiendo gratis… pedazo de budín”.
Aquí, como narradora, deseo hacer una pausa en el relato para recordarte a vos, que todo en esta escena está mal, y que no debemos romantizar actos de abuso como este. Sin embargo, queda en tus manos juzgar a nuestro infeliz protagonista en su contexto histórico. Prosigo.
– Disculpe señorita, necesitaba hacerlo, mi nombre es Robert Leithen, me busca la policía, pero le juro que soy inocente…
El pobre infeliz estaba intentando explicarse cuando los policías volvieron a asomarse a la puerta del compartimento, como si quisieran demostrarle a Robert que no eran tan idiotas, y en ese mismo instante, la mujer que acababa de ser acosada exclamó:
– Es este el hombre al que buscan oficial, acaba de acosarme, ¡su nombre es Robert Leithen!
De repente fue como si el mundo hubiera enmudecido, o como si él, Robert se hubiera quedado sordo. En cámara lenta vio como la mujer gritaba y los policías movían sus brazos. Movían sus bocas, pero él ya no podía escucharlos. Entonces se dio media vuelta y abrió la puerta corrediza que daba a la barandilla exterior del tren, totalmente decidido a saltar, pero al mirar con atención tuvo una idea mejor. A su derecha subía una escalera de emergencia, y de un salto comenzó a trepar por ella, directo hacia el techo del tren.
El aire fresco le devolvió la audición de un golpe y Robert Leithen comenzó a correr. Caminar sería una palabra mejor, porque ni el viento ni el vértigo le permitían avanzar muy rápido.
Uno de los oficiales no tardó en seguirlo. Robert estaba en un mejor estado físico , pero el policía, al parecer, no sufría de vértigo como él. El policía se iba acercando, pero por más esfuerzo que Robert hiciera, el viento le llenaba los ojos de lágrimas y el vértigo estaba a punto de vencerlo. ¿Cómo había sido tan estúpido? Todas habían sido malas decisiones. Todas. Tal vez era mejor darse por vencido. Probablemente nadie lo extrañaría. Y estuvo a punto de hacerlo. Pero el tren se detuvo antes que él, y Robert Leithen salió volando, despedido del techo del tren que cruzaba los páramos escoceses.