por Julieta Berenguer Berardinucci
Como si despertara de haber dormido una siesta dentro de una pequeña caja de madera, antes de terminar de abrir los ojos, Robert se sintió invadido por un dolor agudo e incómodo en todo su cuerpo. La caída le había hecho perder la conciencia por unas largas horas, pero por suerte, o por desgracia, su vida de prófugo continuaba.
Al terminar de abrir los ojos, pudo darse cuenta de que la caída había sido amortiguada por un montículo de turba escocesa, un combustible orgánico con el que calientan la cebada para hacer, ni más ni menos, que el whisky, otro combustible, pero para cuerpos fríos y tiesos como el de Robert.
– Whisky – susurró, mientras apoyaba su mano en bolsillo izquierdo del tapado, como queriendo aferrarse a su más preciado objeto, una petaca de peltre, que, como era de esperar, salió despedida en el momento de su caída.
De repente, un cosquilleo en una de sus piernas y un sutil sonido hicieron que levante su torso rápidamente. Una vez sentado pudo notar la presencia, demasiado cerca para su gusto, de una liebre de montaña. Inmediatamente metió su mano en el bolsillo otra vez, sacó un espeso papel, hizo un rollo con éste, frunció el ceño, levantó su brazo y…
– Fuera! – gritó, sin moverse ni un centímetro. No pudo hacer más que eso. Extrañamente sintió empatía por ese asqueroso roedor. Al ver que la liebre no dejaba de mirarlo fijamente a los ojos, decidió pararse casi que de un salto, desenrollar el espeso papel que resultaba ser un mapa y caminar en busca de algo sustancioso para su nueva y única misión.
– ¿Misión?- se preguntó a sí mismo.
-Sí, misión- respondió la liebre que todavía permanecía a su lado.
Los ojos de Robert nunca se vieron más grandes. Sacudió su cabeza unas cinco veces, volvió a mirar a la liebre y ya no estaba.
Junto con un viento fuerte que llegaba desde el Atlántico, la confusión y el miedo aceleraron los latidos de su corazón, y en lugar de caminar, ató su tapado y comenzó a correr como queriendo dejar atrás aquellos minutos surreales. El terreno rocoso no le permitía aprovechar su velocidad al máximo, pero sus horas de entrenamiento en el parque de la ciudad le habían servido para no parar por casi veinte minutos. Justo cuando estaba por tomar un descanso, comenzó a escuchar el ruido inconfundible de un avión que se acercaba. Sin pensarlo, cubrió su cabeza con el tapado y se agachó, dejándose cubrir por los altos clavelines del mar que cubrían casi toda la ladera a la que había llegado. Por suerte, el sonido de a poco se disipaba con el viento y se escuchaba cada vez más lejos. El avión se alejaba y los latidos de Robert comenzaban a volver a su ritmo habitual. Fue en ese momento que tomó conciencia de que lo que empezó siendo una nueva aventura para un inglés solitario y aburrido se había convertido en una gran responsabilidad. Tenía en su poder una información altamente confidencial, vital para la seguridad mundial, escrita en un pequeño cuaderno “Un momento! El cuaderno!” pensó. Nuevamente sus ojos se abrieron como dos bolas de billar. Hasta ese entonces no había revisado si éste también había salido volando junto con la valiosa petaca. Con una sensación de frustración y algo de cansancio en sus pies decidió sentarse sobre una roca a tomar un respiro. Una vez más, Robert Leithen, piloto retirado de la real fuerza aérea, un hombre extremadamente aburrido, había perdido. Perdido el objeto más importante de su misión, perdido su oportunidad de dejar una huella en la historia, o de tal vez salvar el mundo, o bueno, al menos salvar a aquel sector olvidado del Reino Unido.
Mirando la lontananza, como si fuera el final de una película, descubrió un lago color ámbar, reflejando el atardecer.
– Whisky – volvió a susurrar. Y caminando lentamente se acercó al lago. Hundió sus manos y bebió hasta saciarse.
Al levantar la mirada, un movimiento abrupto proveniente del agua lo hizo dar un paso atrás. Algo con vida interrumpió su estado de resignación. – ¿Será éste el lago Ness? se preguntó. Entregado al destino que la naturaleza tenía guardado para él, se puso de rodillas y dijo:
– Corrientes de agua misteriosas e insondables, objeto de mitos y leyendas por favor protégeme y haz que no aparezca la bestia jurásica que te habita.
Nuevamente aquella entidad desconocida volvió asomar. – ¿Será ésta la imagen del Monstruo del Lago Ness?- se preguntó, dejando atrás todo su escepticismo.
No, era simplemente una escurridiza nutria excedida de peso, que inesperadamente traía apoyada en su panza, el pequeño cuaderno rojo. Con mucho cuidado se lo quitó.
-Gracias- dijo, luego de un suspiro mirando el cielo.
-De nada- respondió la nutria.
Robert empezó a correr otra vez. Segundos más tarde, tomó conciencia de que nada lo perseguía. Al menos no todavía. ¿Estaría volviéndose paranoico? ¿Tan pronto? Se detuvo. Volvió sobre sí mismo. Sobre su hombro vió una imagen que lo devolvió la calma: una pequeña casa con las luces encendidas, como salida de un cuento, junto a un rebaño de ovejas inusualmente grandes.