Capítulo III: El hombre se escapa en un tren

por Camila Sarasola

Mientras caminaba por Guilford Street, el aire fresco de aquella madrugada de mayo le devolvió un poco de sobriedad y claridad a su cabeza. Esa claridad militar y estratega que lo había convertido en un supuesto héroe de guerra. La misma claridad que había intentado ahogar en whisky en los últimos años, pero que ahora lo podía ayudar a trazar un plan de acción. ¿A dónde ir? Rebecca había dicho algo de un lugar llamado Glinka. Eso es. Glinka. Un tal profesor. Escocia. El mapa. Escocia. Dio media vuelta y aceleró el paso hacia la estación de tren, no sin antes echar un vistazo a la lámpara de alumbrado público donde la noche anterior los dos matones habían estado acechando. Pero no había nadie, y a Robert se le erizaron los pelos de la nuca. 

Las calles de Londres estaban vacías, sólo una débil neblina parecía acompañar y favorecer su nuevo destino de fugitivo. La estación de Euston también estaba vacía, a excepción de unos pocos hombres de traje y caras cansadas, y algún barrendero arrastrando su instrumento con parsimonia. En alguna otra circunstancia, uno podría haberse detenido a apreciar este pequeño momento, retrato del paraíso, a comparación del infierno que se había vivido años anteriores. Pero Robert estaba muy ocupado como para detenerse a reflexionar que ya no estaban en guerra, y que probablemente existieran otras decisiones mucho más sensatas que la que estaba a punto de tomar. Entonces, corrió a sacar un boleto, y media hora más tarde ya estaba arriba de un tren rumbo a Dumfries, un pueblo perdido en medio de Escocia. 

Nunca supo en qué momento se había quedado dormido, tal vez fue al alejarse de la ciudad. A decir verdad, no había dormido nada la noche anterior. Pero lo que sí supo, es que lo despertó el incesante parloteo de las dos mujeres que habían abarrotado su, antes solitario, compartimento. Entre sueños las venía escuchando hace un rato; “me pregunto qué habrá salido en la lotería vespertina… escuchaste con quien se casó la nieta de Fanny… necesito comprar el diario… disculpe joven… tené cuidado Patsy, creo que está dormido… pero es que viene el diariero…” y entonces Robert había comenzado a abrir los ojos, y el diariero acercándose “¡Extra, extra! ¡Diario de la tarde!” ¿Tarde? ¿Cuántas horas había dormido? “¡Extra, extra! Asesinato en Guilford Street”  

Robert se despertó sobresaltado. 

En ese instante una de las dos señoras volvía a entrar al compartimento con el diario de la tarde bajo el brazo, y mientras ambas se atropellaban sobre los resultados de la lotería vespertina, a Robert se le heló la sangre al ver una pequeña, pero favorecedora, fotografía de sí mismo, mirándolo desde la primera plana. 

– Encontraron a una mujer muerta en un piso en Guilford Street, ¿podés creer querida? Una mujer de 27 años, acuchillada por la espalda…

– ¿No es ahí dónde vive Fanny? ¿Habrá escuchado algo? 

– ¿Qué va a escuchar si está más sorda que una tabla? 

Risas. Robert comenzó a removerse incómodo en el asiento, buscando una vía de escape…

– Se sospecha del inquilino del departamento, Robert Leithen, piloto retirado de la Real Fuerza Aérea, pelo castaño, prolijo, ojos azules…

Idiota. Había dejado la escena del crimen sin tomar ningún recaudo y ahora tenían toda su información. Estaban en Glasgow. No debía faltar mucho para Dumfries. Tal vez este sea el momento de escapar, pensó Robert, podría salir caminando tranquilo y entonces…

– ¡Miren! ¡Toda la estación está llena de policías! ¡Oficial, oficial! ¿Qué es todo este alboroto?

Mierda. 

– Sospechamos que uno de los sospechosos está en el tren señora. 

Robert contuvo la respiración, deseando que al uniformado no se le ocurriera mirar dentro del compartimento, pero por suerte era bastante idiota y estaba ocupado comiendo una nutria con hélice. Al rato el oficial se alejó, el tren reanudó su traqueteo, y Robert pensó que por regla general, los policías eran bastante imbéciles y que probablemente no lo atraparan ni aunque él estuviera debajo de sus narices. Sin embargo, mientras sonreía complacido consigo mismo, notó que las dos mujeres lo miraban con renovado interés y tuvo miedo de que esas dos viejas fisgonas ataran los cabos que la policía no había podido. 

– Compré una nutria con hélice, ¿se le apetece un poco jóven? 

Seguían mirándolo fijo y se estaba tornando inquietante. 

– No, gracias – logró responder con un hilo de voz. De todas formas, ¿qué era esa nueva locura por las nutrias con hélice? La guerra había hecho estragos hasta en los gustos de la gente. 

– ¿Seguro? Pero si está muy flaco… 

Robert se levantó de un salto del asiento y con un leve movimiento de cabeza se despidió y salió del compartimento. No sabía por qué, pero no hubiera aguantado ni un segundo más allí dentro. El miedo le urgía a ponerse en acción. El pasillo del tren era angosto, comenzó a caminar a paso normal, para no llamar la atención, y entonces los escuchó. Dos oficiales de la policía estaban revisando cada compartimento, buscando al “asesino de Guildford Street”. 

Mierda. No había salida. Podría saltar del tren, pero eso sería equivalente a delatarse. Entonces la vio, en el compartimento de enfrente, una muchacha, joven, sola. El policía estaba en el compartimento de al lado, acercándose. Robert, sin pensarlo dos veces, entró a dónde estaba la muchacha y sin decir nada, la rodeó con sus brazos y comenzó a besarla en la boca. Ella, al ser acosada por un extraño, obviamente forcejeó, pero el ex-piloto tenía más fuerza que ella y la sostuvo hasta que los policías se asomaron y se fueron, haciendo algún comentario machista con las palabras “comiendo gratis… pedazo de budín”. 

Aquí, como narradora, deseo hacer una pausa en el relato para recordarte a vos, que todo en esta escena está mal, y que no debemos romantizar actos de abuso como este. Sin embargo, queda en tus manos juzgar a nuestro infeliz protagonista en su contexto histórico. Prosigo. 

– Disculpe señorita, necesitaba hacerlo, mi nombre es Robert Leithen, me busca la policía, pero le juro que soy inocente… 

El pobre infeliz estaba intentando explicarse cuando los policías volvieron a asomarse a la puerta del compartimento, como si quisieran demostrarle a Robert que no eran tan idiotas, y en ese mismo instante, la mujer que acababa de ser acosada exclamó: 

– Es este el hombre al que buscan oficial, acaba de acosarme, ¡su nombre es Robert Leithen!

De repente fue como si el mundo hubiera enmudecido, o como si él, Robert se hubiera quedado sordo. En cámara lenta vio como la mujer gritaba y los policías movían sus brazos. Movían sus bocas, pero él ya no podía escucharlos. Entonces se dio media vuelta y abrió la puerta corrediza que daba a la barandilla exterior del tren, totalmente decidido a saltar, pero al mirar con atención tuvo una idea mejor. A su derecha subía una escalera de emergencia, y de un salto comenzó a trepar por ella, directo hacia el techo del tren. 

El aire fresco le devolvió la audición de un golpe y Robert Leithen comenzó a correr. Caminar sería una palabra mejor, porque ni el viento ni el vértigo le permitían avanzar muy rápido. 

Uno de los oficiales no tardó en seguirlo. Robert estaba en un mejor estado físico , pero el policía, al parecer, no sufría de vértigo como él. El policía se iba acercando, pero por más esfuerzo que Robert hiciera, el viento le llenaba los ojos de lágrimas y el vértigo estaba a punto de vencerlo. ¿Cómo había sido tan estúpido? Todas habían sido malas decisiones. Todas. Tal vez era mejor darse por vencido. Probablemente nadie lo extrañaría. Y estuvo a punto de hacerlo. Pero el tren se detuvo antes que él, y Robert Leithen salió volando, despedido del techo del tren que cruzaba los páramos escoceses.

Capítulo II: Un narrador se explica

por Iván Rozwadowsky

La habitación estaba patas para arriba. Un piloto todavía dormido y medio embriagado retorcía un mapa con cruces y notas buscando respuestas. En la misma habitación un cadáver con peluca comenzaría pronto a hacer preguntas. El piloto se llamaba Robert Leithen,  recientemente retirado de la real Fuerza Aérea Británica. El cadáver decía llamarse Rebecca Fritz y pertenecía a una supuesta espía recientemente retirada, aunque evidentemente de manera definitiva e involuntaria.  

La voz de la espía rusa asesinada resonaba aún en la cabeza de Leithen repitiendo las palabras: Opus 40, shostakovich, Opus 40, Shostakovich.  Ni el opiofago más delirante de todo el imperio británico hubiera podido pintar la escena tal cual era.

Era una noche cualquiera de esos años. Los años previos a lo de Windscale y a toda esa euforia jovial, pretenciosa y estridente que inaugurarían los Teddy Boys y que no terminaría nunca. 

-Voy a ver a las Ovejas. Anunciaba una granjera en la distante escocia a su distante esposo granjero escocés cerrando la puerta tras de sí.

Se trataba de años en que  los pequeños burgueses vulgares promedio aprendían a sacarse de encima el polvo de la guerra y a vivir sin bombas sobre los sombreros. Eran los últimos años del Rey Jorge y los primeros de Isabel. 

-Querido, llegaron de la imprenta las invitaciones para la Cena Anual del Club de Amigos de Shostakovich. Anunciaba la distinguida señora Morgan recogiendo la distinguida correspondencia que llegaba al Chateau de campo de los Morgan. 

Eran noches de mucho brandy y mucho bourbon,  donde Marilyn Monroe y John Wayne invadían los cines del Reino Unido. Los ecos de la guerra parecían ya lejanos, como una vieja y retorcida pesadilla sin sentido. Los británicos hacían lo mismo que todos:  reconstruían el mundo. Uno nuevo, decorando al gusto y piaccere de los norteamericanos y de sus filantropismos y desinteresados préstamos.

-Necesito que me lleve a algún lugar seguro y discreto. Si no, es mi fin. Sentenciaba la espía. Sus manos se aferraban con decidida firmeza soviética a los brazos del aturdido piloto retirado de la RAF mientras la gente se atropellaba entre sí a la salida del teatro. 

Inglaterra bailaba entonces bajo la lluvia. Se deshacía con algo de nostalgia de lo que quedaba de su viejo imperio y adoptaba una estilo de vida más frugal y hogareño.  Y espiaba.

Por sobre todas las cosas Inglaterra espiaba. Con disimulo acechaba por arriba de un hombro. Llegaban noticias extrañas en esos días: rumores sobre cohetes interespaciales y purgas y experimentos ultrasecretos. La bestia roja dormía a un costado de los floridos jardines sajones. Permanencia metida en sus propios asuntos y de un rápido vistazo podría decirse que cualquier tipo de especulación o alboroto era evidentemente injustificado. Sin embargo, la bestia engordaba de forma lenta pero constante.

-Bob, se me congela el trasero. ¿Tienes un cigarrillo?-

-Aquí tienes Lou. – Respondía Bob ofreciendo su tabaco importado a su compañero en el callejón de Guilford Street.

Las noches eran divertidas y superficiales. Tranquilas.  Los adultos del viejo mundo aprendían a envejecer en este aparente futuro sin trincheras. Los jóvenes se precipitaban sobre el presente. Entre tanta pompa y fuego de artificio algunos  prudentes y precavidos revolvían su té o vaciaban su whisky en silencio expectante. 

En esto estaba Leithen. A su alrededor todo daba vueltas. Recordaba el music hall, su encuentro con Rebecca a la salida del teatro, la confesión de esta donde le suplicaba ayuda y le revelaba su identidad, su retorcida historia sobre una organización internacional llamada Opus 40, la descripción sobre el despiadado líder transgénero que controlaba la operación y la paranoia al respecto de cierta información secreta. Cerró sus ojos.

 De repente todo se detuvo. Estaba a 20 mil pies de altura. Ráfagas de 120 kilómetros por hora le peinaban las pestañas. Podía sentir el sudor en su frente y una tonelada de munición explosiva sobre sus zapatos. A lo lejos, perdida,  la voz de su amigo Bobby pedía ayuda.

Se despertó en el suelo gritando: ¡Tanganika!. En su cabeza los pensamientos e imágenes se acomodaban lentamente. No estaba en Tanganika, ni estaba a 20 mil pies de altura, ni tenía una tonelada de munición explosiva bajo sus zapatos. Bobby había muerto en la guerra hace años. Él estaba vivo. Por lo menos por ahora. 

En el departamento reinaba el silencio. De un salto se incorporó. Era inútil permanecer en esa habitación con esa mujer muerta que había traído del teatro. Buscó su abrigo y mientras se lo ponía paso un segundo junto al cuerpo de la espía. Alguien había entrado a su departamento y había asesinado a Rebecca tratando de incriminarlo.  En un impulso tomó el anotador que había encontrado en las manos muertas de la espía y lo guardó en bolsillo interno de su abrigo. Suspiró. Abrió la puerta de salida y abandonó el domicilio. 

Si lo que Rebecca Fritz decía era cierto, su vida y el futuro del mundo dependían de esos garabatos.  

Capítulo I: Una mujer rubia es asesinada demasiado pronto en la historia.

por Bauch

Una luz pálida, filtrada por la niebla de madrugada, entraba por la ventana del living de un departamento en el segundo piso de Guilford Street 75. El brillo difuso bañaba al cadáver de la mujer rubia. En realidad no era rubia. Y tampoco era su pelo, sino una peluca blanca con indicios de uso frecuente. Yacía boca abajo sobre un sofá verde, con un cuchillo de carnicero clavado entre los omoplatos. Instalado en su cuerpo un intenso rigor mortis, la que antes supo ser una bella mujer, se había vuelto un bello fiambre. El cuchillo estaba hundido unos 5 centímetros en su columna y su vestido negro disimulaba todo rastro posible de sangre. En sus manos tenía un cuaderno, pequeño y rojo, que no parecía querer soltar. 

Un hombre estaba sentado en el suelo, tras haberse caído del sillón donde pocos minutos antes había muerto la mujer de peluca blanca y vestido negro. Él usaba un traje príncipe de gales, ya ablandado por el trajín de algunos días. Llevaba puesto su sombrero, lo cual era extraño…porque el departamento del segundo piso de Guilford Street 75 pertenecía a él. En realidad lo había alquilado por unos días a una oficina de alojamientos provisorios, a un precio bastante razonable, aunque la señora de la agencia había demostrado demasiada curiosidad frente a por qué un piloto de la RAF se encontraba retirado con 35 años de edad y solo 10 de servicio. Pero joven o viejo, inquilino o propietario, no había un verdadero motivo para estar usando sombrero dentro de un departamento. 

El teléfono empezó a sonar una vez más, lo cual lo devolvió a la realidad en un santiamén. Apurado, se levantó para contestar, y en el camino golpeó el brazo frío de la mujer. En ese momento, todo era muchas veces más complicado, levantar el tubo le llevo al menos 3 intentos. Finalmente lo consiguió y se lo llevó hacia la oreja, para escuchar nada más que un ruido blanco, vacío y lejano, lo cual no hizo más que aumentar su intranquilidad. Con cuidado de no golpearla una vez más, fue hacia la ventana y espió por un costado de la cortina, pero los dos hombres de piloto largo ya no estaban bajo el farol esperando. Nada, salvo las lámparas de sodio haciendo su mejor esfuerzo por iluminar aquella calle vacía, y el camión del lechero que se veía al final del camino.

El hombre se volvió para adentro y observó la escena sin verdaderamente ver nada: ni el teléfono descolgado, ni su sobretodo tirado en el piso, ni la mujer acuchillada sobre su sillón, ni el pequeño anotador que apretaba fuerte con su mano izquierda entumecida. En su mente solo existía el vaso de whisky apoyado sobre la mesa de servicio.  Aunque ya había perdido todo el gas de la soda, lo bebió de un trago. Recién cuando todo el líquido hubo pasado por su garganta pudo volver a tomar conciencia. Colgó el tubo del teléfono. Nada. Fue hacia la puerta de entrada y la abrió con cuidado. Nadie. Se asomó por sobre el barandal de la escalera, vacía, que desembocaba en el recibidor del edificio, también vacío. Rápidamente se volvió sobre sí mismo, esperando encontrarse con vaya a saber uno qué, pero estaba solo, absolutamente solo.

De vuelta en su departamento, la mujer seguía igual de rígida: sostenida como una tabla de planchar por los apoyabrazos del sillón donde él había pasado la noche. Su peluca blanca reflejaba la poca luz de aquella noche y llamaba la atención del hombre, a través de la piel olivácea de sus brazos, al pequeño anotador que estrujaba con la mano. Intentó tomarlo pero el cadáver parecía haberse encariñado mucho con el elemento, volviendo compleja una acción muy simple. El hombre tiraba con fuerza, cada vez un poco más. Pero el anotador no cedía. Luego de cuatro intentos el cuerpo de la mujer se desplomó boca arriba sobre el suelo, quedando arqueado con el cuchillo que atravesaba su espalda funcionando como sostén (Nunca había visto un rigor mortis tan intenso). La caída le había desacomodado la peluca y cuando el hombre atinó a quitarsela, dejando ver un cabello negro con parches de calvicie, el cadáver se desplomó sobre sí mismo como una muñeca de trapo, soltando el codiciado anotador. 

Las páginas estaban llenas de cálculos matemáticos más allá de su comprensión, fórmulas extensas y palabras que parecían no tener significado. Del interior de su contratapa se desplegaba un gigantesco mapa de escocia con una cruz negra perdida en una parte de las tierras altas. Y en la parte inferior derecha una manuscrita  furiosamente desprolija leía “La clave está en Shostakovich…”.

Destacado

Opus 40: una novela de espías

Obligades al aislamiento, un grupo de teatristas deben postergar sus actividades artísticas hasta nuevo aviso. Para no morir en el intento, se desplazan en diagonal en busca de otros medios de expresión artística. Entre todes, resuelven escribir.

Opus 40, la novela es un proyecto de escritura colectiva inspirada en la obra teatral Opus 40.

Una manera de amenizar la cuarentena,

un ejercicio literario,

una historia de espías contada entre varies autores.

Desde el 21/3/2020 iremos publicando un capítulo nuevo por día. Cada uno escrito por un autor distinto. Ojalá les entretenga leerla tanto como a nosotres hacerla.

Usted está involucrade.

De: Analía Ayala, Sophya Acosta, Bauch, Julieta Berenguer Berardinucci, Macarena Rodriguez Cuello, Virginia Porta, Iván Rozwadowsky, Camila Sarasola y Lucas Scott

Idea y edición: Bauch